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A propósito de las “Reflexiones” de Fidel


x Miguel Urbano Rodrigues La Haine

Mi admiración por Fidel Castro se remonta al inicio de los años 50, cuando a Portugal llegaron ecos del asalto al Cuartel Moncada.

Yo era un joven periodista sin formación política. En esa época el culto a los héroes era inseparable de mi visión sobre la Historia. Aquel mozo cubano que en una loca aventura desafiara el poder de una dictadura corrupta tomo lugar naturalmente en mi panteón de héroes Carlilianos

Transcurridos cuatro años, cuando, iniciada la epopeya de la Sierra Maestra, el nombre de Fidel volvió a los titulares de la prensa internacional, mi admiración por el guerrillero barbudo que se proponía destruir el ejército de Batista y esbozaba desde la Sierra los contornos de una revolución humanista se amplió mucho. ¿Cuál será el desenlace de este desafío? –me preguntaba.

Solamente años después gano fuerza la certeza de que el gran desafío no terminó con la entrada en La Habana del Ejército Rebelde. La Revolución Cubana, acosada por el imperialismo, avanzo torrencialmente rumbo al socialismo, asumiendo las proporciones de un terremoto social y político que dejaría marcas profundas en América Latina.

La ola romántico-guerrillera de los años 60 fue derrotada en América latina. Más la herencia de la Revolución Cubana fortaleció la conciencia antimperialista de sucesivas generaciones de latinoamericanos. Sin el ejemplo de la resistencia cubana no habrían sido posibles las conquistas de los gobiernos progresistas de Torres en Bolivia y de Velasco Alvarado en Perú y, diez años después, la victoria de la Revolución Sandinista en Nicaragua, y el combate librado en El Salvador por el Frente Farabundo Marti de Liberación Nacional. Aunque menos perceptibles, las lecciones de la saga cubana son también identificables en las luchas sociales que, en contextos muy diferentes, llevaron a la Presidencia de Venezuela, de Brasil, de Uruguay, de Bolivia, de Ecuador, de Paraguay a presidentes con programas iniciales moderadamente antimperialistas y antineoliberales.

La presencia cubana en la lucha de los movimientos de liberación africanos no fue solamente importante. Asumió en algunos casos un papel decisivo. Sin la ayuda cubana, Angola habría sucumbido. Nelson Mandela reconoció además la gran contribución de Cuba para la independencia de Namibia y el fin del apartheid en África del Sur.

Cuando Fidel enfermó, escribí en Agosto del 2006 un artículo en que lo definí como el Aquiles Comunista por identificar en su persona el coraje del héroe Aquileo en el desafío a lo imposible. Recordé entonces que Fidel, al hablar en La Habana en 1960 en un Congreso de los Trabajadores Cubanos, subrayara la peligrosidad de que un hombre dispusiese de tanta autoridad como la concentrada en su persona. No podía entonces imaginar que, por circunstancias de la historia independientes de su voluntad, tal situación iría a mantenerse durante décadas.

El ejerció además un inmenso poder como comunista sin ambición que partía de lo nacional a lo universal en un combate en que la defensa de la pequeña Cuba se insertó en una batalla mayor por la transformación revolucionaria de la humanidad.

En la segunda mitad del Siglo XX no hubo tal vez otro dirigente del Tercer Mundo que por la palabra y por la acción haya desempeñado un papel tan importante en el rumbo de los acontecimientos que marcaron el proceso de descolonización y en las luchas contra el imperialismo de pueblos por este oprimidos y agredidos.
Residí en Cuba durante casi ocho años, precisamente después del fin de la Unión Soviética. Formé allí la convicción de que fue en esa época que Fidel, en un proceso de ascenso, superó como estratega y estadista todo lo que hasta entonces realizara en defensa de la Revolución. La sobrevivencia de la Revolución Socialista, bloqueada y afectada por una guerra no declarada, en un mundo en que de Washington a Paris se festejaba (prematuramente) el fin del socialismo me trajo entonces a la memoria las epopeyas de los antiguos griegos, cantadas por Homero y Xenofonte.

Sin petróleo, sin acceso al crédito internacional, Cuba, cuyo comercio exterior dependía en más del 85% de la ex-URSS y de los países del Este Europeo, fue forzada a integrarse gradualmente en un mercado capitalista cuyos dirigentes no escondían el deseo de destruir a su régimen.

Por haber tenido la oportunidad de vivir en el día a día el llamado Periodo Especial y las semanas de la crisis de los balseros sé que la sobrevivencia de la Revolución fue forjada en sufrimiento, coraje y privaciones que difícilmente otro pueblo habría soportado sin capitular. Más Cuba sobrevivió.

Fidel, lucido, advirtió insistentemente a su pueblo de que esa sobrevivencia era inseparable de la introducción de mecanismos del capitalismo que irían a contaminar a franjas del tejido social. Y eso ocurrió. Amenazada por el enemigo externo, la Revolución tuvo que encontrar fuerzas e imaginación para defenderse del peligro interno. Este no resultaba de una oposición caricaturizada, si no de la propia dinámica de mudanza social en un contexto en que el Estado y el Partido demostraron dificultad en encontrar respuestas adecuadas para los nuevos desafíos.


La enfermedad del Héroe


Era inevitable que la enfermedad de Fidel provocase una sensación que va de la angustia a la alarma, no solo en su pueblo sino en millones de revolucionarios de todo el mundo, solidarios con la Revolución Cubana.

Los héroes son mortales, como todos los humanos, pero aquellos que en Cuba –la mayoría del pueblo- se habituaron durante muchos años a esperar de Fidel las decisiones que permitieron al barco de la Revolución navegar con seguridad en aguas tempestuosas, sintieron algo semejante a una orfandad anunciada cuando se dieron cuenta de que él no podria retomar el timón.

Raúl asumió con lucidez y firmeza la Presidencia del Consejo de Estado, o sea el gobierno del país. Eso aconteció en un momento en que, en la fidelidad a la opción socialista, el propio Fidel, antes de enfermar, afirmara la necesidad de medidas de combate a la burocratización y de ruptura con la tendencia para el inmovilismo.

No cabe en este articulo apreciar lo que Raúl (y el equipo dirigente) hizo o no hizo desde la separación, primero temporal y después definitiva, del hermano. Intelectuales amigos de Cuba han, bajo perspectivas diferentes, escrito mucho sobre la nueva situación existente en la Isla, tal como la ven, en el campo de la economía, de la cultura, de las relaciones sociales.

Revisité Cuba en Noviembre del 2007. Decidí no escribir sobre lo que vi y escuche en conversaciones con camaradas.

Abro hoy una excepción. La admiración y el respeto que Fidel me inspira como revolucionario y personaje histórico me imponen el deber de escribir, como comunista, este texto motivado por los últimos acontecimientos en Cuba. No para comentar la Nota Oficial del Consejo de Estado que desencadenó una lluvia de especulaciones, si no apenas para abordar una cuestión, que me parece esencial, pero ignorada por los exegetas del proceso cubano.

Me refiero a las consecuencias de la situación de ambigüedad resultante de que Fidel, habiendo renunciado por incapacidad física, a la jefatura del Estado, permanece como Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Esa función le confiere toda la legitimidad para pronunciarse sobre cualquier tema que le parezca merecedor de su atención, como máximo responsable de un Partido que se sitúa encima del gobierno como responsable del rumbo de la Revolución.

Y Fidel ha ejercido ese derecho en la columna de “Reflexiones” que Granma, el órgano central del Partido publica con alguna regularidad y esos textos son reproducidos en decenas de medios extranjeros, algunos adversarios de la Revolución.

Más de una vez, esas “Reflexiones” de Fidel sobre cuestiones internas e internacionales suscitaron polémica y sobre todo especulaciones mal intencionadas.

Sus comentarios a la Nota Oficial del Consejo de Estado publicada por Granma, el día 3 de Marzo, llamaron de modo especial la atención de camaradas y enemigos, tornándose tema de titulares, por iluminar la ambigüedad antes referida.

En la Nota las informaciones sobre la separación de Carlos Lage y de Felipe Pérez Roque de los Ministerios que dirigían no era acompañada de crítica alguna. El primero mantenía su posición en el Consejo de Estado como Vicepresidente y el segundo permanecía como miembro del Comité Central.

Fidel en la columna que dedicó al asunto no se limitó a elogiar las decisiones tomadas. Dirigió duras críticas a ambos, sin nombrarlos explícitamente, calificándolos de indignos. La gritería asumió gran amplitud. Una ola de especulaciones recorrió el mundo.

La reacción de Lage y Pérez Roque fue inmediata. En cartas publicadas por el “Granma”, muy parecidas, reconocían y lamentaban errores cometidos, informaron que renunciaban a todas las funciones que desempeñaban en el Estado y a la condición de miembros del Comité Central y expresaban su admiración por Fidel y Raúl.

Fidel desautorizó el Consejo de Estado, aunque no fue esa su intencion.

Me abstengo de criticar su gesto. Pero la ambigüedad de la situación creada por su permanencia en el cargo de Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba que, por su condición física, no puede ejercer plenamente, crea constreñimientos en el Estado y en el Partido y está a ser utilizada por los enemigos de Cuba para denigrar la imagen del revolucionario comunista que marco la Historia del Siglo XX.

En estos días, recordando la trayectoria luminosa de Fidel pienso en Álvaro Cunhal, Volodia Teitelboim y Harilaos Florakis, ellos también grandes revolucionarios que, al separarse de las responsabilidades que tenían como dirigentes de sus partidos, no fueron confrontados por la historia con problemas como aquel que vuelve a colocar a Cuba en el centro de atención mundial.

Fidel repitió insistentemente a lo largo de su vida que el deber de todo revolucionario es hacer la revolución. Él la siente y ve como infinito absoluto. Nadie ha contribuido tan positivamente como él a romper en América Latina la sumisión al imperialismo encarada como fatalidad, nadie consiguió con tanto éxito contrariar la lógica aparente de la Historia. Y tal vez también ningún otro revolucionario haya, en su intervención como estadista, revelado una conciencia tan permanente de que, por más sabio que sea, ningún dirigente puede sobreponerse al colectivo como sujeto transformador de la Historia.

Me interrogo si el Partido no habrá en los últimos meses contribuido por su omisión para el crecimiento de la ambigüedad de la posición actual de Fidel que no favorece el prestigio de la Revolución Cubana.

Creo que en su cuarto de enfermo, Fidel medita sobre el tema.

Vila Nova de Gaia, 13 de Marzo de 2009

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