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¿Qué es la democracia?


Arthur Rosenberg reflexionesdelpaseante.blogspot.com

Selección de Alexandre Carrodeguas

Babeuf, el primer político conscientemente socialista de la gran revolución, expuso su programa en una importante carta a su amigo Bodson escrita a principios de 1796. En esta carta Babeuf se declara absolutamente seguidor de Robespierre. Es más, se propone la tarea de resucitar a Robespierre.

“Resucita a Robespierre: significa resucitar a todos los enérgicos patriotas de la república y junto con ellos al pueblo […] El robespierrismo vive en toda la república, vive en la clase entera de los hombres capaces de juzgar y pensar con claridad y naturalmente en el pueblo. La razón es simple: el robespierrismo es la democracia, y estas dos palabras son absolutamente idénticas. Si se resucita al robespierrismo, se puede estar seguro de resucitar la democracia.”

Si en la actualidad se preguntara a un político medio o tan sólo a un hombre culto quién considera que es la personificación histórica de la democracia, sería totalmente improbable que respondiera: “Robespierre”. El hombre del terror, el jefe de la sangrienta dictadura de 1793, no es ciertamente un demócrata para la generación de nuestro tiempo. Pero para Babeuf, el sistema de Robespierre y la democracia son absolutamente la misma cosa. Este pasaje de la carta dice también algo más. Nos revela que en 1796, Babeuf consideraba democracia no solo a Robespierre sino a sí mismo. En ese período, Babeuf preparaba la violenta insurrección del pueblo francés pobre para derrocar el corrupto gobierno capitalista del Directorio y para edificar en su lugar un nuevo orden estatal basado en el principio de la propiedad común. Para Babeuf y su tiempo, estos esfuerzos son democráticos.

Medio siglo más tarde, Marx y Engels publicaban el Manifiesto Comunista. En este documento no pretendían formular una construcción docta, sino expresarse de modo que todos los obreros los entendieran. En el Manifiesto comunista de 1848 se dice: “como ya hemos visto arriba, el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital.”

Para los autores del Manifiesto comunista, pues, “la elevación del proletariado a clase dominante” coincide con la conquista de la democracia. Marx y Engels podían escribir esto en ese entonces sin temor de provocar entre las masas equívocos o confusiones. La democracia es la conquista del poder político por parte del proletariado. Esto lo hubiera podido suscribir Babeuf sin ninguna vacilación.

Con todo, alrededor de 1848, la democracia y el socialismo no coincidían completamente para Marx y Engels. El proletariado puede ejercer ciertamente el poder político en el Estado; pero esto no basta todavía para poner en práctica la comunidad de bienes correspondiente. No obstante esto, para la generación de 1848 la democracia y el socialismo, eran fuertemente afines. En octubre de 1847, Engels escribía en un artículo aparecido en la Deutsche Brusseler Zeitung:

“Los comunistas, lejos de provocar, en las actuales circunstancias, inútiles encuentros con los demócratas, se comportan como demócratas en todas las cuestiones prácticas del partido. La democracia tiene como consecuencia necesaria en todos los países avanzados el poder político del proletariado, y el poder político del proletariado es la primera condición previa de toda iniciativa comunista. Mientras no se haya conquistado la democracia, los comunistas y los demócratas combatirán codo a codo, los intereses de los demócratas serán los de los comunistas. Hasta este momento, las diferencias de los dos partidos tienen una naturaleza teórica y pueden discutirse perfectamente en forma teórica, sin que la acción común se vea perjudicada de alguna manera. Puede haber acuerdo también en algunas iniciativas que deberán emprenderse sin ninguna demora para la consecución de la democracia en beneficio de las clases oprimidas, tales como la gestión por parte del estado de la gran industria, de los ferrocarriles, de lea educación de los niños por cuenta del estado, etcétera”

Más adelante se verá con mayor exactitud todavía la diferencia entre democracia y comunismo, tal como la veían los revolucionarios de 1848. Por ahora nos basta poner de relieve la estrecha afinidad y comunidad de intereses que las dos tendencias presentaban ante el gran público en 1847. La Deutsche Brusseler Zeitung no pretendían tampoco, por otra parte, dar una lección de derecho público, sino solamente usar, y discutir los conceptos políticos que estaban en boca de todos. Compárese ahora la relación entre democracia y socialismo propia de la generación actual. En Alemania, después de la revolución de noviembre de 1918 surgió un “partido democrático”. Era el partido de los republicanos burgueses, al cual pertenecía entre otros el gran industrial y más tarde ministro Rathenau. El partido democrático alemán no tenía nada en común con los comunistas, y se consideró siempre como enemigo mortal del partido comunista alemán. En eses mismo período, el presidente Wilson, que también se consideraba un buen demócrata era, en Estados Unidos, el más encarnizado opositor de toda aspiración comunistas en el interior de la clase obrera.

Escuchemos ahora una voz del sector de los opositores de la revolución de 1848-1849. En noviembre de 1849, el diputado conservador von Bismark declaraba en la Dieta prusiana:

“Aspiran a la propiedad de la tierra no solo los que tienen temporalmente el usufructo de la misma, sino también los que no la tienen. Durante todo el pasado año las promesas de los demócratas agitaron a la numerosa clase de los jornaleros de las provincias orientales, de Pomerania y de Prusia, para formular esas exigencias. Las promesas de la posesión de la tierra hicieron posible, en las provincias que permanecían fieles, las elecciones, por ejemplo, del diputado Bucher y de sus amigos […]. Es un hecho deplorable que aumente la envidia de los jornaleros contra los campesinos poseedores, al ver que los frutos de la revolución son cosechados únicamente por los que gozan de una posición desahogada, sin ninguna ventaja para ellos. Las exigencias de los jornaleros no se limitan, de hecho, a que se les concedan los terrenos, cuyo uso constituye una parte de su salario, ya que ninguno vive solo de eso. Van más allá: pretenden la completa repartición no solo de los feudos sino también de las haciendas.”

El diputado von Bismark no quería tampoco, en ese momento, anunciar desde la tribuna de la Dieta prusiana ningún descubrimiento de derecho político. Utilizaba las expresiones políticas que todo el mundo comprendía. Para el Junker prusiano, los demócratas eran los hombres de la revolución agraria, los agitadores, rojos, que alborotaban a los trabajadores de la tierra para que se dividiera no solo la propiedad feudal sino también las propiedades más grandes. Para el Junker von Bismark, el diputado Lothar Bucher era un ejemplo típico de rebelde agrario. La historia dispuso más tarde que el Junker von Bismark se convirtiera en el canciller del Reich, en el conde Bismark y el comunista Bucher, en el consejero real de Prusia y en el colaborador más fiel y valioso de Bismark.

Una generación más tarde, Friedrich Engels escribiría en una carta de diciembre de 1884:

“En cuanto a la democracia pura y a su función en el futuro, soy de la opinión de que desempeña una función muchísima más secundaria en Alemania que en países de desarrollo industrial más antiguo. Pero esto no impide la posibilidad de que, cuando llegue el momento de la revolución. Adquiera una importancia pasajera en cuanto al más avanzado de los partidos burgueses como pretendió hacerlo en Francfort (en el partido alemán de Francfort de 1848-1849) y en cuanto última table de salvación de la economía totalmente burguesa e incluso feudal. En momentos como éste, toda la masa reaccionaria se aferra a ella y la refuerza. Todo lo que era reaccionario pasa ahora por democrático […]. En todo caso, nuestro único adversario el día de la crisis y el siguiente, será toda la reacción agrupada alrededor de la democracia pura y creo que no debe perderse de vista eso.”

Es importante que Engels no hable aquí de la “democracia” sino siga refiriéndose a la democracia “pura”. Considera evidentemente un estado burgués en el que rige ciertamente el sufragio universal, pero en la que no se ha tocado la propiedad privada. Se podría decir que ya en 1847 Engels había señalado la diferencia entre democracia y comunismo. Sin embargo, es evidente el cambio en el concepto político desde la época del artículo publicado en la revista de Bruselas hasta la carta de 1884. Para expresarlo en una forma muy sencilla: en 1847 los trabajadores socialistas y la democracia estaban del mismo lado de la barricada; en cambio en 1884, ya no. El Engels de 1884 ya no escribiría que la democracia, aun la no comunista, coincide con el poder político del proletariado. Ahora considera la posibilidad de que la democracia pueda ser baluarte de defensa desde la cual todas las corrientes de la burguesía e incluso del feudalismo impiden juntas el poder político del proletariado.

En los años ochenta, Engels se ocupó profundamente, como lo indican sus cartas, del problema de si – en caso de que se diera un proceso revolucionario en Alemania- era posible, después de la caída de la monarquía feudal y militar de los Hohoenzollern, construir directamente un estado socialista o si se llegaría antes del gobierno del estado una democracia pura, es decir, una republica burguesa capitalista. Engels, creyó que la decisión estaba en manos del ejército prusiano. Los socialistas debían tratar de conquistar al proletariado del campo con la consigna de la expropiación de las grandes propiedades y de sus transferencia a cooperativas de trabajadores de la tierra. Los reclutas de los regimientos prusianos de la guardia provenían del este del Elba. Con la consigna de una expropiación de la gran propiedad, se podían poner en crisis los regimientos en los que se apoyaban el prusianismo y el dominio de la casa Hohenzollern, en cuyo caso se podría evitar, en Alemania, la etapa intermedia de la democracia pura. Es sumamente significativo que la propuesta “expropiación de la gran propiedad y transferencia de la tierra a los peones rurales” tuviera en 1848 un valor típicamente democrático, y en cambio, la consigna debía servir ahora para evitar la “democracia pura” en Alemania.

En la guerra mundial las potencias aliada, sobre todo los Estados Unidos y el presidente Wilson aseguraban que combatían por la victoria de la democracia. Ya para entonces se acostumbraba considerar como estado democrático un estado burgués, regido con el método del sufragio universal. Se utilizaba como táctica democrática el camino de la reforma que debía alcanzarse en forma pacífica mediante la persuasión de la mayoría del pueblo, contra toda tentativa de violencia revolucionaria. Como es sabido también, después de 1918 los elementos radicales y activistas, insatisfechos con las condiciones existentes, empezaron a despreciar la democracia en todos los países. Baste recordar la propaganda bolchevique y fascista contra la democracia.

En 1923, se llegó, en Hamburgo, a una insurrección de los obreros comunistas contra el orden estatal vigente, la república democrático-burguesa. Más tarde fue sometido a juicio el secretario del partido comunista Urbhans bajo la acusación de haber provocado la insurrección. Éste se defendió con un discurso eficaz que terminó con las palabras: “Las masas dirán: es mejor arde en el fuego de la revolución que reventar en el estercolero de la democracia”.

¡Qué cambio en la evaluación de la democracia desde Babeuf hasta Urbhans! Se esgrimía en ese entonces el supuesto evidente de que una revolución violenta era un hecho democrático, sin importar el derramamiento de sangre y el terror que entrañara. En la actualidad, existe el desprecio profundo, el odio del socialista radical contra la democracia, que se le presenta como encarnación de la condición capitalista con todos sus defectos. En el transcurso de los últimos ciento cincuenta años, el concepto de democracia cambió profundamente y es preciso señalar el viraje ocurrido en el período comprendido entre 1850 y 1880.

Nuestra investigación se propone aclarar la relación entre democracia y marxismo. Existen muchas definiciones contradictorias de marxismo. Para los fines de este libro adoptamos la más simple e irrefutable: la teoría y la práctica política de Marx y Engels mismos. Éstos empezaron su actividad alrededor de 1845. Engels murió doce años después de Marx, en 1895. El problema consiste, entonces, en la relación entre democracia y marxismo durante los cincuenta años comprendidos entre 1845 y 1895.

Como se verá en forma detallada más adelante, la política obrera de Marx y Engels constituyó un enfrentamiento incesante con la democracia. Los movimientos democráticos proporcionaron siempre los fundamentos sobre los que Marx y Engels debían construir su política; por otra parte, Marx y Engels trataban constantemente de influir en los partidos y en las tendencias democráticas y de transformarlas de acuerdo a su orientación. Sería necesario, por esta razón, hacer una rápida descripción del movimiento democrático de 1845 a 1895 y en consecuencia comprobar que relación guarda el marxismo con cada una de las fases de la democracia. En el siglo pasado Francia fue el campo más importante de la lucha de clases en Europa. Marx esperaba constantemente de Francia el impulso inicial para los cambios decisivos. Por lo mismo seguiremos, de acuerdo con la concepción de Marx, de una manera más amplia la historia de las luchas de clase francesas durante estos cincuenta años.