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SOBRE EL MATERIALISMO DIALÉCTICO Y EL MATERIALISMO HISTÓRICO I



José STALIN

El materialismo dialéctico
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El materialismo dialéctico es la concepción del Partido marxista-leninista. Llámase `materialismo dialéctico' porque su modo de abordar los fenómenos de la naturaleza, su método de estudiar estos fenómenos y de concebirlos, es dialéctico y su interpretación de los fenómenos de la naturaleza, su modo de enfocarlos, su teoría, materialista.


El materialismo histórico es la aplicación de los principios del materialismo dialéctico al estudio de la vida social, la aplicación de los principios del materialismo dialéctico a los fenómenos de la vida de la sociedad, al estudio de ésta y de su historia.

Caracterizando su método dialéctico, Marx y Engels se remiten generalmente a Hegel, como el filósofo que formuló los rasgos fundamentales de la dialéctica. Pero esto no quiere decir que la dialéctica de Marx y Engels sea idéntica a la dialéctica hegeliana. En realidad, Marx y Engels sólo tomaron de la dialéctica de Hegel su «médula racional», desechando la escoria idealista hegeliana y desarrollando ulteriormente la dialéctica, para darle un carácter científico moderno.

Mi método dialéctico --dice Marx-- no sólo es en su base distinto del método de Hegel, sino que es directamente su reverso. Para Hegel, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo (creador) de lo real que constituye su simple forma externa. Para mí, por el contrario, lo ideal no es más que lo material traspuesto y traducido en la cabeza del hombre. (C.Marx. Palabras finales a la segunda edición alemana del t.I del Capital).

En la caracterización de su materialismo, Marx y Engels se remiten generalmente a Feuerbach, como el filósofo que restauró en sus derechos al materialismo. Pero esto no quiere decir que el materialismo de Marx y Engels sea idéntico al materialismo de Feuerbach. En realidad, Marx y Engels tomaron del materialismo de Feuerbach su «médula» desarrollándola hasta convertirla en la teoría científico-filosófica del materialismo y desechando su escoria idealista y ético-religiosa. Es sabido que Feuerbach, que era en lo fundamental un materialista, se rebelaba contra la palabra materialismo. Engels declaró más de una vez: «pese al cimiento materialista, Feuerbach no llegó a desprenderse de las viejas ataduras idealistas» y que «donde el verdadero idealismo de Feuerbach se pone de manifiesto es en su filosofía de la religión y en su ética» (F. Engels, Ludwig Feuerbach, ed. alemana, 1939, Moscú, págs. 24 y 26).

La palabra `dialéctica' viene del griego `dialego', que quiere decir diálogo o polémica. Los antiguos entendían por dialéctica el arte de descubrir la verdad poniendo de manifiesto las contradicciones implícitas en la argumentación del adversario y superando estas contradicciones. Algunos filósofos de la antigüedad entendían que el descubrimiento de las contradicciones en el proceso discursivo y el choque de las opiniones contrapuestas era el mejor medio para encontrar la verdad.

Este modo dialéctico de pensar que más tarde se hizo extensivo a los fenómenos naturales, se convirtió en el método dialéctico de conocimiento de la naturaleza, consistente en considerar los fenómenos naturales en perpetuo movimiento y cambio, y el desarrollo de la naturaleza como el resultado del desarrollo de las contradicciones existentes en ésta como el resultado de la acción recíproca de las fuerzas contradictorias en el seno de la naturaleza.

La dialéctica es, en su base, todo lo contrario de la metafísica.

§1.-- El método dialéctico marxista

Caracterízase el método dialéctico marxista por los siguientes rasgos fundamentales:
a) Por oposición a la metafísica, la dialéctica no considera a la naturaleza como un conglomerado casual de objetos y fenómenos, desligados y aislados unos de otros y sin ninguna relación de dependencia entre sí, sino como un todo articulado y único, en el que los objetos y los fenómenos se hallan orgánicamente vinculados unos a otros, dependen unos de otros y se condicionan los unos a los otros.

Por eso, el método dialéctico entiende que ningún fenómeno de la naturaleza puede ser comprendido, si se le toma aisladamente, sin conexión con los fenómenos que le rodean, pues todo fenómeno tomado de cualquier campo de la naturaleza puede convertirse en un absurdo si se le examina sin conexión con las condiciones que le rodean, desligado de ellas; por el contrario, todo fenómeno puede ser comprendido y explicado si se le examina en su conexión indisoluble con los fenómenos circundantes y condicionado por ellos.

b) Por oposición a la metafísica, la dialéctica no considera a la naturaleza como
algo quieto e inmóvil, estancado e inmutable, sino como algo sujeto a perenne movimiento y a cambio constante, como algo que se renueva y se desarrolla incesantemente y donde siempre hay algo que nace y se desarrolla y algo que muere y caduca.

Por eso, el método dialéctico exige que los fenómenos se examinen no sólo desde el punto de vista de sus relaciones mutuas y de su mutuo condicionamiento, sino también desde el punto de vista de su movimiento, de sus cambios y de su desarrollo, desde el punto de vista de su nacimiento y de su muerte.

Lo que interesa, sobre todo al método dialéctico no es lo que en un momento dado parece estable pero comienza ya a morir, sino lo que nace y se desarrolla aunque en un momento dado parezca inestable, pues lo único que hay insuperable, según él, es lo que se halla en estado de nacimiento y de desarrollo.

Toda la naturaleza --dice Engels-- desde sus partículas más minúsculas hasta sus cuerpos más gigantescos, desde el grano de arena hasta el sol, desde el protozoo (organismo vivo unicelular, J. St.) hasta el hombre, se halla en estado perenne de nacimiento y muerte, en flujo constante, en movimiento y cambio incesante (Engels, en Dialéctica de la naturaleza, Obras completas de Marx y Engels, ed. alemana del Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú, tomo especial, 1935, pág. 491).

Por eso, la dialéctica --dice Engels-- «enfoca las cosas y sus imágenes conceptuales, sustancialmente, en sus conexiones mutuas, en su entronque y concatenación, en su dinámica, en su proceso de génesis y caducidad». (F. Engels, AntiDühring, ed. alemana, Moscú, 1939, pág. 8).

c) Por oposición a la metafísica, la dialéctica no examina el proceso de desarrollo de los fenómenos como un simple proceso de crecimiento, en que los cambios cuantitativos no se traducen en cambios cualitativos, sino como un proceso en que se pasa de los cambios cuantitativos insignificantes y ocultos a los cambios manifiestos, a los cambios radicales, a los cambios cualitativos; en que éstos se producen, no de modo gradual, sino repentina y súbitamente, en forma de saltos de un estado de cosas a otro, y no de un modo casual sino con arreglo a leyes, como resultado de la acumulación de una serie de cambios cuantitativos inadvertidos y graduales.

Por eso, el método dialéctico entiende que el proceso de desarrollo debe concebirse no como movimiento circular, no como una simple repetición del camino ya recorrido, sino como un movimiento progresivo, como un movimiento en línea ascensional como el tránsito del viejo estado cualitativo a un nuevo estado cualitativo, como el desarrollo de lo simple a lo complejo, de lo inferior a lo superior.

La naturaleza --dice Engels-- es la piedra de toque de la dialéctica y las modernas ciencias naturales nos brindan como prueba de esto un acervo de datos extraordinariamente copiosos y enriquecido cada día que pasa, demostrando con ello que la naturaleza se mueve en última instancia, por los cauces dialécticos y no por los carriles metafísicos, que no se mueve en la eterna monotonía de un ciclo constantemente repetido, sino que recorre una verdadera historia. Aquí hay que citar en primer término a Darwin, quien con su prueba de que toda la naturaleza orgánica existente, plantas y animales, y entre ellos, como es lógico, el hombre, es el producto de un proceso de desarrollo que dura millones de años, ha asestado a la concepción metafísica de la naturaleza el más rudo golpe (F. Engels, lug. cit.).

Caracterizando el desarrollo dialéctico como el tránsito de los cambios cuantitativos a los cambios cualitativos, dice Engels:

En física... todo cambio es una transformación de cantidad en calidad, una consecuencia del cambio cuantitativo de la masa de movimiento de cualquier forma inherente al cuerpo o que se transmite a éste. Así, por ejemplo, el grado de temperatura del agua no influye para nada, al principio, en su estado líquido; pero, al aumentar o disminuir la temperatura del agua líquida, se llega a un punto en que su estado de cohesión se modifica y el agua se convierte, en un caso, en vapor, y, en otro caso, en hielo... Así también, para que el hilo de platino de la lámpara eléctrica se encienda, hace falta un mínimo de corriente: todo metal tiene su grado térmico de fusión, y todo líquido, dentro de una determinada presión, su punto fijo de congelación y de ebullición, en la medida en que los medios de que disponemos nos permiten producir la temperatura necesaria; y, finalmente, todo gas tiene su punto crítico, en que bajo una presión y un enfriamiento adecuados se licúa en forma de gotas... Las llamadas constantes de la física (los puntos de transición de un estado a otro, J. St.) no son, en la mayor parte de las veces, más que los nombres de los puntos nodulares en que la suma o la sustracción cuantitativas (cambios cuantitativos) de movimiento provocan cambios cualitativos en el estado del cuerpo de que se trata, y en que, por tanto, la cantidad se trueca en calidad (F. Engels,
Dialéctica de la naturaleza, ed. alemana, Moscú. págs. 502-503).


Y más adelante, pasando a la química, Engels prosigue:

Podríamos decir que la química es la ciencia de los cambios cualitativos de los cuerpos por efecto de los cambios producidos en su composición cuantitativa. Y esto lo sabía ya el mismo Hegel... Basta fijarse en el oxígeno: Si combinamos, para formar una molécula, tres átomos en vez de dos, que es lo corriente, produciremos ozono, cuerpo que se distingue de un modo muy definido del oxígeno normal, tanto por su olor como por sus efectos. Y no digamos de las diversas proporciones en que el oxígeno se combina con el nitrógeno o con el azufre, y cada una de las cuales produce un cuerpo cualitativamente distinto de todos los demás (Obra cit.. pág. 503).

Por último, criticando a Dühring que colma de injurias a Hegel sin perjuicio de tomar de él, a la chita callando, la conocida tesis de que el tránsito del reino de lo insensible al reino de las sensaciones, del mundo inorgánico al mundo de la vida orgánica, representa un salto a un nuevo estado, dice Engels:

Es la línea modular hegeliana de las proporciones de medida, en que el simple aumento o la simple disminución cuantitativa producen al llegar a un determinado punto nodular, un salto cualitativo, como ocurre, por ejemplo, con el agua puesta a calentar o a enfriar, donde el punto de ebullición y el punto de congelación son los nódulos en que --bajo una presión normal-- se produce el salto a un nuevo estado de cohesión, es decir en que la cantidad se trueca en calidad (F. Engels, Anti-Dühring, ed. alemana, pág. 31).

d) Por oposición a la metafísica, la dialéctica parte del criterio de que los objetos y los fenómenos de la naturaleza llevan siempre contradicciones internas, pues todos ellos tienen su lado positivo y su lado negativo, su pasado y su futuro, su lado de caducidad y su lado de desarrollo; del criterio de que la lucha entre estos lados contrapuestos, la lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre lo que agoniza y lo que nace, entre lo que caduca y lo que se desarrolla, forma el contenido interno del proceso de desarrollo, el contenido interno de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos.

Por eso, el método dialéctico entiende que el proceso de desarrollo de lo inferior a lo superior no discurre a modo de un proceso de desenvolvimiento armónico de los fenómenos, sino poniendo siempre de relieve las contradicciones inherentes a los objetos y a los fenómenos, en un proceso de «lucha» entre las tendencias contrapuestas que actúan sobre la base de aquellas contradicciones.

Dialéctica, en sentido estricto, es --dice Lenin-- el estudio de las contradicciones contenidas en la esencia misma de los objetos (Lenin, Cuadernos filosóficos, pág. 263).

Y más adelante:

El desarrollo es la «lucha» de los contrarios (Lenin, t. XIII, pág. 301, ed, rusa).

Tales son, brevemente expuestos, los rasgos fundamentales del método dialéctico marxista.

No es difícil comprender cuán enorme es la importancia que la difusión de los principios del método dialéctico tienen para el estudio de la vida social y de la historia de la sociedad y qué importancia tan enorme encierra la aplicación de estos principios a la historia de la sociedad y a la actuación práctica del Partido del proletariado.

Si en el mundo no existen fenómenos aislados, si todos los fenómenos están vinculados entre sí y se condicionan unos a otros es evidente que todo régimen social y todo movimiento social que aparece en la historia debe ser considerado, no desde el punto de vista de la «justicia eterna» o de cualquier otra idea preconcebida, que es lo que suelen hacer los historiadores, sino desde el punto de vista de las condiciones que han engendrado este régimen y este movimiento sociales, y a los cuales se hallan vinculados.

Dentro de las condiciones modernas, el régimen de la esclavitud es un absurdo y una necedad contraria a la lógica. En cambio, dentro de las condiciones de disgregación del régimen del comunismo primitivo, el régimen de esclavitud era fenómeno perfectamente lógico y natural, ya que representaba un progreso en comparación con el comunismo primitivo.

La reivindicación de la República democrático-burguesa dentro de las condiciones del zarismo y de la sociedad burguesa, por ejemplo en la Rusia de 1905, era una reivindicación perfectamente lógica, acertada y revolucionaria, pues la República burguesa representaba, en aquel tiempo, un progreso. En cambio, dentro de nuestras condiciones actuales en la U.R.S.S., la reivindicación de la República democrático-burguesa sería absurda y contrarrevolucionaria, ya que, comparada con la República Soviética, la República burguesa significa un paso atrás.

Todo depende, pues, de las condiciones, del lugar y del tiempo.

Es evidente que, sin abordar desde este punto de vista histórico los fenómenos sociales, no podría existir ni desarrollarse la ciencia de la historia, puesto que este modo de abordar los fenómenos es el único que impide a la ciencia histórica convertirse en un caos de sucesos fortuitos y en un montón de los más absurdos errores.

¡Continuemos! Si el mundo se halla en incesante movimiento y desarrollo y si la ley de este desarrollo es la extinción de lo viejo y el fortalecimiento de lo nuevo, es evidente que ya no puede haber ningún régimen social «inconmovible», ni pueden existir los «principios eternos» de la propiedad privada y la explotación, ni las «ideas eternas» de sumisión de los campesinos a los terratenientes y de los obreros a los capitalistas.

Eso quiere decir que el régimen capitalista puede ser sustituido por el régimen socialista, del mismo modo que, en su día, el régimen capitalista sustituyó al régimen feudal.

Eso quiere decir que hay que orientarse, no hacia aquellas capas de la sociedad que han llegado ya al término de su desarrollo, aunque en el momento presente constituyan la fuerza predominante, sino hacia aquellas otras que se están desarrollando, que tienen porvenir, aunque no sean las fuerzas predominantes en el momento actual.

En la década del 80 del siglo pasado, en la época de lucha de los marxistas contra los populistas, el proletariado constituía, en Rusia, una minoría insignificante, en comparación con los campesinos individuales que formaban la inmensa mayoría de la población. Pero el proletariado se estaba desarrollando como clase, mientras que los campesinos, como clase, se disgregaban. Precisamente por esto, porque el proletariado se estaba desarrollando como clase, los marxistas se orientaron hacia él. Y no se equivocaron, puesto que, como es sabido, el proletariado se convirtió, andando el tiempo, de una fuerza de escasa importancia en una fuerza histórica y política de primer orden.

Eso quiere decir que en política, para no equivocarse, hay que mirar hacia adelante y no hacia atrás.

¡Continuemos! Si el tránsito de los lentos cambios cuantitativos a los rápidos y súbitos cambios cualitativos constituye una ley del desarrollo, es evidente que las transformaciones revolucionarias llevadas a cabo por las clases oprimidas representan un fenómeno absolutamente natural e inevitable.

Eso quiere decir que el paso del capitalismo al socialismo y la liberación de la clase obrera del yugo capitalista no puede realizarse por medio de cambios lentos, por medio de reformas, sino sólo mediante la transformación cualitativa del régimen capitalista, es decir, mediante la revolución.

Eso quiere decir que en política, para no equivocarse, hay que ser revolucionario y no reformista.

¡Continuemos! Si el proceso de desarrollo es un proceso de revelación de contradicciones internas, un proceso de choques entre fuerzas contrapuestas sobre la base de estas contradicciones y con el fin de superarlas, es evidente que la lucha de clases del proletariado constituye un fenómeno perfectamente natural e inevitable.

Eso quiere decir que lo que hay que hacer no es disimular las contradicciones del régimen capitalista, sino ponerlas al desnudo y desplegarlas en toda su extensión, no es amortiguar la lucha de clases, sino llevarla a cabo hasta el fin.
Eso quiere decir que en política, para no equivocarse, hay que mantener una política proletaria, de clase, intransigente, y no una política reformista, de armonía de intereses entre el proletariado y la burguesía, una política oportunista de «integración» del capitalismo en el socialismo.

En esto consiste el método dialéctico marxista, aplicado a la vida social y a la historia de la sociedad.

Por lo que se refiere al materialismo filosófico marxista, es en su base lo opuesto al idealismo filosófico.

§2.-- El materialismo filosófico marxista


Caracterízase el materialismo filosófico marxista por los siguientes rasgos fundamentales:
a) En oposición al idealismo, que considera al mundo como la encarnación de la «idea absoluta», del «espíritu universal», de la «conciencia», el materialismo filosófico de Marx parte del criterio de que el mundo es, por su naturaleza, algo material; de que los múltiples y variados fenómenos del mundo constituyen diversas formas y modalidades de la materia en movimiento; de que los vínculos mutuos y las relaciones de interdependencia entre los fenómenos que el método dialéctico pone de relieve, son las leyes determinadas con arreglo a las cuales se desarrolla la materia en movimiento; de que el mundo se desarrolla con arreglo a las leyes que rigen el movimiento de la materia, sin necesidad de ningún «espíritu universal».

La concepción materialista del mundo --dice Engels-- significa sencillamente concebir la naturaleza tal y como es, sin ninguna clase de aditamentos extraños (F. Engels, Ludwig Feuerbach. Apéndice, ed. alemana, pág. 60).

Refiriéndose a la concepción materialista de un filósofo de la antigüedad, Heráclito, según el cual «el mundo, que es la unidad de todo lo existente, no ha sido creado por ningún dios ni por ningún hombre sino que ha sido, es y será eternamente un fuego vivo que se enciende y se apaga con arreglo a las leyes determinadas», dice Lenin: «He aquí una excelente definición de los principios del materialismo dialéctico» (Lenin, Cuadernos filosóficos, pág. 318).

b) En oposición al idealismo, el cual afirma que sólo nuestra conciencia tiene una existencia real y que el mundo material, el ser, la naturaleza, sólo existe en nuestra conciencia, en nuestras sensaciones, en nuestras percepciones, en nuestros conceptos, el materialismo filosófico marxista parte del criterio de que la materia, la naturaleza, el ser, son una realidad objetiva, existen fuera de nuestra conciencia e independientemente de ella, de que la materia es lo primario, ya que constituye la fuente de la que se derivan las sensaciones, las percepciones y la conciencia, y la conciencia lo secundario, lo derivado, ya que es la imagen refleja de la materia, la imagen refleja del ser; el materialismo filosófico marxista parte del criterio de que el pensamiento es un producto de la materia que ha llegado a un alto grado de perfección en su desarrollo, y más concretamente, un producto del cerebro, y éste el órgano del pensamiento, y de que, por tanto, no cabe, a menos de caer en un craso error, separar el pensamiento de la materia.

El problema de la relación entre el pensar y el ser, entre el espíritu y la naturaleza es --dice Engels-- el problema supremo de toda la filosofía... Los filósofos se dividían en dos grandes campos, según la contestación que diesen a esta pregunta. Los que afirmaban el carácter primario del espíritu frente a la naturaleza... formaban el campo del idealismo. Los otros, los que reputaban la naturaleza como lo primario, figuraban en las diversas escuelas del materialismo (F. Engels, obra citada, págs. 16-17).

Y más adelante:

El mundo material y perceptible por los sentidos, del que formamos parte también los hombres, es el único mundo real... Nuestra conciencia y nuestro pensamiento, por más suprasensibles que parezcan, son el producto de un órgano material, corporal: el cerebro. La materia no es un producto del espíritu, y el espíritu mismo no es más que el producto supremo de la materia (F. Engels obra citada, pág. 20).


Refiriéndose al problema de la materia y el pensamiento, manifiesta Marx:

No es posible separar el pensamiento de la materia pensante. La materia es el sujeto de todos los cambios (Marx-Engels, Obras Completas, t. III, ed. alemana, Moscú, pág. 305).


Caracterizando el materialismo filosófico marxista, dice Lenin:

El materialismo en general reconoce la existencia real y objetiva del ser (la materia), independiente de la conciencia, de las sensaciones de la experiencia... La conciencia... no es más que un reflejo del ser, en el mejor de los casos su reflejo aproximadamente exacto (adecuado, ideal en cuanto a precisión) (Lenin, t. XVIII, págs. 266-267)
.

Y en otros pasajes:

Es materia lo que, actuando sobre nuestros órganos sensoriales, produce las sensaciones; la materia es la realidad objetiva, que las sensaciones nos transmiten... La materia, la naturaleza, el ser, lo físico, es lo primario; el espíritu, la conciencia, las sensaciones, lo psíquico, lo secundario (Obra citada, págs. 119-120).

-- El cuadro del mundo es el cuadro de cómo se mueve y cómo «piensa la materia» (Obra citada, pág. 288).


-- El cerebro es el órgano del pensamiento (Obra citada, pág. 125).


c) En oposición al idealismo, que discute la posibilidad de conocer el mundo y las leyes por que se rige, que no cree en la veracidad de nuestros conocimientos, que no reconoce la verdad objetiva y entiende que el mundo está lleno de «cosas en sí», que jamás podrán ser conocidas por la ciencia, el materialismo filosófico marxista parte del principio de que el mundo y las leyes por que se rige son perfectamente cognoscibles, de que nuestros conocimientos acerca de las leyes de la naturaleza, comprobados por la experiencia, por la práctica, son conocimientos veraces, que tienen el valor de verdades objetivas, de que en el mundo no hay cosas incognoscibles, sino simplemente aún no conocidas, pero que la ciencia y la experiencia se encargarán de relevar y de dar a conocer.

Criticando la tesis de Kant y de otros idealistas acerca de la incognoscibilidad del mundo y de las «cosas en sí» incognoscibles y defendiendo la consabida tesis del materialismo acerca de la veracidad de nuestros conocimientos, escribe Engels:

La refutación más contundente de estas manías como de todas las demás manías filosóficas, es la práctica, o sea el experimento y la industria. Si podemos demostrar la exactitud de nuestro modo de concebir un proceso natural reproduciéndolo nosotros mismos, creándolo como resultado de sus mismas condiciones, y si, además, lo ponemos al servicio de nuestros propios fines, daremos al traste con la «cosa en sí» inasequible de Kant. Las sustancias químicas producidas en el mundo animal y vegetal siguieron siendo «cosas en sí» hasta que la química orgánica comenzó a producirlas unas tras otras; con ello, la «cosa en sí» se convirtió en una cosa para nosotros, como, por ejemplo, la materia colorante de la rubia, la alizarina, que hoy ya no se extrae de la raíz de aquella planta, sino que se obtiene de alquitrán de hulla, procedimiento mucho más barato y más sencillo. El sistema solar de Copérnico fue durante trescientos años una hipótesis, por la que se podía apostar cien, mil, diez mil contra uno, pero, a pesar de todo, una hipótesis, hasta que Leverier con los datos tomados de este sistema no sólo demostró que debía necesariamente existir un planeta desconocido hasta entonces, sino que, además, determinó mediante cálculos, el lugar en que este planeta tenía que encontrarse en el firmamento, y cuando después Galle descubrió efectivamente este planeta, el sistema de Copérnico quedó demostrado (F. Engels, Ludwig Feuerbach, ed. alem., Moscú, pág. 18).

Acusando a Bogdánov, Basárov, Yushkévich y otros partidarios de Mach de fideísmo (teoría reaccionaria que prefiere la fe a la ciencia) y defendiendo la consabida tesis del materialismo de que nuestros conocimientos científicos acerca de las leyes por las que se rige la naturaleza son conocimientos veraces y de que las leyes de la ciencia constituyen verdades objetivas, dice Lenin:

El fideísmo moderno no rechaza, ni mucho menos, la ciencia: lo único que rechaza son las «pretensiones desmesuradas» de la ciencia y, concretamente, sus pretensiones de verdad objetiva. Si existe una verdad objetiva (como entienden los materialistas) y si las ciencias naturales, reflejando el mundo exterior en la «experiencia» del hombre, son las únicas que pueden darnos esa verdad objetiva, todo fideísmo queda refutado incontrovertiblemente (Lenin, t. XIII, pág. 102, ed. rusa).

Tales son, brevemente expuestos, los rasgos característicos del materialismo filosófico marxista.

Fácil es comprender la importancia tan enorme que tiene la aplicación de los principios del materialismo filosófico al estudio de la vida social, al estudio de la historia de la sociedad, la importancia tan enorme que tiene el aplicar estos principios a la historia de la sociedad y a la actuación práctica del Partido del proletariado.

Si la conexión entre los fenómenos de la naturaleza y su interdependencia representan las leyes por las que se rige el desarrollo de la naturaleza, de esto se deduce que la conexión e interdependencia de los fenómenos de la vida social representan también no algo fortuito, sino las leyes por las que se rige el desarrollo de la sociedad.

Eso quiere decir que la vida social y la historia de la sociedad ya no son un conglomerado de hechos «fortuitos», pues la historia de la sociedad se convierte en el desarrollo de la sociedad con arreglo a sus leyes determinadas y el estudio de la historia de la sociedad adquiere categoría de ciencia.

Eso quiere decir que la actuación práctica del Partido del proletariado debe basarse, no en los buenos deseos de las «ilustres personalidades», no en los postulados de la «razón», de la «moral universal» etc., sino en las leyes determinadas del desarrollo de la sociedad y en el estudio de éstas.
¡Prosigamos! Si el mundo es cognoscible y nuestros conocimientos acerca de las leyes que rigen el desarrollo de la naturaleza son conocimientos veraces, que tienen el valor de verdades objetivas, esto quiere decir que también la vida social, el desarrollo de la sociedad, son susceptibles de ser conocidos; y que los datos que nos brinda la ciencia sobre las leyes del desarrollo de la sociedad son datos veraces, que tienen el valor de verdades objetivas.

Eso quiere decir que la ciencia que estudia la historia de la sociedad puede adquirir, pese a toda la complejidad de los fenómenos de la vida social, la misma precisión que la biología, por ejemplo, ofreciéndonos la posibilidad de dar una aplicación práctica a las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad.

Eso quiere decir que, en su actuación práctica, el Partido del proletariado debe guiarse, no por estos o los otros motivos fortuitos, sino por las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad y por las conclusiones prácticas que de ellas se derivan.

Eso quiere decir que el socialismo deja de ser un sueño acerca de un futuro mejor de la humanidad para convertirse en una ciencia.

Eso quiere decir que el enlace entre la ciencia y la actuación práctica, entre la teoría y la práctica, su unidad, debe ser la estrella polar que guíe al Partido del proletariado.

¡Prosigamos! Si la naturaleza, el ser, el mundo material son lo primario --al paso que la conciencia, el pensamiento, son lo secundario, lo derivado--; si el mundo material constituye la realidad objetiva, que existe independientemente de la conciencia del hombre; y si la conciencia es la imagen refleja de esta realidad objetiva; si todo eso es así, dedúcese de todo ello que la vida material de la sociedad, el ser social, es también lo primario, mientras que su vida espiritual es lo secundario, lo derivado; que la vida material de la sociedad es la realidad objetiva, que existe independientemente de la voluntad de los hombres, mientras que la vida espiritual de la sociedad es el reflejo de esta realidad objetiva, el reflejo del ser.

Eso quiere decir que la fuente donde se forma la vida espiritual de la sociedad, la fuente de la que emanan las ideas sociales, las teorías sociales, las concepciones y las instituciones políticas hay que buscarlas, no en estas mismas ideas, teorías, concepciones e instituciones políticas, sino en las condiciones de la vida material de la sociedad, en el ser social, del cual son reflejo estas ideas, teorías, concepciones, etc.

Eso quiere decir que, si en los diversos períodos de la historia de la sociedad nos encontramos con diversas ideas, teorías, concepciones sociales e instituciones políticas; si bajo el régimen de la esclavitud observamos unas ideas, teorías y concepciones sociales, unas instituciones políticas, bajo el feudalismo otras y otras distintas bajo el capitalismo, la explicación de esto no reside en la «naturaleza», en la «propiedad» de las ideas, teorías, concepciones e instituciones políticas mismas, sino en las distintas condiciones de la vida material de la sociedad dentro de los diversos períodos del desarrollo social.

Según sean las condiciones de existencia de la sociedad, las condiciones en que se desenvuelve su vida material, así son sus ideas, sus teorías, sus concepciones e instituciones políticas.

En relación con esto, dice Marx:

No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es el que determina su conciencia. (Carlos Marx, Obras escogidas, t. 1, pág. 359, ed. alemana, Moscú, 1934).

Eso quiere decir que, en política, para no equivocarse y no convertirse en una colección de vacuos soñadores, el Partido del proletariado debe tomar, como punto de partida para su actuación, no los «principios» abstractos de la «razón humana», sino las condiciones concretas de la vida material de la sociedad, que constituyen la fuerza decisiva del desarrollo social, no los buenos deseos de los «grandes hombres», sino las exigencias reales impuestas por el desarrollo de la vida material de la sociedad.

El fracaso de los utopistas, incluyendo entre ellos, los populistas, los anarquistas y los socialrevolucionarios, se explica, entre otras razones, porque no reconocían la importancia primordial de las condiciones de vida material de la sociedad en cuanto al desarrollo de ésta, y, cayendo en el idealismo, erigían su actuación práctica, no sobre las exigencias del desarrollo de la vida material de la sociedad, sino, independientemente de ellas y en contra de ellas, sobre «planes ideales» y «proyectos universales», desligados de la vida real de la sociedad.

La fuerza y la vitalidad del marxismo-leninismo estriban precisamente en que toma como base para su actuación práctica las exigencias del desarrollo de la vida material de la sociedad, sin desligarse jamás de la vida real de ésta.

Sin embargo, de las palabras de Marx no se desprende que las ideas y las teorías sociales, las concepciones y las instituciones políticas no tengan importancia alguna en la vida de la sociedad, que no ejerzan de rechazo una influencia sobre el ser social, sobre el desarrollo de las condiciones materiales de la vida de la sociedad. Hasta ahora, nos hemos venido refiriendo únicamente al origen de las ideas y teorías sociales y de las concepciones e instituciones políticas, a su nacimiento, al hecho de que la vida espiritual de la sociedad es el reflejo de las condiciones de su vida material. En lo tocante a la importancia de las ideas y teorías sociales y de las concepciones e instituciones políticas, en lo tocante al papel que desempeñan en la historia, el materialismo histórico no sólo no niega, sino que, por el contrario, subraya la importancia de papel y la significación que les corresponde en la vida y en la historia de la sociedad.

Pero hay diferentes ideas y teorías sociales. Hay ideas y teorías viejas, que han cumplido ya su misión y que sirven a los intereses de fuerzas sociales caducas. Su papel consiste en frenar el desarrollo de la sociedad, su marcha progresiva. Y hay ideas y teorías nuevas, avanzadas, que sirven a los intereses de las fuerzas de vanguardia de la sociedad. El papel de éstas consiste en facilitar el desarrollo de la sociedad, su marcha progresiva, siendo su importancia tanto más grande cuanto mayor es la exactitud con que responden a las exigencias del desarrollo de la vida material de la sociedad.

Las nuevas ideas y teorías sociales sólo surgen después que el desarrollo de la vida material de la sociedad plantea a ésta nuevas tareas. Pero, después de surgir, se convierten en una fuerza de la mayor importancia, que facilita la ejecución de estas nuevas tareas planteadas por el desarrollo de la vida material de la sociedad, que facilita los progresos de ésta. Es aquí, precisamente, donde se acusa la formidable importancia organizadora, movilizadora y transformadora de las nuevas ideas, de las nuevas teorías y de las nuevas concepciones políticas, de las nuevas instituciones políticas.

Las nuevas ideas y teorías sociales surgen precisamente porque son necesarias para la sociedad, porque sin su labor organizadora movilizadora y transformadora es imposible llevar a cabo las tareas ya maduras que plantea el desarrollo de la vida material de la sociedad y que están ya en sazón de ser cumplidas. Y como surgen sobre la base de las nuevas tareas planteadas por el desarrollo de la vida material de la sociedad, las nuevas ideas y teorías sociales se abren paso, se convierten en patrimonio de las masas populares, movilizan y organizan a éstas contra las fuerzas sociales caducas, facilitando así el derrocamiento de estas fuerzas sociales caducas que frenan el desarrollo de la vida material de la sociedad.

He aquí cómo las ideas y las teorías sociales, las instituciones políticas, que brotan sobre la base de las tareas ya maduras para su solución planteadas por el desarrollo de la vida material de la sociedad, por el desarrollo del ser social, actúan luego, a su vez sobre este ser social, sobre la vida material de la sociedad, creando las condiciones necesarias para llevar a término la ejecución de las tareas ya maduras de la vida material de la sociedad y hacer posible su desarrollo ulterior.

En relación con esto, dice Marx:

La teoría se convierte en una fuerza material tan pronto como prende en las masas. (Carlos Marx y Federico Engels, Obras completas. t. 1, pág. 6l4, ed. alem.).

Eso quiere decir que para poder influir sobre las condiciones de la vida material de la sociedad y acelerar su desarrollo, acelerar su mejoramiento, el Partido del proletariado tiene que apoyarse en una teoría social, en una idea social que refleje certeramente las exigencias del desarrollo de la vida material de la sociedad y que, gracias a ello, sea capaz de poner en movimiento a las grandes masas del pueblo, de movilizarlas y organizar con ellas el gran ejército del Partido proletario, presto a aplastar las fuerzas reaccionarias y allanar el camino a las fuerzas avanzadas de la sociedad.

El fracaso de los «economistas» y de los mencheviques se explica, entre otras razones, por el hecho de que no reconocían la importancia movilizadora, organizadora y transformadora de la teoría de vanguardia, de la idea de vanguardia, y cayendo en un materialismo vulgar, reducían su papel casi a la nada, y consiguientemente condenaban al Partido a la pasividad, a vivir vegetando.

La fuerza y la vitalidad del marxismo-leninismo estriban en que éste se apoya en una
teoría de vanguardia, que refleja certeramente las exigencias del desarrollo de la vida material de la sociedad, en que eleva la teoría a la altura que le corresponde y considera su deber utilizar íntegramente su fuerza de movilización, de organización y de transformación.

Así es como resuelve el materialismo histórico el problema de las relaciones entre el ser social y la conciencia social, entre las condiciones de desarrollo de la vida material y el desarrollo de la vida espiritual de la sociedad.