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La doctrina del shock de Rosa Luxemburgo



Ron Jacobs
/www.zcommunications.org

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

“La doctrina del shock” de Naomi Klein abordó de un modo bastante suave como la economía capitalista depende para su progreso de eventos cataclísmicos. Estos eventos desplazan a millones y causan penurias personales a un número aún mayor, mientras aseguran la supervivencia del capitalismo. Hace un siglo, hubo otra mujer que llevó más lejos esa observación y dedicó su vida a terminar con el capitalismo. Su nombre era Rosa Luxemburgo.


Era una mujer polaca que dedicó su vida a la revolución socialista y fue asesinada en 1919 por el gobierno socialdemócrata de Alemania por su creencia inflexible en esa revolución. Haymarket Books de Chicago publicó recientemente una nueva edición de dos de sus ensayos mejor conocidos bajo el título “The Essential Rosa Luxemburg.” El volumen fue editado por la profesora de literatura de la Universidad de Vermont, Helen Scott, e incluye varias páginas introductorias de Scott. Sus resúmenes históricos que preceden a los dos folletos reproducidos no sólo dan al lector una perspectiva del momento histórico en el que fueron escritos, también presentan una breve biografía de Luxemburgo y relacionan sus argumentos políticos con las circunstancias actuales. El libro incluye dos de los ensayos de Luxemburgo: “Reforma o Revolución” y “La huelga de masas.”

Aunque ambos son de interés histórico, el primer ensayo del libro tiene una relevancia especial en el mundo de hoy. En particular, la discusión por Luxemburgo respecto al capitalismo y la democracia habla al mundo en el que vivimos en la actualidad. En nuestra calidad de residentes de la nación que nunca deja de proclamar que es la más democrática del mundo, es importante hacer caso a las observaciones de Luxemburgo sobre la naturaleza de las formas democráticas y de la verdadera democracia. A medida que Washington exportaba su versión de democracia a todo el mundo después de la Segunda Guerra Mundial las poblaciones de numerosas naciones del tercer mundo descubrieron que esa democracia no era nada más que una elección diseñada para allanar el camino para la explotación imperial y la dominación de EE.UU. La democracia no existía para aquellos que no forman parte de las elites gobernantes. Es la democracia capitalista y es lo que Washington lleva a otras naciones en nombre de la libertad.

Además, Luxemburgo argumenta que cuando esas formas democráticas se oponen a los intereses de la elite capitalista, también son descartadas. Las naciones del tercer mundo, gobernadas por golpes militares/de la CIA, como Chile y Grecia, lo saben demasiado bien. Sin embargo, incluso aquí en EE.UU. están deshaciendo esas formas. Bajo la máscara de la seguridad interior, muchas de las libertades garantizadas en la democracia de EE.UU. han sido disueltas. Muchas otras desaparecieron con el pretexto de la guerra contra la droga. Por cierto, hasta el proceso electoral de EE.UU. fue usurpado en 2000 bajo el disfraz de la protección de los supuestos derechos minoritarios de George Bush y de los que votaron por él en Florida. En cuanto al liberalismo, es descartado cada vez que deja de servir los propósitos del capitalismo. La historia de EE.UU. y de Gran Bretaña durante los últimos treinta años lo prueba claramente – una historia en la que incluso los liberales son conservadores (como en el caso de Blair y Clinton) y los actuales candidatos liberales modifican sus declaraciones para complacer a los comentaristas y redes, en su mayoría derechistas.

Otro tópico tratado por Luxemburgo, que es bastante relevante a la actualidad, es el uso del crédito para expandir el poder de compra de la clase trabajadora. En su ensayo “Reforma o revolución”, escrito como un argumento contra el reformista socialdemócrata Bernstein, Luxemburgo se burla de su caracterización del crédito como una “adaptación” del capitalismo. En realidad, argumenta que el crédito no es sólo una adaptación, sino reproduce “todos los antagonismos fundamentales del capitalismo.” Por cierto, escribe, acentúa esos antagonismos. Para comprobar la declaración de Luxemburgo el lector no precisa mirar más lejos que la actual catástrofe económica que comenzó en el mercado inmobiliario porque los bancos y sus agencias dieron créditos a gente de la que sabían que no podría completar los acuerdos que firmó,

Para colmo, está la guerra imperial. Luxemburgo fue de lo más clara sobre el papel que juega esta forma de asesinato masivo para facilitar la expansión del capitalismo. Sabía, y escribió mucho sobre como la guerra es esencial para el desarrollo capitalista. La guerra imperial, escribió, muestra al capitalismo “en toda su abominable desnudez.” Esta sangrienta desnudez no es sólo esencial para el desarrollo capitalista, sino este último depende de ella. Por cierto, es el más cataclísmico y radical de todos los choques capitalistas. Al escribir estas líneas, el actual régimen en Washington acelera su movilización para la guerra contra Irán, mientras sus oponentes liberales en el Partido Demócrata expresan palabras de apoyo para esa empresa que apunta a lograr el control de la grasa que lubrica los motores del capital – el petróleo. Mientras tanto, las otras guerras del imperialismo por la energía siguen arrastrándose, en parte porque la oposición a esas guerras es confusa e impotente. Como la guerra de los días de Luxemburgo, el actual impulso hacia una guerra mayor tiene que ver primordialmente con los beneficios. Es una lástima (para decir lo menos) que todavía tengamos que aprender las lecciones que Luxemburgo y sus contemporáneos comprendieron hace cien años sobre dichas guerras, especialmente porque las armas utilizadas en la actualidad son aún más letales que las de la primera gran guerra. Igualmente lamentable es que los que se oponen a la guerra imperialista tienen que volver a aprender las lecciones del increíble movimiento contra semejantes guerras

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