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Lo social y lo político en las luchas populares


Roberto Regalado *

Por cuanto es una idea conocida, defendida por unos, rechazada por otros y aceptada -con escepticismo o ambivalencia- por un amplio espectro intermedio, prefiero comenzar por la conclusión de este trabajo, a saber, que la clave del éxito de las luchas populares es lograr la más amplia, sólida, profunda, democrática y multifacética unidad entre los partidos políticos de izquierda y los movimientos sociales.

En vez de presumir de haber encontrado una nueva arista, que justifique escribir muchas páginas para, al final, decir lo mismo, prefiero exponer algunas reflexiones sobre un grupo de temas incluidos en el debate sobre la relación entre lo político y lo social en las luchas populares, entre ellos los efectos de la concentración transnacional del poder político y económico, la desactivación de los mecanismos de asimilación de demandas sociales, la fragmentación y polarización social, el nexo entre la lucha de clases y otras luchas sociales y, muy especial, sobre las consecuencias de la dominación ideológica -directa e indirecta impuesta por el imperialismo, que constituyen el escollo fundamental de la unidad de los pueblos.

La concentración trasnacional del poder político y económico


La desnacionalización del Estado, la atrofia de sus funciones nacionales y la adquisición de funciones transnacionales subordinadas, constituye el fundamento de lo que se ha dado en llamar la «crisis de la política», una de cuyas manifestaciones principales es la «crisis de los partidos políticos».

El Estado nación, con sus instituciones y el sistema de partidos políticos que hoy conocemos es un producto típico del sistema capitalista de producción. En el Manifiesto del Partido Comunista, al referirse al tránsito entre el feudalismo y el capitalismo, Carlos Marx y Federico Engels afirman:

"La burguesía suprime cada vez más el fraccionamiento de los medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en manos de unos pocos. La consecuencia obligada de ello es la centralización política. Las provincias independientes, ligadas entre si casi únicamente por lazos federales, con intereses, leyes, gobiernos y tarifas aduaneras diferentes han sido consolidadas en una sola nación, bajo un solo Gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase y una sola línea aduanera" (1).

En virtud de la continuidad del proceso de aglomeración de la población, centralización de los medios de producción y concentración de la propiedad, que conduce a la universalización de las relaciones capitalistas de producción también analizada por Marx y Engels, (2) transcurridos más de ciento cincuenta años de la publicación del Manifiesto, el sujeto rector de la sociedad burguesa, el capital, rebasa con creces la forma y magnitudes de la «gran industria» premonopolista de antaño, necesitada de un espacio político nacional que se correspondiera con el -también nacional- espacio de rotación del capital, dentro del cual el Estado nación estaba llamado a mantener la dominación de clase que garantizara las condiciones para su continua valorización.

Un largo trecho transitó la sociedad burguesa desde 1848. En primer término, durante el último tercio del siglo XIX surge el monopolio, unidad económica estudiada por Engels, capaz de negar la libre concurrencia dentro del espacio nacional de rotación del capital. En segundo lugar, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, Lenin se percata de que el capital monopolista se ha fundido con el Estado y se ha transformado en capitalismo monopolista de Estado, con lo cual ya no es toda la clase burguesa, sino solo su elite monopolista la que ejerce las riendas del poder político dentro de las fronteras del Estado nación. Finalmente, a partir de las últimas tres décadas del siglo XX, es posible constatar que el monopolio se ha transformado de monopolio nacional en monopolio transnacional y que los ciclos nacionales de rotación del capital se han fundido en un ciclo único transnacional de rotación del capital, en el cual el monopolio es capaz de negar la libre concurrencia y ejercer su dominación económica a escala universal.

La «consecuencia obligada» del proceso concentración transnacional de la producción y la propiedad es el ascenso del sistema capitalista a un peldaño superior de «centralización política», que rebasa las fronteras del Estado nación. Con otras palabras, el monopolio transnacional necesita colocar al mundo bajo «un solo Gobierno», «una sola ley», «un solo interés» -en este caso, un interés imperialista transnacional- y «una sola línea aduanera». Surge así el capitalismo monopolista transnacional.

La tendencia imperialista a la conformación de un «trust único» y un solo «Estado mundial» era debatida ya en los inicios del siglo XX. En su polémica contra la teoría del «ultraimperialismo» de Kautsky y el «interimperialismo» de Hobson, quienes apostaban a que el desarrollo monopolista atenuaría las contradicciones del sistema capitalista de producción a escala mundial, Lenin afirmaba que el proceso de absorción de «todas las empresas sin excepción» y de «todos los Estados sin excepción» sería interrumpido por el estallido de las contradicciones imperialistas. Con sus propias palabras:

"No cabe duda de que la tendencia del desarrollo es hacia un trust único mundial, que absorberá todas las empresas sin excepción y todos los Estados sin excepción. Pero ese desarrollo se opera en tales circunstancias, con tal ritmo, en medio de tales contradicciones, conflictos y conmociones -no sólo económicos, sino también políticos, nacionales, etc., etc.- que sin duda alguna antes de que se llegue a un trust mundial único, a una asociación mundial «ultraimperialista» de los capitales financieros nacionales, el imperialismo deberá inevitablemente estallar y el capitalismo se transformará en su contrario".(3)

El concepto de capitalismo monopolista transnacional no presupone que monopolio haya roto su simbiosis con el Estado imperialista, ni que -como afirman numerosos autores- el primero se «globaliza» mientras el segundo queda «anclado» dentro de las fronteras nacionales: es un proceso en el cual la proyección del poder político y económico a escala transnacional deviene una función principal de ambos. La simbiosis del Estado imperialista y el monopolio transnacional se convierte en el núcleo fundamental de la concentración transnacional de la propiedad, la producción y el poder político, que constituye el signo distintivo del imperialismo contemporáneo. La función de ese núcleo de poder político transnacional es imponer normas y mecanismos que garanticen la reproducción ampliada del capital en cualquier punto del planeta, tanto mediante la acción directa de los monopolios y los estados imperialistas con estos que se encuentran fundidos, como a través de los organismos supranacionales a su servicio, tales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).

La concentración transnacional del poder político en manos de los principales centros de poder imperialista, en especial, del imperialismo norteamericano, tiene como contrapartida la desnacionalización del poder político en los Estados imperialistas más débiles y, de manera aún más aguda y acelerada, en los Estados subdesarrollados y dependientes. Se trata de un proceso de devaluación del Estado y sus instituciones, de atrofia de sus funciones nacionales y de adquisición de funciones transnacionales subordinadas. Los Estados imperialistas más débiles y, de manera particular, los Estados subdesarrollados y dependientes se convierten en apéndices orgánicos de una mega maquinaria imperialista de poder transnacional, que les impone patrones y códigos de conducta de obligatorio cumplimiento. No es, por supuesto, un proceso uniforme, sino que enfrenta variables grados de resistencia en dependencia de cada caso. (4)

La desactivación de los mecanismos de asimilación de demandas sociales

La concentración transnacional de la riqueza y el poder político y económico tiende a eliminar la capacidad del Estado nacional de asimilar demandas sociales. Esta tendencia objetiva, derivada de las condiciones y contradicciones del proceso de valorización del capital en la actual etapa de desarrollo del imperialismo, es complementada, legitimada y reforzada en el ámbito de la subjetividad por la doctrina neoliberal.

La doctrina neoliberal caracteriza al Estado como un ente neutral, por cuya asignación de recursos compiten diversos «grupos de interés». Según esta tesis, el problema de la sociedad capitalista es el «exceso de democracia», entendido como el incremento de las presiones sociales para la asignación de recursos estatales que rebasa su disponibilidad. Por cuanto el neoliberalismo parte de la premisa de que el Estado no afecte de manera alguna la valorización del capital -incluida su aversión al cobro de impuestos a la clase capitalista-, la «solución» es «aislar» y «proteger» al Estado de la «sobresaturación» de demandas sociales. Esta es una de las conclusiones principales de la Comisión Trilateral, que alcanzó notoriedad a mediados de la década de mil novecientos setenta por sus recomendaciones sobre cómo detener y revertir la erosión del poderío imperialista.

En su libro, Trilateralismo: administrando la dependencia y la democracia -una visión panorámica, Holly Sklar afirma:

"Los años sesenta constituyen el punto de partida para los análisis de la trilateral. Samuel Huntington, autor del capítulo sobre los Estados Unidos, describe este período como una «década de auge democrático y de la reafirmación del igualitarismo democrático». Lo que debe seguir, de acuerdo a la perspectiva de los trilaterales, es la reafirmación del gobierno de la elite y décadas de apatía pública. Por consiguiente, los temas domésticos en la agenda de la trilateral incluyen la reducción de las expectativas de los pobres y la clase media, el incremento de la autoridad presidencial, fortalecimiento de la cooperación entre la empresa privada y el gobierno en la planificación económica, y la pacificación del sindicalismo de base".(5)

Con palabras de Huntington:

"La operación efectiva del sistema político democrático usualmente requiere mayor medida de apatía y no participación de parte de algunos individuos y grupos. En el pasado, toda sociedad democrática ha tenido una población marginal, de mayor o menor tamaño, que no ha participado activamente en la política. En si misma, esta marginalidad de parte de algunos grupos es inherentemente no democrática, pero es también uno de los factores que ha permitido a la democracia funcionar efectivamente." (6)

El tema de la asimilación o no de demandas sociales por parte del Estado capitalista plantea la cuestión de hasta que punto ese sistema político es o no «democrático» y «redistributivo». El paradigma de democracia burguesa que hoy conocemos está influido por: 1) la necesidad que tenía la entonces emergente clase burguesa de utilizar el parlamentarismo como instrumento para disputarle el poder político a la aristocracia feudal; 2) las conquistas arrancadas al capital por los movimientos socialistas y femeninos de finales del siglo XIX y principios del XX y, 3) en especial, por la necesidad de introducir reformas políticas, económicas y sociales concebidas para contrarrestar la influencia ideológica del socialismo, primero, a raíz del triunfo de la Revolución de Octubre de 1917 y, con mucho mayor alcance e intensidad, durante la segunda posguerra, es decir, a partir del surgimiento del sistema de países socialistas.

La historia de las revoluciones burguesas del siglo XIX demuestra cómo la burguesía amoldó a sus intereses el sistema de partidos políticos, sufragio, parlamentarismo y división de poderes que hoy conocemos como democracia liberal. En sus orígenes este sistema tuvo como objetivos: primero, imponer límites al absolutismo a través de la elección de un parlamento y, después, suprimir la monarquía o convertirla en una figura desprovista de poder, mediante la elección de un poder ejecutivo y la división de poderes entre ese ejecutivo, el legislativo y el judicial. Ese proceso democratizador tuvo estrictos límites clasistas: desplazaba del poder a la aristocracia feudal y construía un Estado «neutral» respecto a la lucha entre fracciones de la burguesía, pero apelaba a la represión cuando el proletariado -que había servido de «carne de cañón» contra el absolutismo- pretendía beneficiarse de la «democratización».

Una segunda etapa «democratizadora» tiene lugar en el último tercio del siglo XIX. Se trata del período de auge de algunos los partidos socialdemócratas europeos, en particular en Alemania, capaces de utilizar en beneficio del proletariado los mecanismos de participación y representación que la burguesía había diseñado e instaurado. Las luchas por la libertad de expresión, el pluralismo político y el sufragio universal constituían medios para alcanzar objetivos populares, tales como la reducción de la jornada laboral, la elevación de los salarios, la protección de los trabajadores, el cese de la discriminación de la mujer y la oposición a la guerra imperialista.

El parlamentarismo democrático burgués alcanza su máxima expresión en el llamado Estado de Bienestar, implantado en buena parte de Europa Occidental durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, construcción política, económica, social e ideológica que, aún en la actual etapa de su desmontaje, sigue siendo utilizado como paradigma de la sociedad capitalista. El móvil del «Estado de Bienestar» no fue la filantropía, sino una combinación de factores económicos y políticos:

En lo económico, la masiva destrucción de fuerzas productivas provocada por la Segunda Guerra Mundial sentó las bases para dos décadas de crecimiento económico expansivo casi ininterrumpido, sin que existiera la amenaza inminente del estallido de una gran crisis de superproducción. En tales condiciones, el incremento constante de la demanda de fuerza de trabajo provoca una elevación de los salarios, condición óptima para el desarrollo del modelo keynesiano de estímulo al crecimiento económico por la vía del aumento de la demanda. En una etapa prolongada e intensa de incremento constante del valor de la fuerza de trabajo, era coherente que los monopolios privados, que se encontraban fundidos con el Estado desde la Primera Guerra Mundial, le encargasen a este último que, con los impuestos recaudados de toda la sociedad, asumiera buena parte los costos de su reproducción, es decir: de la capacitación, educación, salud, vivienda y otros. Por último, a partir de determinada etapa del desarrollo del capitalismo, incluso las legislaciones que imponen a los propietarios el pago de niveles salariales relativamente altos y de otras prestaciones sociales para sus obreros, constituye también un medio de concentración del capital, por cuanto son requisitos que la pequeña y la mediana empresa no pueden cumplir, lo que contribuye a su absorción o destrucción.

En lo político, como resultado de las victorias antifascistas del Ejército Rojo, el socialismo soviético se había expandido por Europa Oriental y Central, hecho que consolidaba, por primera vez en la historia, la existencia de un polo alternativo al capitalismo. Este nuevo reto, cualitativamente superior al triunfo de la Revolución de Octubre de 1917, dictaba la necesidad de colocar en un segundo plano las rivalidades interimperialistas y aunar esfuerzos en la ejecución de la política de «Guerra Fría», caracterizada por el incremento sistemático de la amenaza militar, la hostilidad política, el boicot económico y la campaña propagandística tendiente a desprestigiar al recién estrenado sistema socialista.

Entre los objetivos ideológicos de la Guerra Fría resalta la dominación y subordinación de los pueblos de Europa Occidental, cuna de las ideas del socialismo y el comunismo, que atravesaban por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y constituían la «frontera occidental» del «campo socialista». En tales condiciones, el sistema capitalista necesitaba presentar en esa región, e irradiar hacia el resto del mundo, un rostro «democrático» y «redistributivo», para lo cual resultó imprescindible: 1) establecer un sistema de partidos políticos, sindicatos y organizaciones populares, capaces de asimilar un conjunto de demandas de los sectores socio clasistas subordinados y, 2) mantener altos niveles salariales, acompañados del desarrollo de una vasta red de servicios públicos y de amplios programas sociales, para complementar los ingresos de los trabajadores y brindar asistencia social a quienes, por diversas razones, quedasen fuera del mercado laboral. La tercera «democratización» del sistema capitalista -circunscrita a un puñado de potencias industrializadas, pero presentada como una tendencia histórica universal- entraba en una crisis terminal, a finales de la década de mil novecientos sesenta, como consecuencia del agotamiento del período de crecimiento económico expansivo abierto por la Segunda Guerra Mundial.

Con la sobresaturación de los mercados de bienes, capitales y fuerza de trabajo, se evidenciaba el fin de las condiciones económicas que sustentaban al «Estado de Bienestar». Si durante la posguerra el incremento del salario había sido el motor de la economía -mediante el estímulo a la demanda-, ahora se convertía en blanco de la necesidad de aumentar la cuota de plusvalía. Paralelamente, al descender la demanda de la mercancía fuerza de trabajo y reducirse su valor, ya los capitalistas no tenían el incentivo de antaño para que el Estado asumiera los costos de su reproducción mediante «generosos» programas sociales, sino que necesitan que tales recursos sean transferidos al sector privado, a través de recortes impositivos, privatizaciones, créditos y subsidios. De esta manera se crean las condiciones económicas y, en buena medida, las condiciones políticas para el paso del «Estado de Bienestar» al neoliberalismo.

No es casual que la década de mil novecientos setenta haya sido el período en que la Comisión Trilateral formula las teorías de la gobernabilidad (governance), cuya esencia es transformar la democracia liberal en democracia neoliberal. La diferencia consiste en exacerbar el culto a la «forma democrática», a saber, el culto a elecciones «libres», pluripartidismo, «libertad» de expresión, de asociación, etc., pero desprovista de contenido real, es decir, de la capacidad efectiva de decisión sobre los asuntos fundamentales de carácter político, económico y social. Se trata de impedir que los mecanismos del sistema político capitalista no puedan ser utilizados para imponerle al Estado la asimilación de demandas sociales. Nadie mejor que el propio Samuel Huntington para sintetizar las ideas contenidas en este acápite:

"Elecciones, apertura, libertad y juego limpio son la esencia de la democracia, el inexcusable sine qua non. Los gobiernos creados por medio de elecciones pueden ser ineficientes, corruptos, de cortas miras, irresponsables, dominados por intereses concretos e incapaces de adoptar las políticas que exige el bien público. Estas cualidades los convierten en gobiernos indeseables, pero no en gobiernos no democráticos".

Fragmentación y polarización social: ¿Sólo de las clases populares?

Al c´rculo vicioso de la devaluación y refuncionalización del Estado nacional y de la imposición del esquema de democracia neoliberal -que rechaza la asimilación de demandas sociales-, se suman los efectos de la fragmentación y polarización socioclasista provocada por este proceso, que mina la capacidad de los sindicatos y los partidos y movimientos políticos de izquierda de organizar y dirigir la lucha de la clase obrera y demás sectores socio clasistas oprimidos, explotados y marginados. Sin embargo, resulta sospechoso que la inmensa mayoría de las tesis en boga sobre estos temas enfoquen solo la fragmentación y polarización de la clase obrera y otros sectores populares, al tiempo que esconden, tanto las consecuencias de la fragmentación y polarización de la propia burguesía, como el hecho de que esta descomposición social constituye un síntoma del agravamiento de la crisis integral del sistema capitalista de producción.

La idea de que la competencia entre obreros -y de cada obrero consigo mismo- mina la unidad del proletariado y se convierte en un obstáculo para la organización y lucha de la clase obrera contra la burguesía -algo que no pocos, por ignorancia, atribuyen a la «globalización» y la «Revolución Científico Técnica»-, fue analizada por Marx y Engels. «la competencia -afirman- aísla a los individuos, no sólo a los burgueses, sino aún más a los proletarios, enfrentándolos los unos con los otros, a pesar de que los aglutine». En «Trabajo asalariado y capital», Marx explica cómo la introducción de nueva maquinaria provoca una mayor división del trabajo, lo que, a su vez, incrementa la competencia entre obreros:

"una mayor división del trabajo permite a un obrero realizar el trabajo de cinco, diez o veinte; aumenta, por tanto, la competencia entre los obreros en cinco, diez o veinte veces. Los obreros no sólo compiten entre sí vendiéndose unos más baratos que otros, sino que compiten también cuando uno solo realiza el trabajo de cinco, diez o veinte; y la división del trabajo implantada y constantemente reforzada por el capital, obliga a los obreros a hacerse esta clase de competencia.

La consecuencia de este proceso es clara: la «organización del proletariado en clase, y, por tanto, en partido político, es socavada sin cesar por la competencia entre los propios obreros".

Si bien la introducción de nueva maquinaria, la continua división del trabajo y el incremento de la competencia entre obreros -con sus efectos negativos en la organización y lucha de clases-, no son elementos nuevos, ni constituyen una peculiaridad del presente estadio de desarrollo del sistema capitalista, sí es cierto que, en virtud del proceso de concentración transnacional de la propiedad y la producción, el imperialismo contemporáneo introduce la división transnacional del trabajo, es decir, ya no solo compiten entre sí -ni con ellos mismos- los obreros de una fábrica, una empresa, una región, un país o siquiera un continente, sino de todo el mundo, debido a que en la actualidad el capital se desplaza por el planeta en busca de la máxima cuota de plusvalía. Este proceso alcanza su clímax a partir de la década de mil novecientos setenta, cuando la sobresaturación de los mercados impide compensar la tendencia decreciente de la cuota de ganancia a través de un aumento constante de la producción, lo que obliga al capital a apelar, con una magnitud sin precedentes, a recursos tales como la intensificación de los procesos productivos y la especulación financiera.

Tanto la intensificación de los procesos productivos -con su secuela de aumento del desempleo estructural y reducción de la masa salarial- como la especulación financiera -en su condición de capital que se valoriza de manera artificial, sin pasar por el proceso productivo, generar empleo ni crear nueva riqueza social-, repercuten entre otros problemas, en: 1) la reducción, fragmentación y polarización de la clase obrera y otros sectores formalmente asalariados; 2) la creación de nuevas categorías semiproletarias -como el subempleo y la informalización-; 3) la conceptualización de la exclusión o la marginación -que ya no es solo el «ejército de reserva» del que hablara Marx, sino poblaciones enteras que jamás serán incorporadas a la relación formal entre el capital y el trabajo-, y 4) la exacerbación de otras contradicciones socio clasistas, entre ellas las de género, raza, cultura, credo o franja etárea. Sin embargo, no son solo los sectores populares los que sufren los efectos de la fragmentación y polarización social.

Como parte de la agudización del parasitismo y la descomposición característicos del sistema capitalista de producción en su fase imperialista, la tendencia histórica que obliga a la absorción o destrucción de los capitales más débiles por parte de los más fuertes, se potencia y se convierte en el factor fundamental determinante de todo el proceso de valorización del capital a escala global.

Esta contradicción insólita ya había sido anunciada por Marx al bosquejar la tendencia histórica de la acumulación capitalista: «la expropiación de los propietarios privados cobra una forma nueva. Ahora ya no se trata de expropiar al trabajador independiente, sino de expropiar al capitalista explotador de numerosos trabajadores». Con el desarrollo del imperialismo, este proceso de expropiación desplaza su centro de gravedad de la esfera de la competencia entre capitalistas que acuden en igualdad de condiciones al mercado, a la esfera de la especulación financiera, convertida en el medio más efectivo de centralización monopolista de la riqueza social, de absorción de la riqueza por parte de los capitales más concentrados en cualquiera de sus manifestaciones: trabajo vivo, trabajo pretérito, plusvalía, capital en funciones y capital ficticio.

El incremento de la autofagia de la clase capitalista es parte de un proceso de fragmentación y polarización, en virtud del cual surge y se consolida una elite dominante, oligarquía financiera especulativa transnacional, propietaria de los monopolios transnacionales más concentrados, que ejerce el control político sobre los Estados de las principales potencias imperialistas y los organismos financieros supranacionales, cuyos intereses no solamente se diferencian de los de otras clases y sectores sociales, sino de los estamentos inferiores de la propia burguesía, que se encuentran en proceso de «expulsión» de esa clase. Esta contradicción se manifiesta: 1) en la competencia intermonopolista (mediante mega fusiones o quiebras); 2) en la absorción y destrucción de empresas no monopolistas del llamado Primer Mundo y, 3) en la avalancha hacia la expropiación de los capitales del llamado Tercer Mundo, facilitada por los programas neoliberales de apertura, desregulación, privatización, reforma y reestructuración, tal como ocurre en América Latina desde finales de la década de mil novecientos setenta.

Aunque el análisis de la metamorfosis socioclasista en América Latina y la evaluación de sus consecuencias constituyen asignaturas pendientes, salta a la vista que este proceso no solo afecta a los sectores populares -como muchas veces se afirma-, sino también a las clases dominantes. Una constatación de hechos evidentes muestra que las elites latinoamericanas experimentan una polarización entre los sectores dedicados a las finanzas, los servicios y el comercio internacional -que logran convertirse en apéndices y agentes locales del capital financiero transnacional- y los sectores productivos y de servicios orientados al mercado interno, que en algunos países ya son verdaderas «especies en extinción» remanentes del desarrollismo. A ello se añade que el lugar relativamente privilegiado que ocuparon las capas medias urbanas, los profesionales y los empleados públicos durante la etapa del desarrollismo, está reservado en la actualidad para un pequeño grupo de tecnócratas, empleados de «cuello blanco» de los monopolios transnacionales. En el caso de los sectores populares, los obreros nutren las filas de los desempleados, subempleados, informales y marginados, mientras los campesinos pequeños y medios tienden a desaparecer y crece la masa de trabajadores rurales sin tierra.

En conclusión, la metamorfosis del capitalismo contemporáneo no necesariamente crea un «mejor» o «peor» escenario para las luchas populares, sino un escenario cualitativamente diferente al anterior, en el que todo ese nuevo poder, poder objetivo, real, evidente, conque cuenta el capital para afianzar su dominación, tiene como contraparte la extraordinaria agudización de sus contradicciones antagónicas e insolubles, que son también objetivas, también reales, también evidentes, pero en las que usualmente reparamos mucho menos.

Luchas de clase y otras luchas sociales


Mucho se ha especulado durante los últimos años sobre la desaparición de las clases y la emergencia de otros grupos sociales, con reivindicaciones, necesidades, intereses, objetivos y formas de lucha distintas a las de los sindicatos y partidos políticos tradicionales. Con referencias a un momento histórico que, en todo caso, no abre una etapa de auge, sino de agudización de las contradicciones del sistema capitalista, los ideólogos del capitalismo contemporáneo utilizan cifras, datos, encuestas y textos de la década de mil novecientos sesenta para «demostrar» que la afluencia de las sociedades desarrolladas provoca una disminución del interés en las cuestiones materiales y un aumento de la preocupación por «nuevas formas» de libertad individual. ¿Seguirá siendo válida esta premisa en las condiciones de disminución de los salarios, reducción de los servicios públicos y aumento del desempleo que imperan desde los años setenta? ¿Seguirá tan despreocupado por lo material el ciudadano europeo promedio? No obstante, sí es cierto que hoy existe una nueva interrelación entre las luchas estrictamente clasistas y otras luchas sociales, tales como las de género, raza, cultura, credo o franja etárea, cuyas causas objetivas y subjetivas es preciso analizar.

La posguerra fue escenario de la extensión por todos los países capitalistas desarrollados de ese producto social denominado por Marx y Engels «aristocracia obrera» -esa parte de la clase obrera «contenta con forjar ella misma las cadenas de oro con las que le arrastra a remolque la burguesía»- que, en los Estados Unidos consolidaba la fusión de la burocracia sindical de la AFL-CIO con el sector de la burguesía aglutinado en el Partido Demócrata, mientras en Europa Occidental, repercutía en un cambio en la composición socioclasista y la ideología de los partidos socialdemócratas -que ya habían abandonado sus propias plataformas programáticas para gestionar el «Estado de Bienestar» burgués-, con un decrecimiento de la composición obrera y la influencia sindical, frente al incremento de los llamados cuellos blancos y el advenimiento de una tecnocracia partidista, cuya prioridad era ampliar y consolidar sus espacios de participación en el parlamento y el gobierno.

El relativamente alto nivel de satisfacción de las necesidades materiales de una parte mayoritaria la población de las naciones imperialistas, que desplazaba al primer plano la intensificación de otras contradicciones inherentes a la sociedad burguesa, provocó que la mayoría de los movimientos de protesta que estallaron en los Estados Unidos y Europa Occidental durante la década de mil novecientos sesenta y principios de la del setenta no estuviera directamente motivado por la contradicción entre el capital y el trabajo, aunque todos ellos, sin excepción, se originaron y estuvieron condicionados por las contradicciones inherentes a un momento histórico del desarrollo de la sociedad capitalista.

El movimiento por los derechos civiles de los negros no solo despertaba la conciencia antirracista de la comunidad afro norteamericana -junto con la de otras minorías nacionales como los indios, los asiático norteamericanos y los hispanos-, sino también de muchos jóvenes estudiantes blancos de clase media, de ambos sexos, que marchaban al Sur a apoyar a los «freedom riders». El movimiento contra la guerra de Vietnam, originalmente provocado por el rechazo al servicio militar obligatorio y a las muertes de soldados norteamericanos ocurridas en ese conflicto, se transformaba en oposición al carácter imperialista de esa guerra, y en una escuela para la solidaridad con las luchas revolucionarias y de liberación nacional en el llamado Tercer Mundo. El movimiento estudiantil y el movimiento de la contra cultura, emparentados en el rechazo a la alineación provocada por el individualismo, el consumismo, la intolerancia, el cretinismo profesional y otros males inherentes al sistema capitalista, alcanzaba niveles sin precedentes de movilización. El movimiento feminista, de tan larga data como el movimiento obrero y socialista, adquiría una nueva dimensión con la incorporación de la lucha contra el sexismo y otras formas de opresión y discriminación sexual. A ellos se sumaba el entonces incipiente movimiento de defensa del medio ambiente.

Los movimientos de protesta de las décadas de los años sesenta y setenta constituyen un punto de lanzamiento -de relanzamiento en algunos casos- de los movimientos sociales y populares que orientan su actividad a la lucha en con relación a temas de género, etnia, cultura, franja etárea, preferencia sexual, medio ambiente, derechos humanos y muchos otros, cuya influencia se extiende a sectores de las capas altas y medias urbanas de América Latina. Muchos de estos movimientos dejaron sembrada la semilla del eslabón articulador entre las luchas de los sectores oprimidos, explotados y marginados dentro de los países desarrollados y las luchas en el «Tercer Mundo». La relación entre la lucha de clases y otras luchas sociales en América Latina, sin embargo, no es una mera extensión de la influencia de las luchas sociales en los Estados Unidos y Europa Occidental. Al referirse a las características de nuestra región, Carlos Vilas afirma que, la identidad del sujeto colectivo pueblo es heterogénea en sus elementos constitutivos y homogénea en su enmarcamiento en el mundo de la pobreza y en su confrontación con la explotación y la opresión -si bien las manifestaciones de esa confrontación asumen una amplia variación-. La pluralidad de elementos constitutivos obliga a referirse a las ‘clases populares’ como sujeto doblemente colectivo -por la heterogeneidad de sus ingredientes y por sus expresiones-, donde el concepto de clase abandona su referente estrecho al trabajador: 1) productivo, 2) asalariado y 3) del mercado formal, para englobar a todos quienes participan como explotados y oprimidos en las relaciones de poder -político, económico, de género, cultural, étnico...- institucionalizadas en el Estado, sus aparatos y políticas.

El autor concluye que: «de esto se deriva que el sujeto clase no debe ser visto como el pasado de un presente popular».

En síntesis, con la universalización de las relaciones capitalistas de producción, tiene lugar una diferenciación en el proletariado: los obreros de las principales potencias industrializadas que, en tanto productores de la masa fundamental de riqueza social están llamados a desempeñar un papel decisivo en la lucha anticapitalista, padecen los efectos de la extensión de la «aristocracia obrera», mientras que los obreros de los países subdesarrollados, víctimas de las condiciones más brutales de sobreexplotación, ocupan lugares menos neurálgicos para la subsistencia del capitalismo, al tiempo que forman parte de un bloque popular más heterogéneo. De manera análoga, pueden diferenciarse las motivaciones y condiciones de las luchas de los llamados nuevos sujetos o nuevos actores sociales. En el mundo desarrollado, los niveles relativamente altos de satisfacción de necesidades materiales estimularon el paso a primer plano de otras contradicciones de la sociedad burguesa, mientras que en el «Tercer Mundo» responde a la incorporación al ciclo de rotación del capital de una amplia diversidad geográfica, política, económica, étnica, cultural y religiosa y social.

Quizás no ha transcurrido suficiente tiempo histórico para determinar sí fue una ironía de la vida, o un anticipo de la agudización de contradicciones en ciernes, lo que provocó que el estallido de los movimientos de protesta en los Estados Unidos y Europa Occidental de la década de mil novecientos sesenta y principios de la de los setenta -sobre los cuales se asientan las seudo teorías sobre la obsolescencia de las luchas clasistas y el advenimiento de la era de las luchas «posmaterialistas»-, ocurriera precisamente como preámbulo de una agudización sin precedentes de los antagonismos de clase.

La penetración ideológica: el neoliberalismo y la "Tercera Vía"

La concentración transnacional de la riqueza y el poder político -con su correlato de desnacionalización y refuncionalización estatal-, la desactivación de los mecanismos de asimilación de demandas sociales, la fragmentación y polarización social y los cambios en la relación entre las luchas de clases y otras luchas sociales, pueden ser sometidos a una doble lectura: se trata de procesos con consecuencias tanto negativas como positivas. Por consiguiente, el prisma político e ideológico utilizado para evaluarlos juega el papel determinante en las conclusiones que de ellos se deriven y en las actitudes que, a partir de tales conclusiones, asuman los partidos políticos de izquierda y los movimientos populares.

Por cuanto «las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante», un primer problema es hasta qué punto la doctrina neoliberal, que ha saturado los medios de comunicación y la producción teórica mundial durante las últimas dos décadas, penetra y condiciona la óptica con que los partidos políticos de izquierda y los movimientos populares realizan sus análisis y elaboran su estrategia y su táctica, en especial, después del derrumbe de la Unión Soviética, acontecimiento que no solo provocó una crisis de credibilidad del ideal socialista, sino también creó condiciones que facilitaron al imperialismo la imposición de ese dogma a escala casi universal.

En virtud del desplome del socialismo soviético, el neoliberalismo, una doctrina concebida a finales de la Segunda Guerra Mundial con el fin de legitimar la profundización de la desigualdad económica y social causada por la destrucción europea -que había sido revivida durante la década de mil novecientos setenta para sacralizar la concentración de la riqueza y la masificación de la pobreza provocadas por la agudización de la crisis capitalista-, llegaba al extremo de «vestir ropas ajenas», al presentarse como supuesto programa de desarrollo económico. La conmoción fue brutal: aún es posible recordar cómo en el Encuentro del Partidos y Movimientos Políticos de América Latina y el Caribe, celebrado en Sao Paulo, en julio de 1990 -es decir, en lo que es hoy el Foro de Sao Paulo- algunos dirigentes políticos exponían que la izquierda tendría que dotarse de su propio neoliberalismo, «más humano» que el neoliberalismo de la derecha, es decir, sucumbían ante la tesis del «fin de la historia» y adoptaban como objetivo máximo la política de luchar por el mal menor. Como es lógico, de entre aquellas personas, quienes siguen pensando así, hace años dejaron de asistir a los Encuentros del Foro de Sao Paulo y, quienes continuaron asistiendo, también hace años se percataron del error y practicaron el exorcismo.

Después de más dos décadas de su aplicación, el neoliberalismo es una doctrina desacreditada, pero no derrotada, es decir, está desacreditada ante los pueblos, pero sigue siendo la política oficial de los monopolios transnacionales, las potencias imperialistas y los organismos supranacionales al servicio de ambos. Es posible afirmar que la ideología imperialista se encuentra en una etapa de tránsito: se trata de encontrar un paradigma «posneoliberal», un punto de equilibrio entre la concentración de la riqueza y la revitalización de algunos programas sociales compensatorios. En tal sentido, la «tercera vía» de Tony Blair y los documentos de la comisión Progreso Global -encabezada por Felipe González- constituyen variantes de la búsqueda de una alternativa que permita contener los costos políticos acumulados durante más de dos décadas de neoliberalismo y, a un tiempo, restablecer la legitimidad del esquema vigente de concentración de la riqueza y masificación de la exclusión social.

Los partidos de la socialdemocracia europea, que renunciaron a la transformación social durante la posguerra -para administrar el proyecto burgués llamado Estado de Bienestar- y que asumieron después su desmontaje -tan pronto como éste dejó de ser, tanto una necesidad del enfrentamiento ideológico al socialismo, como un esquema funcional a la reproducción del capital-, justifican ahora su convergencia con la corriente ideológica que nacieron para combatir, el liberalismo, con frases sobre la necesidad de compatibilizar los intereses sociales con individuales -algo que nadie discute-, pero con el añadido de que el capitalismo contemporáneo crea las condiciones materiales y espirituales para lograrlo, como si la concentración de la riqueza y la masificación de la pobreza, que alcanzan niveles sin precedentes, no fueran los principales obstáculos para ello.

A pesar de las diferencias puntuales existentes entre ambos, el procedimiento que utilizan Blair y González para «reubicarse» dentro del espectro político es el mismo: 1) enfatizan el carácter extremo, antisocial e inhumano, del neoliberalismo; 2) explican que, no obstante, los neoliberales tienen razón al hablar de condiciones «objetivas» que empujan hacia la reducción de las funciones sociales del Estado y la redistribución de riqueza y, 3) defienden una posición «intermedia», que promueve la comprensión y el apoyo de los ciudadanos a tales reducciones, a cambio de que no sean tan drásticas y aceleradas. Esta política, que satisface los intereses del capital con un menor costo social, le permite a la socialdemocracia moverse a la derecha en términos absolutos y mantenerse «a la izquierda» en términos relativos.

La convergencia con el neoliberalismo es el único camino disponible a la socialdemocracia europea. Tras haberlo apostado todo al «Estado de Bienestar», la bancarrota de esa construcción ideológica la coloca hoy en la picota pública. Por consiguiente, sus alternativas serían: reconocer su error histórico y reasumir la necesidad de la superación histórica del capitalismo -algo que su naturaleza jamás le permitiría- o, hacer lo que hace, es decir, pretender que no cometió una equivocación -o una traición-, sino que «fenómenos» catalogados de «sobrenaturales» cambiaron al mundo, de manera súbita y radical, por lo que ya no podrá conducir a toda la sociedad hacia la «tierra prometida», sino, cuando más, hasta la «tierra (menos mala) posible».

Partidos políticos de izquierda y movimientos sociales


La influencia de la ideología burguesa ha puesto de moda el análisis de conceptos tales como política, Estado, democracia, partido o sindicato, de manera que cada cual pueda amarlos u odiarlos de acuerdo a su preferencia. De tal maniqueísmo se deriva que «la política» está o no «en crisis»; el Estado es Dios o demonio; la democracia es un ordenamiento jurídico por encima de los seres humanos; el partido es el problema o la solución o que el sindicato es amigo o enemigo. Con frecuencia se pasa por alto que hay políticas imperialistas y antimperialistas; Estados capitalistas y socialistas; «democracias» neoliberales y populares; partidos de derecha y izquierda y, sindicatos oficialistas y clasistas. No se trata, por tanto, de hacer cualquier política, participar de cualquier Estado, regocijarse con cualquier democracia, militar en cualquier partido o afiliarse a cualquier sindicato. Tampoco se trata de promover la unidad de cualquier partido con cualquier movimiento social, ni de cualquier movimiento social con cualquier partido.

La concentración transnacional de la riqueza y el poder político, la desactivación de los mecanismos de asimilación de demandas sociales y la fragmentación y polarización social, incapacitan al Estado burgués para cumplir dos funciones básicas para el afianzamiento de la dominación y subordinación clasista: la redistribución permanente de cuotas de poder político y económico dentro de las burguesías nacionales, y la cooptación de una parte de los grupos socio clasistas subordinados, destinada a facilitar la marginación y represión del resto.

La incapacidad del Estado burgués para cumplir funciones básicas de la dominación y subordinación socio clasista provoca la agudización de la crisis política, económica, social y moral del sistema capitalista de producción a escala global y, con mayor intensidad, en regiones del llamado Tercer Mundo como América Latina. Se trata de la creación de condiciones objetivas para la transformación revolucionaria de la sociedad, que desbordan el nivel actual de conciencia, organización, movilización y lucha política de la izquierda. Ello conduce a que toda esa energía popular transformadora desemboque, por el momento, en estallidos sociales sin conducción ni orientación política, cuyo desenlace, por lo general, es un reciclaje del propio sistema de dominación neoliberal.

Lo que impide la unidad del bloque popular, organizado en una tupida y sólida red de partidos de izquierda y movimientos sociales, tanto a escala nacional, regional como universal, capaz de realizar la transformación revolucionaria de la sociedad, es el pernicioso efecto de la penetración de la ideología imperialista en sus variantes edulcoradas de la «tercera vía», tanto en los partidos políticos de izquierda como en los movimientos sociales. Esta es la causa del rechazo de los sectores más radicalizados del movimiento popular a las corrientes políticas de la izquierda «posibilista», y viceversa. Esta es también la causa del temor de los partidos socialdemócratas europeos a que los «movimientos sociales» se relacionen y «contaminen» con los partidos políticos de izquierda.



(*)* Roberto Regalado Alvarez es miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Publicado en Cuba Socialista, revista internacional de teoría y política. Editada por el Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

· Las ideas y conceptos expuestos en este ensayo sobre las transformaciones que ocurren en el sistema capitalista de producción son el resultado de un trabajo de investigación realizado por un colectivo de autores cubanos. Ver: Transnacionalización y desnacionalización: ensayos sobre el capitalismo contemporáneo. Rafael Cervantes Martínez, Felipe Gil Chamizo, Roberto Regalado Álvarez y Rubén Zardoya Loureda, Tribuna Latinoamericana, Buenos Aires, 2000.



NOTAS

1.- « El manifiesto del Partido Comunista. Obras escogidas en tres tomos. Editorial progreso, Moscú, 1972, t. 1, p. 115.

2.- «Mediante la explotación del Mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino las venidas de las mas lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no solo se consumen en el propio país, sino en todas partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento y la amargura de las regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material como a la producción intelectual. La producción intelectual de unas nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se toma una literatura universal. Ibíd. , p. 114

3.- Vladimir Ilich Lenin. «Prefacio al folleto de Bujarin: La economía mundial y el imperialismo». En Obras completas, t. 27, p. 103.

4.- Ver: Trasnacionalización y desnacionalización: ensayos sobre el capitalismo contemporáneo. Ob. cit., pp. 220-221

5.- Holly Sklar, “ Trilaterlism: managing dependence and democracy an overview”, en Holly Sklar (editor) Trilateralism: The Trilateral Commission and Elite Planning for World Management, South End Press, Boston, 1980, p. 38.

6.- Samuel Huntington, citado por Hully Sklar, Ibíd.