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La reunión de la cúpula del G-20 y las grandes ilusiones


Boaventura de Sousa Santos Carta Maior

Traducido por Antoni Jesús Aguiló

Todo se hizo para que los ciudadanos del mundo se sintiesen aliviados y confortados con los resultados de la cúpula del G-20 que acaba de celebrarse en Londres. Las sonrisas y los abrazos coparon los noticiarios, el dinero asomó más de lo previsto, no hubo conflictos —del tipo de los que hubo en la Conferencia de Londres de 1933, en igual tiempo de crisis, cuando Roosevelt abandonó la reunión en señal de protesta contra los banqueros— y, como si no hubiese un mejor indicador del éxito, los índices de las bolsas de valores, comenzando por el de Wall Street, se dispararon en un estado de euforia. Fue todo muy eficaz. Mientras una reunión anterior, con objetivos similares, duró más de 20 días —Bretton Woods, en 1944, de donde salió la arquitectura financiera de los últimos 50 años—, la reunión de Londres duró tan sólo un día.

¿Podemos confiar en lo que leemos, vemos u oímos? No. Por varias razones. Cualquier ciudadano, con las simples luces que aportan la vida y la experiencia, sabe que, a excepción de las vacunas, ninguna sustancia peligrosa puede curar los males que causa. Ahora bien, detrás de la retórica, lo que se decidió en Londres fue garantizar al capital financiero poder continuar actuando tal y como lo ha hecho en los últimos treinta años, después de liberarse de los controles estrictos a los que antes estaba sujeto. O sea, acumular lucros fabulosos en las épocas de prosperidad y contar, en las épocas de crisis, con la «generosidad» de los contribuyentes, de los desempleados, de los pensionistas robados y las familias sin casa, garantizada por el Estado de su Bienestar. Aquí reside la euforia de Wall Street. Nada de esto resulta sorprendente si tenemos en cuenta que los verdaderos artífices de las soluciones —los dos principales asesores económicos de Obama, Timothy Geithner y Larry Summers—, son hombres de Wall Street y que ésta, a lo largo de las últimas décadas, financió a la clase política norteamericana a cambio de la sustitución de la regulación estatal por la autorregulación. Hay quien incluso habla de un golpe de Estado por parte Wall Street sobre Washington, cuya verdadera dimensión y estrago se revelan ahora.

El contraste entre los objetivos de la reunión de Bretton Woods, donde participaron no sólo 20, sino 44 países, y la de Londres explica la vertiginosa rapidez de la última. En la primera, el objetivo fue el de resolver las crisis económicas arrastradas desde 1929 y crear una arquitectura financiera robusta, con sistemas de seguridad y alerta, que permitieran prosperar al capitalismo en medio de una fuerte contestación social, la mayor parte de orientación socialista. En Londres, al contrario, lo que tenemos es pura cosmética, reciclaje institucional, sin otro objetivo que el de mantener el actual modelo de concentración de la riqueza, sin ningún temor a la protesta social —por asumir que los ciudadanos están resignados ante la supuesta falta de alternativa— y un retroceso con relación a las preocupaciones ambientales, que volvieron a su estatuto de lujo para ser desempolvadas en tiempo mejores.

Las instituciones de Bretton Woods (el FMI y el Banco Mundial, en especial) hace mucho que fueron desvirtuadas. Sus responsabilidades en las crisis financieras de los últimos 20 años —México, Asia, Rusia, Brasil— y en el sufrimiento humano causado a vastas poblaciones por medio de medidas posteriormente reconocidas como erróneas —como por ejemplo, la destrucción, de un día para otro, de la industria del cajuil de Mozambique, dejando a millares de familias sin subsistencia—, llevaron a pensar que podríamos estar ante un nuevo comienzo, con nuevas instituciones o profundas reformas de las ya existentes. Sin embargo, nada de esto ocurrió. El FMI salió reforzado en sus medios, Europa continuará detentando el 32% de los votos y los Estados Unidos el 16,8%. ¿Cómo es posible imaginar que los errores no se van a repetir?

La reunión del G-20, por tanto, va a ser recordada por lo que no quiso ver o afrontar: la creciente presión para que la moneda internacional de reserva deje de ser el dólar; el creciente proteccionismo como prueba de que ni los países que participaron en la reunión confían en lo que se decidió —el Banco Mundial identificó 73 medidas de proteccionismo tomadas recientemente por 17 de los 20 países participantes—; el fortalecimiento de las integraciones regionales Sur–Sur, en América Latina, África y Asia, y entre América Latina y el mundo árabe; la restitución de la protección social —los derechos sociales y económicos de los trabajadores— como factor insubstituible de la cohesión social; la aspiración de millones de personas para que las cuestiones ambientales sean finalmente colocadas en el centro del modelo de desarrollo; la ocasión perdida para terminar con el secreto bancario y los paraísos fiscales, dos medidas esenciales para transformar la banca en un servicio público a disposición de empresarios productivos y consumidores conscientes.

Fuente: http://www.cartamaior.com.br/templates/materiaMostrar.cfm?materia_id=15923

Boaventura de Sousa Santos es sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra (Portugal).

Antoni Jesús Aguiló es miembro de Rebelión y Tlaxcala. Esta traducción se puede reproducir libremente, a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.