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Depresión mundial: Guerras regionales y declive del imperio de EEUU



x James Petras - La Haine

Introducción

Todos los ídolos del capitalismo de los tres últimos decenios se han venido abajo. Los dogmas y lugares comunes, los paradigmas y los diagnósticos de progreso indefinido bajo el capitalismo liberal de mercado libre no han resistido la prueba de la realidad. Estamos viviendo el fin de una época y los expertos de todo el mundo atestiguan el hundimiento del sistema financiero de EEUU y del mundo entero, la falta de crédito al comercio y la falta de financiación de la inversión. Se está perfilando una depresión mundial en la que el paro se cierne sobre la cuarta parte de la fuerza laboral mundial. El mayor descenso del comercio en la historia reciente –bajada del 40% anual– define el futuro. Las quiebras inminentes de las empresas fabricantes más grandes del mundo capitalista atormentan a los líderes políticos occidentales. Se han desacreditado el mercado como mecanismo de asignación de recursos y el gobierno de EEUU como líder de la economía global. (Financial Times, 9 de marzo de 2009); y todas las suposiciones sobre la “autoestabilización” de los mercados son claramente falsas y obsoletas.

El rechazo a la intervención pública en el mercado y la defensa de la economía de la oferta se han desacreditado hasta para sus incondicionales. Incluso los círculos oficiales reconocen que la desigualdad de las rentas ha contribuido a la quiebra económica y debe corregirse. La planificación, la propiedad pública y las nacionalizaciones están en el orden del día, mientras que las alternativas socialistas han llegado a ser casi respetables.

Con el inicio de la depresión se han abandonado todos los mantras del último decenio. A medida que fallan las estrategias de crecimiento basadas en las exportaciones, resurgen las políticas de sustitución de importaciones. A medida que la economía mundial se desglobaliza y se repatrían los capitales para salvar las casas matrices casi arruinadas, se propone la propiedad pública. A medida que miles de millones de dólares-euros-yenes en activos se destruyen y devalúan, los despidos masivos extienden el desempleo por todas partes. El miedo, la ansiedad y la incertidumbre acechan a los ministerios del Estado, las instancias directivas financieras, las oficinas centrales, las fábricas y las calles.

Entramos en una época de agitación, en la que se fracturan profundamente los fundamentos del orden político y económico mundial, hasta el punto de que nadie puede imaginarse una restauración del orden político-económico del pasado reciente. El futuro promete caos económico, agitación política y empobrecimiento de las masas. De nuevo, el espectro del socialismo se cierne sobre las ruinas de los anteriores gigantes de las finanzas. A medida que se hunde el capitalismo de libre mercado, sus defensores ideológicos abandonan el barco y los antiguos estribillos sobre la bondad del mercado, y proponen un nuevo eslogan: el Estado como salvador del sistema, una propuesta incierta cuyo único resultado será prolongar el pillaje del tesoro público y posponer la agonía del capitalismo tal como lo hemos conocido.

Teoría de la crisis del capital: la desaparición del experto económico

Las fallidas políticas económicas de los líderes de la política y la economía se basan en el funcionamiento del capitalismo de mercado. Para evitar una crítica del sistema capitalista, los tratadistas echan la culpa a los líderes y a los expertos financieros por su incompetencia, su avaricia y sus defectos individuales.

La charlatanería ha sustituido al análisis razonado de las estructuras, las fuerzas materiales y la realidad objetiva que impulsan, motivan y ofrecen incentivos a los inversores, los responsables políticos y los banqueros. Cuando las economías capitalistas se derrumban, los dioses enloquecen a los políticos y los articulistas, los priva de la capacidad de razonar sobre los procesos objetivos y los envía a las tinieblas de la especulación subjetiva.

En vez de examinar las estructuras de oportunidad creadas por el enorme excedente de capital y los márgenes de beneficio realmente existentes, que impulsan a los capitalistas a la actividad financiera, nos dicen que ha sido un “fracaso de liderazgo”. En vez de examinar el poder y la influencia de la clase capitalista sobre el Estado, en especial en la selección de unos responsables políticos y unos reguladores económicos que permitan maximizar sus beneficios, nos dicen que ha habido una “falta de comprensión” o una “ignorancia intencionada de lo que requieren los mercados.” En vez de analizar concretamente las clases y relaciones sociales reales –en particular las clases capitalistas históricas que actúan en los mercados reales– los charlatanes postulan un mercado abstracto poblado por capitalistas imaginarios (racionales). En vez de examinar cómo el aumento de los beneficios, los mercados en expansión, el crédito barato, el trabajador sometido y el control sobre las políticas y los presupuestos del Estado crean la confianza de los inversores –y cómo su ausencia destruye esta confianza–, los charlatanes afirman que la pérdida de confianza es la causa del derrumbe económico. El problema objetivo de la pérdida de las condiciones específicas para la producción de beneficios, que conduce a la crisis, se convierte en una opinión sobre esta pérdida.

La fe, la esperanza y la confianza en las economías capitalistas proceden de unas relaciones y unas estructuras económicas que producen beneficios. Estos estados psicológicos provienen de resultados exitosos, es decir, de las transacciones, las inversiones, el aumento de valor de las acciones y la multiplicación de beneficios presentes y futuros. Cuando las inversiones fracasan, las empresas pierden dinero y quiebran, y los perjudicados dejan de confiar en los propietarios y sus agentes; cuando sectores económicos enteros perjudican seriamente a toda la clase de inversores, depositarios y prestatarios, se produce una pérdida de confianza en el sistema.

La charlatanería es el último recurso de los ideólogos, académicos, expertos y editorialistas financieros capitalistas. Poco dispuestos enfrentarse al desglose de los mercados capitalistas realmente existentes, escriben y recurren a vagas utopías como los “mercados apropiados” distorsionados por “determinados modos de pensar.” Es decir, para salvar su fallida ideología, basada en los mercados capitalistas, se inventan un ideal moral: el mercado y el modo de pensar capitalista apropiados, divorciado de cualquier comportamiento real y de los imperativos y contradicciones económicas inscritos en la lucha de clases.

Los argumentos económicos inadecuados y faltos de rigor que impregnan los escritos de los ideólogos capitalistas están en un plano paralelo a la quiebra del sistema social en el que se enmarcan. El fracaso intelectual y moral de la clase capitalista y sus seguidores políticos no son defectos personales, sino que reflejan el fracaso económico del mercado capitalista.

La quiebra del sistema financiero de EEUU es síntoma de un hundimiento más profundo del sistema capitalista, que tiene sus raíces en el desarrollo dinámico del capitalismo de los tres últimos decenios. En el sentido más amplio, la depresión mundial actual es el resultado de la formulación clásica resumida por Karl Marx hace más de 150 años: la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de la producción existentes.

A diferencia de los teóricos que sostienen que han sido las finanzas y el capitalismo postindustrial los que han destruido o “desindustrializado” la economía mundial y han puesto en su lugar una especie de capitalismo de casino, o capitalismo especulativo, es evidente que hemos sido testigos del crecimiento a largo plazo más espectacular de la historia del capitalismo industrial, que ha llegado a emplear más trabajadores industriales asalariados que nunca en la historia. Impulsadas por unas tasas crecientes de beneficios, las inversiones a gran escala y largo plazo, cada vez mayores, han sido la fuerza motriz de la penetración del capital industrial y conexo hasta las regiones subdesarrolladas más remotas. Los países capitalistas, nuevos y viejos, han visto nacer y crecer imperios económicos enormes que han derribado barreras políticas y culturales, permitiendo con ello la incorporación y la explotación de miles de millones de trabajadores, nuevos y viejos, en un proceso implacable. Dado que la competencia de los nuevos países industrializados se ha intensificado, y dado también que los crecientes beneficios han llegado a exceder la capacidad de reinvertirlos provechosamente en los antiguos centros capitalistas, grandes masas de capital han migrado hacia Asia, América Latina, Europa del Este y, en menor grado, a Oriente Medio y África meridional.

Los enormes beneficios excedentarios se volcaron en los servicios, entre otros los financieros, el sector inmobiliario, los seguros y las grandes propiedades de tierras, urbanas y rurales.

El dinámico crecimiento de las innovaciones tecnológicas del capitalismo encontró su expresión más clara en un mayor poder social y político, que eclipsó a los trabajadores organizados limitando su capacidad de negociación, y permitió multiplicar los beneficios. Con el crecimiento de los mercados mundiales, los trabajadores pasaron a ser considerados, simplemente, como costes de producción, no como consumidores finales. Los salarios se estancaron, los beneficios sociales se limitaron, recortaron o trasladaron a los trabajadores. En esta situación de crecimiento capitalista dinámico, el Estado y sus políticas se convirtieron en un instrumento totalmente al servicio del capital: se debilitaron las restricciones, los controles y las reglamentaciones. Lo que se denominó neoliberalismo abrió nuevos ámbitos a la inversión de los beneficios excedentes: se privatizaron las empresas, la tierra, los recursos y los bancos públicos.

A medida que se intensificaba la competencia y surgían nuevas potencias en Asia, el capital de EEUU invertía cada vez más en actividades financieras. En los circuitos financieros se elaboraron toda una serie de instrumentos financieros que atrajeron la riqueza y los beneficios de los sectores productivos.

El capital de EEUU no se “desindustrializó”, sino que se desplazó a China, Corea y otros centros de crecimiento, no a causa de la caída de los beneficios, sino por los beneficios más altos que obtienen las empresas fabricando en ultramar.

En China, La apertura al capitalismo proporcionó a centenares de millones de trabajadores empleos sometidos a una brutal explotación con salarios de subsistencia, ningún beneficio social y escaso o ningún poder social organizado. Una nueva clase de colaboradores capitalistas asiáticos, consolidada y fomentada por el capitalismo asiático de estado, aumentó el volumen enorme de beneficios. Las tasas de inversión alcanzaron proporciones desorbitadas, teniendo en cuenta las enormes desigualdades entre la clase de los propietarios y los trabajadores asalariados. Los enormes excedentes aumentaron, pero con una considerable limitación de la demanda interna. El crecimiento de las exportaciones y los consumidores de ultramar se convirtieron en la fuerza impulsora de las economías asiáticas. Los fabricantes de EEUU y Europa invirtieron en Asia para exportar de nuevo a sus mercados interiores, lo que desplazó la estructura del capital interno en favor del comercio y las finanzas. Los bajos salarios pagados a los trabajadores llevaron a una gran expansión del crédito. La actividad financiera creció en proporción a la entrada de mercancías de los dinámicos países de reciente industrialización. Los beneficios industriales se reinvirtieron en servicios financieros. Los beneficios y la liquidez crecieron en proporción a la decadencia relativa del valor real generado por el paso del capital industrial al capital financiero-comercial.

Los superbeneficios generados por la producción, el comercio y las finanzas mundiales, y el reciclaje en EEUU de las ganancias obtenidas en ultramar a través de los circuitos financieros, tanto estatales como privados, crearon una enorme liquidez. Mucho más alta que la capacidad histórica de las economías de EEUU y Europa para absorber tales beneficios en sectores productivos.

La explotación dinámica y voraz del enorme excedente de mano de obra de China, la India y otros lugares, el pillaje total y la transferencia de cientos de miles de millones de dólares de la Rusia ex comunista y la América Latina neoliberalizada llenó las cajas de instituciones financieras nuevas y viejas.

La sobreexplotación del trabajo en Asia y la sobreacumulación de liquidez financiera en EEUU llevaron a la ampliación de la economía de papel y a lo que los economistas liberales llamaron luego desequilibrio global entre los ahorradores-inversores-exportadores (en Asia) y los consumidores-financieros-importadores (en EEUU). Los enormes excedentes comerciales del Este se titularizaron mediante la compra de bonos del Tesoro de EEUU. La economía estadounidense estuvo respaldada, precariamente, por una economía de papel cada vez más inflada.

La expansión del sector financiero fue el resultado de las altas tasas de rendimiento y se aprovechó de la economía liberalizada impuesta por el poder del capital de inversión diversificado en los decenios anteriores. La internacionalización del capital, su crecimiento dinámico y el crecimiento enorme del comercio progresaron con una aceleración mayor que los salarios estancados, los beneficios sociales decrecientes y el gran excedente de mano de obra. Temporalmente, el capital intentó potenciar sus beneficios por medio de la propiedad inmobiliaria inflada gracias a la ampliación del crédito, la deuda altamente apalancada y una serie de instrumentos financieros claramente fraudulentos (activos invisibles sin valor.) El hundimiento de esta economía de papel dejó al descubierto un sistema financiero hipertrofiado y forzó su desaparición. La pérdida de recursos financieros, crédito y mercados repercutió en todas las potencias industriales orientadas a la exportación de bienes industriales. La falta de consumo social, la debilidad del mercado interior y las enormes desigualdades negaron a los países industrializados cualquier tipo de mercado compensatorio para estabilizar o limitar su deslizamiento hacia la recesión y la depresión. El crecimiento dinámico de las fuerzas productivas basadas en la sobreexplotación del trabajo, llevado hasta la hipertrofia de los circuitos financieros, puso en movimiento el proceso de expulsión –feeding off– de la industria y de subordinación del proceso de acumulación al capital altamente especulativo.

La mano de obra barata, las fuentes de beneficio, la inversión, el crecimiento comercial y las exportaciones a escala mundial ya no podían sostener, a la vez, el pillaje por parte del capital financiero y el mantenimiento de un mercado para el sector industrial dinámico. Lo que se interpretó erróneamente como una crisis financiera, o más particularmente una crisis de la vivienda y las hipotecas, fue simplemente el pistoletazo de salida del hundimiento de un sector financiero hipertrofiado. El sector financiero, que en un primer momento surgió de la expansión dinámica del capitalismo productivo, se puso más tarde contra éste. Los vínculos históricos y los lazos globales entre la industria y el capital financiero llevaron inevitablemente a una crisis capitalista sistémica, implícita en la contradicción entre una empobrecida fuerza de trabajo y la concentración del capital.

La depresión mundial actual es un producto del proceso de sobreacumulación del sistema capitalista, en el que la quiebra del sistema financiero fue el detonador pero no el determinante estructural. Esto se demuestra por el hecho de que países industriales como Japón y Alemania experimentaron una caída de la exportación, la inversión y el crecimiento mayor que otros países financieros como EEUU y Reino Unido.

El sistema capitalista en crisis destruye el capital para purgarse de las empresas y los sectores menos eficaces y competitivos y más endeudados, y para reconcentrar el capital mientras se reconstruye la capacidad de acumulación, dadas las condiciones políticas necesarias. La recomposición del capital surge del pillaje de los recursos del Estado, es decir de los llamados rescates y otras transferencias masivas de la Hacienda pública (léase, de los contribuyentes), que resulta de la reducción salvaje de transferencias sociales (léase, servicios públicos) y del abaratamiento de los salarios conseguido mediante despidos, desempleo masivo, reducciones salariales, de pensiones y sanitarias, y el empeoramiento general de las condiciones de vida que permitan aumentar la tasa de beneficio.


La depresión mundial: un análisis de clase


Los indicadores económicos generales del auge y el declive del sistema capitalista mundial son de escaso valor para la comprensión de las causas, la trayectoria y el impacto de la depresión mundial. En el mejor de los casos, describen la carnicería económica; en el peor, ofuscan a las clases sociales dominantes y gobernantes –con sus complejas redes y transformaciones que dirigieron la expansión y el hundimiento económico– y a las clases trabajadoras asalariadas –que produjeron la riqueza que alimentó la fase expansiva y ahora pagan el coste del hundimiento económico-.

Ya es una perogrullada decir que los que causaron la crisis son también los mayores beneficiarios de la generosidad de los gobiernos. La simple observación cotidiana de que las clases gobernantes produjeron la crisis y la clase trabajadora está pagando la factura, con un coste mínimo para aquéllas, es un reconocimiento de la utilidad del análisis de clase a la hora de descifrar la realidad social que se oculta detrás de los datos económicos generales. Tras la recesión de principios de los 70, la clase capitalista industrial occidental consiguió asegurarse una financiación que le permitió iniciar un período de crecimiento extenso y profundo que cubrió todo el globo. Los capitalistas alemanes, japoneses y del Sureste Asiático prosperaron, compitieron y colaboraron con sus homónimos de EEUU. Durante este período, el poder social, la organización y la influencia política de la clase trabajadora perdió importancia, tanto en términos absolutos como relativos, en paralelo al descenso de su participación en la renta material. Las innovaciones tecnológicas, incluida la reorganización del trabajo, compensaron las subidas salariales con la reducción de la masa de trabajadores, y en particular de su capacidad de ejercer presión sobre las prerrogativas de la gestión. Se consolidó la posición estratégica capitalista en la producción y sus dueños pudieron ejercer un control casi absoluto sobre la localización y los movimientos del capital.

Los poderes capitalistas establecidos –especialmente en el Reino Unido y EEUU— con grandes reservas de capital y enfrentados a una creciente competencia por parte de los capitalistas alemanes y japoneses, completamente recuperados, intentaron ampliar sus tasas de rentabilidad trasladando sus inversiones de capital a las finanzas y los servicios. Al principio, esta iniciativa estaba vinculada y dirigida a la promoción de las ventas de sus productos manufacturados, proporcionando para ello el crédito y la financiación para las compras de automóviles o productos electrodomésticos. Los capitalistas industriales menos dinámicos deslocalizaron sus fábricas de montaje hacia las regiones y países con salarios más bajos. El resultado fue que los capitalistas industriales de EEUU tomaron más un aspecto de financieros manteniendo su carácter industrial en la operación de sus filiales manufactureras de ultramar y sus proveedores satélites.

Al mismo tiempo, la fabricación en países de bajos salarios y los rendimientos financieros en el propio país hincharon los beneficios generales de la clase capitalista. Mientras que la acumulación de capital se extendía en el país de origen, los salarios nacionales y los costes sociales sufrían presiones a medida que los capitalistas trasladaban los costes de la competencia a las espaldas de los asalariados por mediación de la colaboración sindical en EEUU y de los partidos políticos socialdemócratas en Europa. Las limitaciones salariales, la vinculación de los salarios a la productividad de una manera asimétrica y los pactos entre capital y trabajo aumentaron los beneficios. Los trabajadores de EEUU recibieron compensaciones mediante importaciones baratas de productos de consumo, producidas por los trabajadores sometidos a salarios más bajos de los países de reciente industrialización, y mediante el acceso al crédito fácil.

Durante la década de los 90, el pillaje occidental de la ex URSS, con la colaboración de gángsters oligarcas locales, condujo a una fuga masiva del capital saqueado hacia los bancos occidentales. La transición china al capitalismo en los años 80, que se aceleró en los 90, amplió la acumulación de beneficios industriales derivados de la explotación intensiva de decenas de millones de asalariados con sueldos a niveles de subsistencia. Mientras el pillaje de billones de dólares en Rusia y toda la ex Unión Soviética hinchaba el sector financiero de Europa Occidental y EEUU, el crecimiento masivo de miles de millones de dólares en transferencias y el blanqueo de dinero ilegal hacia bancos de EEUU y Reino Unido contribuyó a la hipertrofia del sector financiero. El alza de los precios del petróleo y de los beneficios de los capitalistas rentistas añadió una nueva fuente de beneficios y de liquidez financieros. El pillaje, las rentas y el dinero negro proporcionaron una vasta acumulación de riqueza financiera desconectada de la producción industrial.

Por otra parte, la rápida industrialización de China y otros países asiáticos proporcionó un gran mercado para los fabricantes alemanes y japoneses de producto de gama alta: suministraron maquinaria y tecnología de alta calidad a las fábricas chinas y vietnamitas.

Los capitalistas de EEUU no se desindustrializaron, quien lo hizo fue el país. Al deslocalizar la producción a ultramar e importar los productos acabados, y al centrarse en el crédito y financiación, la clase capitalista de EEUU y sus miembros se volvieron diversificados y multisectoriales. Multiplicaron sus beneficios e intensificaron la acumulación de capital.

Por otra parte, los trabajadores estaban sometidos a múltiples formas de explotación: los salarios se estancaron, los acreedores incrementaban sus intereses y los puestos de trabajo de altos salarios y alto nivel se transformaron en empleos de servicios con sueldos más bajos, lo que redujo constantemente el nivel de vida de aquéllos.

El proceso básico que ha conducido a la debacle estaba bien claro: el crecimiento dinámico de la riqueza capitalista occidental estuvo basado, en parte, en el pillaje brutal de la URSS y América Latina, que sufrieron un descenso acentuado de sus condiciones de vida durante los años 90. La explotación intensificada y salvaje de centenares de millones de trabajadores chinos, mexicanos e indonesios mal pagados, y el éxodo forzado de campesinos a la industria produjo altas tasas de acumulación. La decadencia relativa de salarios en EEUU y Europa Occidental también contribuyó a la acumulación de capital. El énfasis alemán, chino, japonés, latinoamericano y europeo oriental en un crecimiento impulsado por el sector exportador contribuyó al desequilibrio o contradicción entre la riqueza capitalista concentrada y la propiedad y la creciente masa de trabajadores de bajos salarios. Las desigualdades a escala mundial crecieron geométricamente. El proceso dinámico de acumulación excedió la capacidad del sistema capitalista, altamente polarizado, de absorber el capital en sus actividades productivas dadas las altas tasas existentes de beneficio. Esto condujo al crecimiento multiforme y a gran escala del capital especulador que infló los precios e invirtió en el sector inmobiliario, las materias primas, los fondos de capital de riesgo, los valores bursátiles, la financiación de la deuda y las fusiones y adquisiciones, actividades todas divorciadas de la producción de valor real.

El auge industrial y las restricciones de clase impuestas a los salarios de los trabajadores socavaron la demanda nacional e intensificaron la competencia en los mercados mundiales. La actividad financiera especulativa, provista de una liquidez masiva, ofreció una solución a corto plazo: los beneficios basados en la financiación de deuda. La competencia entre prestatarios fomentó la disponibilidad de crédito barato. La especulación inmobiliaria llegó hasta la clase trabajadora, a medida que trabajadores asalariados sin ahorros personales o activos se aprovecharon de su acceso a préstamos fáciles para unirse al frenesí inducido por los especuladores, basándose en la idea de un incremento incesante del valor de las viviendas.

El inevitable hundimiento repercutió en todo el sistema y detonó la parte inferior de la cadena especulativa. De los últimos participantes hasta los detentores de los productos hipotecarios subprime, la crisis ascendió hasta afectar a los bancos y las sociedades más grandes, implicados en rescates y adquisiciones, altamente endeudados. Todos los sectores diversificados, de la manufactura a las finanzas, la especulación comercial y de materias primas, sufrieron las consecuencias. Toda la panoplia de capitalistas se enfrentó a la quiebra y los exportadores industriales alemanes, japoneses y chinos que descansaban en la explotación del trabajo fueron testigos del hundimiento de sus mercados de exportación.

El estallido de la burbuja financiera fue resultado de la sobreacumulación de capital industrial y del pillaje de la riqueza a escala mundial. La sobreacumulación se arraiga en la relación capitalista más fundamental: las contradicciones entre la propiedad privada y la producción social, la concentración simultánea del capital y el declive de las condiciones de vida.

Encontramos por doquier indicadores de la creciente depresión de 2009:

* Las quiebras aumentaron en un 14% en 2008 y pueden incrementarse otro 20% en 2009 (Financial Times, 25 de febrero de 2009; p.27);

* La depreciación de los grandes bancos occidentales ya está en torno a un billón de dólares y sigue creciendo (según el Institute for International Financing, grupo de presión en Washington de los grupos bancarios.) (Financial Times, 10 de marzo de 2009 p.9);

* Y según el mismo Financial Times, las pérdidas que sufren los bancos que tienen que ajustar a la baja sus inversiones a los precios de mercado ya alcanzan los tres billones de dólares, equivalentes al valor anual de la producción económica británica. Como se cita en el mismo informe, el Banco Asiático de Desarrollo estima que los activos financieros a escala mundial se han reducido en más de 50 billones de dólares, una cifra equivalente a la producción global anual. Para 2009, EEUU tendrá un déficit presupuestario del 12,3% de su PIB y unos déficits fiscales que pueden llevar a la ruina de las finanzas públicas.

Los mercados mundiales experimentan una caída vertical:

* El índice Topix ha caído de 1.800 a mediados de 2007 a 700 a principios de 2009;

* Standard & Poor de 1.380 a principios de 2008 a 700 en 2009;

* FTSE 100 de 6.600 a 3.600 a principios de 2009;

* Hang Seng de 32.000 a principios de 2008 a 13.000 a comienzos de 2009 (FT, 25 de febrero de 2009; p.27);

* En el cuarto trimestre de 2008, el PIB se redujo en un porcentaje anual del 20,8% en Corea del Sur, 12,7% en Japón, 8,2% en Alemania, 2,9% en el Reino Unido y 3,8% en EEUU (FT, 25 de febrero de 2009; p.9);

* El índice Dow Jones ha disminuido de 14.164 en octubre de 2007 a 6.500 en marzo de 2009;

* El porcentaje de decrecimiento anual de la producción industrial fue del 21% en Japón, el 19% en Corea del Sur, el 12% en Alemania, el 10% en EEUU y el 9% en el Reino Unido (FT, 25 de febrero de 2009; p.9);

* Se prevé que los flujos de capital privado netos dirigidos a los países capitalistas menos desarrollados por los países imperiales se reduzcan en un 82% y los flujos de crédito por un valor de 30.000 millones de dólares (FT, 25 de febrero de 2009; p.9);

* La economía de EEUU disminuyó en un 6,2% en los últimos tres meses de 2008 y cayó aún más en el primer trimestre de 2009 a consecuencia de una reducción acentuada de las exportaciones (23,6%) y gastos de consumo (4.3%) en el último trimestre de 2008 (BBC, 27 de febrero de 2009).

Con más de 600.000 trabajadores que pierden mensualmente sus empleos en los tres primeros meses de 2009 y muchos más que han visto reducidas sus horas extraordinarias, o las verán durante 2009, el desempleo real y camuflado puede alcanzar hasta el 25% a finales de año. Todo apunta a una depresión profunda y prolongada:

* Las ventas de automóviles de General Motors, Chrysler y Ford se redujeron casi el 50% de 2007 a 2008. El primer trimestre de 2009 registró otra disminución del 50%;

* Los mercados extranjeros se están agotando a medida que la depresión se extiende a ultramar;

* En el mercado interior de EEUU, las ventas de mercancías duraderas están disminuyendo en un 22% (BBC, 27 de febrero de 2009); y

* Las inversiones residenciales cayeron un 23,6% y la inversión empresarial en un 19,1%, reducción liderada por un descenso del 27,8% en bienes de equipo y programas informáticos.

La desinversión liderada por la actividad empresarial privada es la que impulsa la depresión. Los stocks empresariales en aumento, la inversión decreciente, las quiebras, las ejecuciones hipotecarias, los bancos insolventes, las pérdidas masivas acumuladas, el acceso restringido al crédito, la caída del precio de los valores y una reducción del 20% de la riqueza de los hogares (más de 3 billones de dólares) son causa y consecuencia de la depresión. Como resultado del hundimiento de los sectores industrial, minero, inmobiliario y comercial, hay por lo menos 2,2 billones de dólares de deuda bancaria tóxica en todo el mundo, mucho más que los fondos de rescate asignados por la Casa Blanca en octubre de 2008 y febrero y marzo de 2009.

La depresión está disminuyendo la presencia económica mundial de los países imperiales y además socava las estrategias de exportación financiadas por capital extranjero en América Latina, Europa del Este, Asia y África.

Casi todos los economistas, expertos, asesores de inversiones, historiadores de la economía y conocedores variopintos comparten una fe común de que, a largo plazo, el mercado de valores se recuperará, la recesión terminará y el gobierno se retirará de la economía. Anclados en conceptos relativos a modelos cíclicos y tendencias históricas del pasado, estos analistas pierden de vista las actuales realidades sin precedentes: la naturaleza mundial de la depresión económica, la velocidad sin precedente de la caída, los niveles de deuda contraídos por los gobiernos para sostener los bancos e industrias insolventes y los extraordinarios déficits públicos, que absorberán recursos durante muchas generaciones.

Los profetas académicos del largo plazo seleccionan arbitrariamente marcadores de tendencia del pasado que se establecieron en un contexto político-económico radicalmente diferente del actual. La charla ociosa de los economistas de la postcrisis desatiende los parámetros abiertos y en constante variación, con lo que pasan por alto los verdaderos marcadores de tendencia de la depresión actual. Como observa un analista, "ninguna condición de partida que seleccionemos entre los datos históricos disponibles puede dar una réplica exacta de las condiciones de partida en cualquier otro momento, porque, en ambos casos, los precedentes nunca son idénticos" (FT, 26 de febrero de 2009; p.24.)

La actual depresión estadounidense tiene lugar en el contexto de una economía desindustrializada, un sistema financiero insolvente, con déficits fiscales récord, déficits comerciales récord, una deuda pública sin precedentes, una deuda exterior “multibillonaria” y más de 800.000 millones de dólares asignados a los gastos militares de varias guerras y ocupaciones en curso. Todas estas variables desafían los contextos en los que tuvieron lugar las depresiones anteriores. Ninguno de dichos contextos previos a una crisis del capitalismo se parece a la situación de hoy. La actual configuración de estructuras económicas, políticas y sociales del capitalismo incluye niveles astronómicos de pillaje del tesoro público con el fin de apuntalar bancos e industrias insolventes, lo que implica un volumen de transferencia de rentas sin precedentes de los salarios a los rentistas no productivos, los capitalistas fallidos, los receptores de dividendos y los acreedores. El índice y los niveles de apropiación y reducción del ahorro, los planes de pensiones y los planes sanitarios, todo sin ninguna compensación, ha desembocado en la más rápida y extensa reducción de las condiciones de vida y el mayor empobrecimiento masivo en la historia reciente de EEUU.

Nunca en la historia del capitalismo ha tenido lugar una crisis económica profunda sin que hubiera algún movimiento, partido o estado socialista alternativo presente para plantear una alternativa. Nunca los estados y gobiernos han estado bajo un control tan absoluto de la clase capitalista, especialmente en la asignación de recursos públicos. Nunca en la historia de una depresión económica se ha destinado tanto gasto público, tan unilateralmente, a la compensación de una clase capitalista fallida ni se ha destinado tan poco a los asalariados.

Los nombramientos y las políticas económicas del gobierno de Obama reflejan claramente el control total de la clase capitalista sobre los gastos del Estado y la planificación económica.

Obama y la crisis capitalista: un análisis de clase

Los programas elaborados por la UE y EEUU, junto a capitalistas de otras regiones, ni siquiera consiguen reconocer las bases estructurales de la depresión.

En primer lugar, Obama ha asignado un billón de dólares a la compra de activos bancarios sin valor y más del 40% de su paquete de estímulo, 787.000 millones, irá a bancos insolventes y desgravaciones fiscales, en vez de ir destinado al sector productivo, y todo ello con el fin de salvar a los propietarios de acciones y bonos, mientras más de 600.000 trabajadores pierden mensualmente sus empleos.

En segundo lugar, el gobierno de Obama destina más de 800.000 millones de dólares a la financiación de las guerras de Iraq y Afganistán, con el fin de sostener la construcción imperial basada en el sector militar. Esto constituye una transferencia masiva de fondos públicos de la economía civil al sector militar, lo que obliga a decenas de miles de jóvenes desempleados a alistarse en el ejército (Boston Globe, 1 de marzo de 2009.)

En tercer lugar, la comisión creada por Obama para supervisar la reestructuración de la industria del automóvil estadounidense ha apoyado los planes de la industria de cerrar docenas de fábricas, eliminar los planes de salud financiados por las empresas en beneficio de sus jubilados y forzar a decenas de miles de trabajadores a aceptar reducciones brutales en atención sanitaria y pensiones. Toda la carga que implica reintegrar la industria del automóvil, de propiedad privada, a la senda de los beneficios, se carga sobre las espaldas de los trabajadores asalariados y retirados y las de los contribuyentes estadounidenses.

En su conjunto, la estrategia económica del gobierno de Obama consiste en salvar a los poseedores de acciones mediante la asignación interminable de billones de dólares en sociedades insolventes y la compra de deuda sin valor y activos fallidos de empresas financieras. Al mismo tiempo, su gobierno evita realizar cualquier tipo de inversión estatal directa en empresas productivas de propiedad estatal, que proporcionarían empleo a los diez millones de trabajadores desempleados. Mientras que el presupuesto de Obama dedica más del 40% a gastos militares y pago de la deuda, uno de cada diez estadounidenses ha perdido de su hogar, el número de ciudadanos sin empleo está llegando a porcentajes de dos cifras y el número de los que reciben bonos de racionamiento (food stamps) para cubrir sus necesidades básicas de alimentación se está incrementando durante 2009 en millones de personas.

El sistema de creación de empleo de Obama canaliza miles de millones hacia las grandes empresas privadas de telecomunicaciones, construcción, medioambientales y de la energía, en las que la mayor parte de los fondos del gobierno va a la gestión mayor y al personal y proporciona beneficios a los titulares de valores, mientras que una menor parte irá a trabajadores asalariados. Por otra parte, la mayor parte de los trabajadores desempleados en los sectores de la manufactura y los servicios no es ni remotamente empleable en los sectores beneficiarios. Solamente una fracción del paquete de estímulo se asignará en 2009. Su propósito e impacto consistirá en mantener las rentas de las clases dirigentes, financiera e industrial, y aplazar su desaparición, necesaria desde hace tiempo. Su efecto será aumentar las desigualdades socioeconómicas entre la clase gobernante y los trabajadores asalariados. Los incrementos fiscales en las rentas más altas se producirán paulatinamente, pero las deudas masivas resultantes de los déficits fiscales recaen ya sobre las espaldas de los contribuyentes asalariados.

Obama asume con todo entusiasmo y apoyo la construcción militar del imperio, incluso en pleno déficit récord del presupuesto y del comercio y ante una depresión de avance inexorable, lo que lo define como un militarista sin par en historia moderna. A pesar de las promesas en contra, el presupuesto militar para 2009-2010 excede al del gobierno de Bush por lo menos en un 4%. El número de fuerzas militares de EEUU aumentará en centenares de miles. El número de tropas de EEUU en Iraq seguirá estando cercano a su cifra más alta, y aumentará en decenas de miles las destacadas en Afganistán, por lo menos a lo largo de 2009 (a pesar de las promesas en contra.) Los ataques estadounidenses, por tierra y aire, contra Pakistán han aumentado en proporción geométrica. Los nombramientos de más alto rango en materia de relaciones exteriores que ha realizado el presidente Obama en el Departamento de Estado, el Pentágono, el Tesoro y el Consejo de Seguridad Nacional, especialmente en todo lo que se relacione con Oriente Medio, son sionistas predominantemente militaristas con una larga tradición de defensa de la guerra contra Irán y con lazos estrechos con el alto mando israelí.

En resumen, las principales prioridades del gobierno de Obama son evidentes en su asignación de recursos financieros y materiales, en sus nombramientos de los principales responsables de políticas económicas y exteriores, y en los términos en los que las diferentes clases sociales se benefician o resultan perjudicadas bajo su gobierno. Las políticas del Obama demuestran que su gobierno está totalmente comprometido con la salvación de la clase capitalista y el imperio de EEUU. Para ello, está dispuesto a sacrificar las necesidades inmediatas más básicas, los intereses futuros y el nivel de vida de la gran mayoría de estadounidenses trabajadores y propietarios de viviendas, que son los más directamente afectados por la depresión económica nacional.

Obama ha aumentado el alcance de la construcción del imperio y ha potenciado la posición de poder de los militaristas pro Israel en su gobierno. La recuperación económica de Obama y sus estrategias de escalada militar son financiera y fiscalmente incompatibles; el coste de éstas socava el impacto de aquéllas y deja un agujero tremendo en cualquier esfuerzo para contrarrestar el hundimiento de los servicios sociales, el incremento de las ejecuciones hipotecarias de viviendas, las quiebras empresariales y los despidos masivos.

Las transferencias horizontales de riqueza pública realizadas por el gobierno de Obama en favor de la clase económica dirigente no tienen un efecto de goteo –trickle down– sobre los empleos, el crédito y los servicios sociales. Intentar convertir bancos insolventes en empresas saneadas y capaces de generar crédito es una incongruencia. El dilema central de Obama es cómo crear las condiciones para restaurar la rentabilidad a los sectores fallidos de la economía existente en EEUU.

Su estrategia plantea varios problemas fundamentales:

En primer lugar, la estructura económica de EEUU que en su día generaba empleo, beneficios y crecimiento ya no existe. Se ha desmontado en el curso del desvío de capitales hacia otros países y hacia los instrumentos financieros y otros sectores económicos improductivos.

En segundo lugar, las políticas de estímulo de Obama refuerzan el dominio financiero sobre la economía y canalizan gran cantidad de recursos a este sector en vez de reequilibrar la economía en beneficio del sector productivo. Incluso dentro de este sector productivo, los recursos del Estado van a parar a manos de las élites capitalistas que han demostrado su incapacidad para generar empleo sostenible, estimular la competitividad del mercado e innovar según las preferencias e intereses de los consumidores.

En tercer lugar, la estrategia económica de Obama de recuperación de arriba abajo malgasta la mayor parte de su impacto en subvencionar a capitalistas fallidos en vez de aumentar los ingresos de las rentas de la clase trabajadora, duplicando el salario mínimo y los subsidios de desempleo, que es la única base real para aumentar la demanda y estimular la recuperación económica. Dadas las condiciones de vida decrecientes derivadas de la decadencia del país y la expansión del imperio de base militar, ambas cuestiones enraizadas en el fundamento institucional del Estado, no hay posibilidad de transformación estructural que pueda invertir las políticas de arriba abajo, y absorber las políticas imperiales promovidas por el gobierno de Obama.

La recuperación de la creciente depresión no reside en poner en marcha la máquina de imprimir billones de dólares, que solamente crea condiciones para la hiperinflación y la degradación del dólar. La causa profunda es la sobreacumulación de capital derivada de la sobreexplotación del trabajo, que ha conducido a aumentos de las tasas de beneficio y al hundimiento de la demanda. La vasta disparidad entre la expansión y decadencia del consumo de los trabajadores preparó la escena para la burbuja financiera.

El reequilibrio de la economía significa crear demanda (no de un sector productivo privado completamente postrado o de un sistema financiero insolvente) sino por medio de la propiedad directa del Estado y la inversión a largo plazo y de gran envergadura en la producción de mercancías y servicios sociales. Toda la superestructura especulativa, que creció hasta proporciones enormes cebada por el valor creado por el trabajo, se multiplicó en una miríada de instrumentos de papel divorciados de cualquier valor de uso. Es preciso desmantelar toda la economía de papel para liberar las fuerzas productivas de las trabas y los obstáculos impuestos por los capitalistas improductivos y su entorno. Es preciso establecer un vasto programa de reciclaje para convertir a los corredores de bolsa en ingenieros y trabajadores productivos. La reconstrucción del mercado interior y la creación y aplicación de innovaciones que aumenten la productividad requieren desmontar masivamente el imperio mundial.

Las onerosas e improductivas bases militares, elementos esenciales para la construcción imperial basada en la fuerza militar, deberían ser liquidadas y reemplazadas por redes comerciales en el extranjero, mercados y transacciones económicas vinculadas con los productores que operan lejos de sus mercados interiores. La inversión de la decadencia nacional requiere el fin del imperio y la construcción de una república socialista democrática. Para desmontar el imperio es fundamental poner fin a las alianzas políticas con los poderes militaristas de otros países, en especial con el estado de Israel, y desarraigar en su totalidad su configuración de poder en nuestro país, que socava los esfuerzos para crear a una sociedad democrática abierta que sirva los intereses de los ciudadanos estadounidenses.

Impacto regional de la crisis global

La depresión mundial tiene algunas causas comunes y otras específicas, y se ve afectada por las interconexiones entre economías y estructuras socioeconómicas precisas. A escala general más global, la tasa creciente de beneficios y la sobreacumulación de capital, que condujeron al frenesí especulativo inmobiliario y a su quiebra, afectó a la mayor parte de los países directa o indirectamente. Al mismo tiempo, aunque todas las economías regionales sufran las consecuencias del avance de la depresión, las diferentes regiones se sitúan en la economía mundial de manera diferente, por lo que los efectos varían sustancialmente.

América Latina

Con sus políticas de libre mercado en pleno desorden y con enormes divisiones de clase que socavan cualquier recuperación nacional, la vertiginosa caída de sus exportaciones y producción industrial está llevando a Brasil hacia una recesión profunda a pesar de la jactancia y las declaraciones de Wall Street y del favorito de la Casa Blanca, su presidente Lula da Silva.

En enero de 2009, la producción industrial cayó un 17,2% anual. El producto interior bruto se contrajo el 3,6% en el último trimestre de 2008 (FT, 11 de marzo de 2009). Todo indica que el crecimiento negativo persistirá y se profundizará durante el resto de 2009. La inversión extranjera directa y los mercados de exportación, que han sido las fuerzas impulsoras del crecimiento en el pasado, están en recesión aguda. Las políticas de privatización de Lula han traspasado a manos extranjeras gran parte del sector financiero, que ha transmitido las crisis de EEUU y la UE. Sus políticas de globalización fomentan la vulnerabilidad de Brasil en paralelo al hundimiento del comercio exterior. Los flujos de capitales son ampliamente negativos. Cientos de miles de trabajadores perdieron sus empleos entre diciembre de 2008 y abril de 2009. Los cinco millones de trabajadores rurales pobres sin tierra y los diez millones de familias que viven con un dólar gracias a la subvención de la canasta básica del Estado están excluidos de la demanda nacional efectiva, al igual que las decenas de millones de trabajadores de salario mínimo que viven con 250 dólares al mes. El poder adquisitivo de los pequeños agricultores familiares altamente endeudados no es ningún sustituto de la demanda exterior, cada vez más pequeña.

Todos los sectores, rurales y urbanos, de la clase capitalista congelan sus nuevas inversiones a medida que el crédito privado se evapora, los inversores exteriores huyen y el consumo interior se encoge frente a la profundización de la recesión. Las propuestas de Lula de desvinculación –decoupling– y sus proyecciones de crecimiento de un 4% anual se consideran ilusiones que sirven para encubrir el inicio de una recesión económica severa. El respaldo ciego de Lula a la globalización y al mercado libre es un determinante central de la profundización de la recesión en Brasil.

La reducción del crecimiento del PIB de Brasil a tasas negativas es la pauta en toda la región. Argentina va hacia un 2% negativo, México a menos 3% y Chile a un crecimiento cero, o menor. América Central y el Caribe, altamente integrados en la economía de EEUU y mundial, están experimentando con toda la fuerza la depresión mundial, con tasas altísimas de desempleo derivadas del hundimiento del sector turístico, la demanda decreciente de materias primas y un descenso acusado de las remesas de sus trabajadores en el extranjero. Se producirá un incremento agudo de la pobreza extrema, de la delincuencia y de un potencial de agitación social y popular contra los gobiernos de derecha e izquierda en el poder.

La extensión del capital imperial por todo el mundo, calificada de globalización por sus defensores y de imperialismo por sus críticos, ha conducido a la rápida expansión de la crisis financiera y a la crisis en los países más estrechamente vinculados a los circuitos financieros de EEUU y la UE. La globalización ligó las economías latinoamericanas a los mercados mundiales a expensas de sus mercados interiores, y con ello aumentó su vulnerabilidad a la caída vertical en la demanda, precios y el crédito que hoy vemos. La globalización, que promovió anteriormente la afluencia de capitales, ahora, con el inicio de la depresión, facilita su salida masiva. Estados Unidos, que está absorbiendo el 70% de los ahorros mundiales en su esfuerzo desesperado para financiar sus monstruosos déficits comerciales y presupuestarios, ha expulsado a sus socios comerciales latinoamericanos del mercado global del crédito. La depresión muestra con total claridad las trampas de la globalización centrada en el imperio, y la ausencia notoria de cualquier remedio para sus colaboradores en América Latina.

La desintegración de la economía global centrada en el imperio es evidente en el creciente proteccionismo y en las subvenciones estatales de miles de millones de dólares destinadas a apuntalar a los capitalistas de los estados imperiales en los sectores de la banca, los seguros, el sector inmobiliario y el manufacturero. La depresión mundial no solamente revela las fallas intrínsecas de la economía globalizada, sino que también garantiza su liquidación en última instancia en una multiplicidad de unidades en competencia mutua, en la que las naciones, cada una dependiente de su propia Hacienda y sectores del Estado, confía en salir de la creciente depresión de profundización a expensas de sus anteriores socios. La depresión mundial está estimulando la vuelta al Estado-nación a medida que la globalización se acelera.

Un elemento paralelo e íntimamente relacionado con el desmoronamiento del mercado mundial es el ascenso del Estado capitalista como pieza central de salvamento del tesoro nacional, con capacidad para exigir un tributo exorbitante de los fondos de pensiones, de salud y salariales de miles de millones de trabajadores, pensionistas y contribuyentes. El creciente capitalismo de Estado en tiempos de hundimiento capitalista no sólo surge para salvar al sistema capitalista de los fracasos capitalistas, como afirman sus promotores. Para hacerlo utiliza la riqueza colectiva de toda la población. La nacionalización o estatificación de bancos e industrias insolventes es la culminación del capitalismo depredador. En vez de una explotación por parte de las empresas individuales o incluso una explotación sectorial de los trabajadores asalariados, es el Estado capitalista quien se aprovecha de la clase productora de riqueza en su totalidad.

Las opciones de América Latina giran alrededor del reconocimiento y la aceptación de que la globalización ha muerto y de que solamente bajo control democrático popular las naciones pueden generar riqueza y crear empleo, en vez de servir para canalizar y redistribuir recursos hacia arriba y hacia afuera, en beneficio de la clase capitalista fallida y arruinada.

Europa del Este y los países ex comunistas

La conversión del comunismo en capitalismo en Europa del Este siguió a un proceso de privatización, en muchos casos basado en el pillaje generalizado, las apropiaciones ilegales de recursos públicos, la caída en picado de las condiciones de vida en los países y la producción durante la primera mitad de los años 90. Aprovechándose de la mano de obra barata, el acceso fácil a oportunidades lucrativas en todos los sectores económicos, capitalistas de Europa Occidental y de EEUU tomaron el control de los sectores manufactureros, mineros, financieros y de comunicaciones. Al mismo tiempo que las barreras entre el Este y el Oeste caían, hubo un flujo masivo de trabajadores cualificados hacia Europa Occidental. La recuperación económica y el crecimiento subsiguiente en Europa del Este y los países ex comunistas se basaron en su dependencia del desarrollo de la inversión y el crédito del capitalismo occidental, en forma de deslocalización de la producción, afluencia del capital especulativo financiero e inmobiliario, acceso a los mercados occidentales en expansión y, especialmente, la financiación de deuda de los gastos de consumo estimuló el crecimiento del Este.

Por consiguiente, la región recibió golpes por dos lados durante la crisis económica: un hundimiento engendrado por una especulación interna insostenible y por el impacto de su dependencia del capital, el crédito y los mercados de una Europa Occidental deprimida. Las economías capitalistas de los Estados bálticos, Europa del Este y Rusia se desmoronaron rápidamente. A medida que los mercados de crédito se anquilosaban y la desinversión multinacional se afincaba, las monedas locales se devaluaron y los mercados de ultramar desaparecieron. Todo el modelo de desarrollo dependiente basado en la desarticulación de los mercados locales y en los flujos de capital exterior socavó los esfuerzos internos para contrarrestar el hundimiento. Su única opción fue conseguir transfusiones masivas de ayuda financiera del FMI y los bancos, en términos onerosos, que limitaron las posibilidades de un plan fiscal nacional de estímulo.

Los vínculos de las regiones con los mercados mundiales, basados en relaciones de subordinación y dependencia con los capitalistas occidentales, propiciaron que carecieran, en primer lugar, de los mercados interiores y el capital para amortiguar la caída y, en segundo lugar, que al secarse los flujos de entrada de capital exterior se profundizara y ampliara la depresión. Del Báltico a los Balcanes, de Europa del Este a Rusia, la gran fuerza de la depresión ha producido paro de larga duración y gran envergadura y quiebras generalizadas de las industrias, los servicios y los bancos satélites y subsidiarios locales. Han surgido movimientos populares que ponen en cuestión las políticas de libre mercado de los gobiernos y, en algunos casos, rechazan el modelo capitalista dependiente de las exportaciones.

Asia: el fin de las ilusiones de desacoplamiento y crecimiento autónomo

La Gran Depresión de 2009 está afectando adversamente a todas las economías asiáticas que dependen de los mercados internacionales, financieros y de materias primas. Incluso los países más dinámicos, como Japón, China, India, Corea del Sur, Taiwán y Vietnam, no han escapado de las consecuencias de las drásticas caídas en comercio, empleo, inversión y nivel de vida. Dos decenios de expansión dinámica, fuerte crecimiento y márgenes de beneficios cada vez mayores, basados en los mercados de exportación y en la intensa explotación de la mano de obra, llevaron a una sobreacumulación de capital. Muchos expertos asiáticos y occidentales defendieron un ‘nuevo orden mundial’ guiado y dirigido por las emergentes potencias económicas asiáticas, especialmente China, donde el poder se basaría cada vez más en su “autonomía regional”. En realidad, el dinámico crecimiento industrial de China estaba profundamente empotrado en una cadena mundial de producción en la que los países industriales avanzados, como Alemania, Japón, Taiwán y Corea del Sur, proporcionaban las herramientas de precisión, maquinaria y piezas para que China montara los productos y después los exportara a los mercados asiáticos, europeos y estadounidenses. El “desacoplamiento” no era más que un mito.

El crecimiento derivado de la exportación se vio impulsado por una explotación salvaje de la mano de obra, el desmantelamiento de inmensas áreas de servicios sociales (a saber, atención sanitaria gratuita, pensiones, subsidios para alojamiento, alimentación y educación) y la inmensa concentración de la riqueza en una élite diminuta de nuevos ricos multimillonarios (Economic and Political Weekly, Mumbai, 27 de diciembre de 2008, págs. 27-102). El crecimiento de China y del resto de Asia se basó en la contradicción entre la expansión dinámica de las fuerzas de producción y la creciente polarización de las relaciones de clase productivas. Las altas tasas de beneficios llevaron a una sobreacumulación de capital –tasas altas de inversión-, que a su vez llevó a un inmenso presupuesto y a un superávit comercial que se derramó en los sectores financieros, en la expansión exterior (o blanqueo de dinero) y en la especulación inmobiliaria.

El edificio económico de Asia se levantó de forma precaria sobre las espaldas de cientos de millones de trabajadores que casi no tenían ninguna capacidad como consumidores y sobre una creciente dependencia de los mercados de exportación exteriores. La crisis mundial deflactó los mercados de exportación, poniendo en evidencia la vulnerabilidad de las economías asiáticas y originando una caída masiva del comercio y de la producción y un crecimiento enorme del desempleo. Los esfuerzos de China y otros países asiáticos para contrarrestar el colapso de los mercados exportadores mediante inyecciones masivas de capital público que estimularan la liquidez financiera y el desarrollo de infraestructuras fueron insuficientes para detener el crecimiento del desempleo y la bancarrota de millones de empresas vinculadas con la exportación.

La clase capitalista asiática y su élite gubernamental son totalmente incapaces de “reestructurar” la configuración social y económica y sustituir la demanda interna una vez derrumbado el mercado exterior. Hacer eso implicaría llevar a cabo diversas transformaciones profundas en la estructura de clases. Dichas transformaciones supondrían trasladar las inversiones basadas en la alta rentabilidad hacia otras con bajo margen productivo y en servicios sociales para los cientos de millones de trabajadores con escasos ingresos y campesinos. Requeriría la transferencia de capital desde el sector inmobiliario privado, los mercados de valores y las compras de bonos en el exterior (como los bonos del Tesoro de EEUU) para financiar una atención sanitaria universal, educación y pensiones y el restablecimiento de la tierra para uso productivo en vez de promover la desposesión y la especulación inmobiliaria.

Toda la dinámica de crecimiento de Asia, construida en torno a la especulación de capital, altos beneficios y bajos salarios, está tratando de sobrevivir a costa de empobrecer aún más la mano de obra despidiendo masivamente a los trabajadores, de inmensos flujos de emigrantes en sentido contrario que vuelven a los campos devastados y de un aumento del excedente de la fuerza de trabajo. La expulsión de la mano de obra, la solución capitalista habitual, a la que meramente se traslada, intensifica las contradicciones incrementando el conflicto entre el capital urbano basado en el sector financiero/industrial y los cientos de millones de trabajadores y campesinos empobrecidos, desempleados y subempleados. Las inyecciones estatales de capital para estimular la economía pasan a través del filtro de las élites estatales regionales y la clase capitalista, que absorbe y utiliza el grueso de este capital para apuntalar empresas a punto de venirse abajo, todo lo cual apenas impacta de forma positiva en las masas de trabajadores desempleados.

La propiedad privada y el control capitalista del Estado descartan el tipo de transformación social que puede recuperar el crecimiento a través de la expansión de las economías internas.

La “locomotora del crecimiento inverso” china ha socavado, necesariamente, a sus socios comerciales que dependen de las exportaciones industriales y de materias primas a China. El colapso de la demanda en los mercados europeos y estadounidenses está destruyendo toda la arquitectura de las industrias exportadoras chinas. La explotación salvaje de la mano de obra y el poder de la nueva burguesía china no proporcionan muchas posibilidades de recuperación de la demanda doméstica desde el interior.

La recuperación económica de China depende de una nueva transformación socialista que haga de la demanda interna masiva el motor real de crecimiento.

Oriente Medio: Depresión y guerras regionales

La clave de la crisis y descomposición de Oriente Medio tiene su raíz en las guerras regionales imperial-sionistas y en el colapso de los precios de las materias primas.

Los países productores de petróleo acumularon rentas inmensas que reciclaron en financiaciones a gran escala, compras inmobiliarias y gastos militares dentro y fuera de la región. Los beneficios concentrados en manos de los gobernantes absolutistas multimillonarios llevaron a relaciones de clase tremendamente polarizadas: rentistas inmensamente ricos y mano de obra inmigrante mal pagada limitaron el tamaño y alcance de los mercados internos. Para superar la crisis de sobreacumulación y descenso de beneficios, las élites dominantes adoptaron dos estrategias que sirvieran temporalmente para esquivar la crisis: la dependencia de la exportación a gran escala de capital hacia cualquier lugar del mundo que produjera dividendos, rentas e intereses, primero hacia EEUU y Europa y después hacia Asia y África. La segunda estrategia se basó en reciclar los beneficios en proyectos de centros inmobiliarios faraónicos, turísticos y bancarios, en los Estados del Golfo… que crearon una enorme burbuja inmobiliaria.

El frenético boom del petróleo y de las materias primas que se produjo entre 2004 y 2008 provocó el desmoronamiento de las “oligarquías rentistas (o no productivas)” de Oriente Medio, acrecentando el proceso de sobreacumulación y la sobrextensión de la deuda y la importación de mano de obra. La consecuencia fue la aparición de una crisis económica regional en la que los superávits comerciales y presupuestarios se vieron reemplazados por un aumento del déficit. Las economías de Oriente Medio, al estar estructuradas a partir de las “rentas”, no se diversificaron en ningún momento para una economía variada centrada en la producción y en la creación de un mercado regional dinámico a partir de las masas. Las clases rentistas dominantes se enfrentan a una creciente masa de inmigrantes y trabajadores internos desempleados, a la salida masiva de miles de financieros europeos expatriados, de profesionales del sector inmobiliario y otros parásitos improductivos.

Al venirse abajo los precios, beneficios y rentas por no beneficiarse ya del boom del petrodólar, ni ser tampoco los poderosos banqueros y titulares de deuda, la clase dirigente del Golfo Árabe cuenta con pocos recursos externos e internos y con escasos mercados para poder proyectar un “programa de recuperación”.

Pero hay más, en medio de este emergente colapso económico, el Estado militarista de Israel actúa como fuerza desestabilizadora regional que proyecta su poder y sus ambiciones coloniales por toda la región. A través de una de las configuraciones de poder más particulares de la historia mundial el insignificante, desde el punto de vista económico, Estado de Israel, actuando a través de las actividades de varias decenas de miles de partidarios comprometidos a nivel ideológico, muy organizados y disciplinados y estratégicamente colocados en la diáspora, controla los sectores fundamentales del poder político en el gobierno estadounidense.


El régimen de Obama, la Configuración del Poder Sionista y el Oriente Medio


En la peor crisis económica desde la Gran Depresión de 1930 y teniendo que hacer frente a un déficit presupuestario de 1.700 billones de dólares y a unos 8,1 millones de trabajadores desempleados en marzo de 2009 (BBC News, 6 de marzo de 2009), cifras que se espera se dupliquen a finales de año, la administración Obama ha aumentado los gastos militares, los conocidos y los ocultos, a más de 800.000 millones de dólares, un aumento de un 4% sobre el presupuesto del anterior régimen belicista de George W. Bush. El objetivo clave de la expansión militar estadounidense se centra en Oriente Medio y en el sur de Asia, con una población que abarca cientos de millones de personas, mayoritariamente musulmanas y pro palestinas, que se oponen a las políticas coloniales de Israel y a la actual ocupación militar estadounidense de los países musulmanes en la región.

La fuerza motriz tras el militarismo estadounidense en Oriente Medio se encuentra en los funcionarios y asesores judíos/sionistas que ocupan puestos gubernamentales estratégicos y están asesorados y alentados por una multiplicidad de importantes organizaciones “cívicas” y políticas judías estadounidenses, un ejército de editores, académicos, editoriales, periodistas y propagandistas empotrados en todos los medios de comunicación de masas y dedicados a promover sistemáticamente los intereses del Estado de Israel.

Un análisis cuidadoso del régimen de Obama pone de manifiesto el alto grado de penetración sionista y proporciona una base empírica para entender la escalada militar estadounidense en Oriente Medio, a pesar de la catástrofica situación de la economía interna. Las cruzadas combatientes de Israel contra los musulmanes agudizan el empobrecimiento masivo de la población estadounidense. Nada demuestra más la fortaleza arrogante de la Configuración del Poder Sionista (ZPC) que su capacidad para promover una agenda bélica en Oriente Medio pasando por encima de las necesidades de 350 millones de estadounidenses, la bancarrota de sus 500 corporaciones Blue Chip y sus cinco bancos principales, por no mencionar los más de 50 millones de trabajadores estadounidenses que no tienen acceso a la atención sanitaria.

La Configuración del Poder Sionista de Israel y las guerras regionales

El poder sionista-israelí sobre la política exterior de Obama, especialmente en los asuntos de Oriente Medio relacionados con las ambiciones hegemónicas de Israel ya era evidente en el período anterior a su toma del poder y en sus primeros meses como presidente. Una investigación empírica de las acciones y posiciones del régimen de Obama muestra el poder de la configuración del poder sionista estadounidense:

1. La bestial invasión de Gaza por Israel, en la que masacró a más de mil civiles, la mayoría mujeres y niños, y destruyó una inmensa proporción de la infraestructura civil, así como el brutal bloqueo para matar de hambre a toda una población de 1,5 millones de personas y la respuesta de EEUU, son buenos ejemplos. El régimen de Obama y todo el liderazgo del Partido Demócrata aprobaron sin reservas la masacre y se negaron a exigir un nivel mínimo de responsabilidades a los dirigentes militares y civiles de Israel por sus crímenes. Se negaron a pedir el fin del criminal bloqueo israelí por tierra y mar que impidió la entrada de alimentos básicos como el arroz y de materiales esenciales para poder llevar a cabo cualquier reconstrucción. El liderazgo israelí rechazó con arrogancia la sugerencia de la Secretaria de Estado de EEUU, Clinton, de suavizar el bloqueo, sin que Obama diera ni la menor respuesta. Los continuos ataques militares de Israel contra el pueblo de Gaza están apoyados por el régimen de Obama-Clinton-Gates.

2. La expansión que lleva a cabo Israel de sus asentamientos ilegales en la ocupada Cisjordania y la masiva expropiación de casas y propiedades en el Jerusalén Este árabe, así como la continua destrucción de hogares, son otros tantos ejemplos. EEUU se ha limitado a reiterar su posición acerca de la solución de los “dos Estados”. El muy leve cuestionamiento planteado con anterioridad por Clinton con respecto a la expansión de los asentamientos coloniales en la tierra ocupada por Israel, se encontró con el mismo rechazo del estado judío sin que tuviera consecuencia alguna en las relaciones entre Israel y EEUU.

3. Israel condenó la conferencia internacional antirracista celebrada en Durban, Sudáfrica, por sus críticas al sionismo israelí como forma brutal de racismo. Cuando un sector del régimen de Obama propuso enviar una delegación estadounidense a la reunión preparatoria, en la que se iba a discutir el orden del día, la ZPC movilizó de inmediato a sus activistas y el régimen de Obama capituló. EEUU y otros Estados europeos retiraron a sus participantes y condenaron la reunión de Durban por “antisemita”, repitiendo todos como papagayos la posición israelí.

4. Israel y sus seguidores estadounidenses insistieron para que Obama nombrara a destacados sionistas como sus más estrechos asesores y planificadores políticos en los puestos estratégicos encargados de las negociaciones con Siria e Irán, a fin de asegurarse de que todo lo que se lleve a cabo se ajuste a la propia posición del Estado israelí. Con este objetivo, echaron por tierra el nombramiento del General de la Marina retirado Anthony Zinni, por su conocida independencia frente a los dictados israelíes. El grotesco reparto, aparte del General Zinni, y el nombramiento por parte de la administración del más “leal” agente de Israel en Oriente Medio, Dennis Ross, como “negociador” estadounidense con Irán, significa que la agenda bélica israelí de bloquear y atacar a Irán será la que predomine en cualquier decisión que se tome.

Ross, conocido también como el “defensor de Israel”, no cuenta con la confianza de los gobiernos de Oriente Medio ni de Irán debido a su pasada posición como descarado partidario de Israel bajo la anterior administración de Clinton. Incluso el hecho de que Ross haya trabajado para un think tank israelí dirigido y financiado por el gobierno de Israel, que le convirtió en un agente no declarado del estado judío, no logró impedir su nombramiento. Entre el grupo de sionistas que habitan en el aparato de la política exterior del régimen de Obama, la Secretaria de Estado Clinton ha nombrado a Jeffery Feltman Subsecretario de Estado para los Asuntos de Oriente Próximo, y a Daniel Shapiro, del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, para encabezar las negociaciones con Siria (BBC News, 7 de marzo de 2009).

Los nombramientos de sionistas para los puestos de importantes negociadores asegurarán que los pocos movimientos necesarios para poder efectuar intercambios y concesiones recíprocas que pudieran entrar en conflicto con las ambiciones regionales de Israel, no van a tener lugar con Obama. El nombramiento por el régimen de Obama de importantes sionistas favorables a Israel y de bien conocidos seguidores de Ante Todo, Israel que no son judíos en todos los puestos políticos y de análisis importantes, con la efímera excepción de Charles Freeman para encabezar el Consejo Nacional de Inteligencia (véase más abajo), garantiza que será Tel Aviv quien seguirá formulando la política estadounidense hacia Oriente Medio.

5. La política israelí en Oriente Medio se centra en dos vectores:

a) Apalancar a sus agentes para dirigir las 51 Organizaciones Estadounidenses Judías Más Importantes que configuran la política estadounidense para destruir a los adversarios de Israel (como Irán), proporcionando cobertura propagandística y diplomática y ayuda militar en sus invasiones y ataques contra Siria, Líbano y la ocupada Palestina (Cisjordania/Gaza), preparando y promoviendo sanciones económicas junto a deliberadas acciones bélicas contra objetivos de Israel, entre los que figuran Irán, Hamás, Hezbolá, Sudán y Somalia.

b) Dividir y conquistar a sus adversarios a través de negociaciones y regateos diplomáticos. En los últimos años Israel, con el apoyo de EEUU, ha dividido con éxito a libaneses (la élite de Beirut frente a Hezbolá), a palestinos (la OLP/AP contra Hamás), a iraquíes (kurdos frente a árabes), a sudaneses (secesionistas de Darfur frente a Jartum) y lo más importante de todo, a estadounidenses (las élites de Ante todo, Israel frente al pueblo estadounidense).

El gobierno israelí, incapaz de precipitar un ataque aéreo estadounidense contra Irán ni de conseguir su colaboración para un primer ataque, de forma directa y también a través de sus partidarios en EEUU, ha promovido una nueva política en busca de la ruptura de la alianza entre Irán y Siria. El régimen Clinton-Obama, siguiendo las directrices de Israel, ha llevado a cabo conversaciones con Damasco. El objetivo de los negociadores estadounidenses es ofrecer un mayor reconocimiento diplomático y concesiones económicas a Siria a cambio de que ésta rompa con Irán, con Hezbolá y con Hamás. Para asegurarse de que se defiendan los intereses israelíes y de que no haya concesiones territoriales (como la ilegal ocupación colonial israelí de territorio sirio en los Altos del Golán), el régimen de Obama ha nombrado a dos importantes sionistas estadounidenses, Feltman y Saphiro, para que dirijan las “negociaciones”. La táctica diplomática hacia Siria que Israel ha venido desarrollando de forma intermitente y “secreta”, ahora asumida por su protegida estadounidense, la Secretaria Clinton, hace tiempo que fracasó debido a la ausencia de voluntad por parte de Israel de hacer cualquier concesión territorial frente al poder político de sus colonos y a su incapacidad para abrirse al mercado occidental y a las oportunidades de inversión. El régimen de Obama proseguirá los objetivos de Israel de “neutralizar” a Siria como base política de apoyo a los dirigentes de Hamás y como vínculo logístico entre Irán y Hezbolá en el sur de Líbano.

6. El aspecto fundamental, a escala más sostenida, de la campaña militar, política y mediática en la que están implicadas todas las organizaciones judías importantes, lobbies sionistas, frentes, legisladores y altos funcionarios del gobierno, ha sido y sigue siendo el debilitamiento y la destrucción de Irán. La oposición a la política de confrontación de la Configuración del Poder Sionista se localiza en todos los sectores del gobierno, incluidos los servicios de inteligencia, el ejército estadounidense, los oficiales de carrera del Departamento de Estado y muchos ex altos funcionarios. Los sionistas han triunfado más allá del más ambicioso de sus sueños. El sionista derechista David Frum (que escribió los discursos más belicistas para el ex presidente Bush y que incluyó a Irán como el elemento principal del “Eje del Mal”) y el fanático sionista y funcionario del Tesoro, Stuart Levey, han estado y continúan estando a la vanguardia de quienes quieren reforzar y extender las sanciones económicas y boicots secundarios contra la banca, el comercio y las inversiones iraníes. Todos los aspectos de la legislación y la política relativas a Irán se supervisan estrechamente y a menudo se formulan por el lobby judío pro Israel. Como consecuencia, los esfuerzos de los políticos estadounidenses que tratan de llegar a acuerdos con Irán en asuntos de interés estratégico se han visto saboteados exclusivamente por los partidarios de Ante Todo, Israel. Lo que se expone a continuación ilustra bien el caso:

a) Justo después del 11 de septiembre de 2001, Irán apoyó el ataque estadounidense contra los talibanes y desempeñó un papel importante en la estabilización de la mitad oriental de Afganistán, especialmente de Herat; apoyó el derrocamiento de Saddam Hussein, aunque se opuso a cualquier ocupación militar a largo plazo de EEUU en Iraq. Influyentes agentes sionistas, de dentro y fuera del régimen de Bush, rechazaron y bloquearon con toda eficacia cualquier consideración por parte de Washington de la oferta de Irán sobre un acuerdo mutuo de seguridad. A pesar de las declaraciones de algunos elementos del alto mando del ejército estadounidense que reconocían el importante papel de Irán al facilitar las invasiones estadounidenses de Afganistán e Irán, no se ofreció ni una concesión recíproca a Irán. En vez de hacerlo, todo el “estado” sionista dentro del Estado de EEUU lanzó una serie de medidas de castigo, haciéndose eco de la hostilidad israelí hacia Irán, que incluían el establecimiento y entrenamiento de escuadrones de la muerte a través de la frontera para asesinar a funcionarios iraníes, tanto en las fronteras iraquí como afgana-pakistaní. Israel pidió sanciones más duras: el AIPAC elaboró la legislación para implementar sanciones severas y sus títeres en el Congreso firmaron en comandita y aseguraron la aprobación de la Cámara. Los sionistas colocados en el Tesoro pusieron en marcha las medidas necesarias y los funcionarios de Ante Todo, Israel en el Departamento de Estado estadounidense presionaron a los gobiernos europeos para que hicieran lo mismo. El régimen israelí, a través de su red universal, lanzó una exitosa campaña mediática contra el programa de energía nuclear, totalmente legal y estrechamente controlado, de Irán. La histérica campaña de propaganda sionista se desarrolló con una intensidad que sobrepasó incluso su anterior agresivo ataque contra Iraq. Todo el aparato sionista-judío se esforzó por colocar a EEUU en una senda que llevaba hacia una nueva guerra en Oriente Medio al mezclar y confundir la largamente afirmada oposición iraní a las masacres coloniales israelíes contra palestinos y libaneses con una amenaza hacia la supervivencia misma del Estado judío y la seguridad de EEUU frente a un ataque nuclear iraní.

b) Dieciséis agencias de inteligencia estadounidenses publicaron un informe en noviembre de 2007 con unas Estimaciones de Inteligencia Nacional sobre Irán, que cuidadosa y sistemáticamente rechazaban las acusaciones israelíes y sionistas contra el programa de energía nuclear de Irán. El informe descartaba absolutamente cualquier acusación de que actualmente Irán estuviera desarrollando armas nucleares, y mucho menos en fase avanzada…. En respuesta a la “herejía” del establishment de la inteligencia estadounidense, la Configuración del Poder Sionista impulsó una nueva vuelta de tuerca y, en el momento en que se eligió a Obama, se las arregló para convencer a la administración entrante de que aceptara las mentiras israelíes sobre la “amenaza nuclear” iraní y creó sus propias Estimaciones de Inteligencia Nacional (NIE) “revisadas” para plasmar en ellas sus objetivos políticos.

c) El régimen de Obama, enfrentado a una guerra de contrainsurgencia fracasada en Afganistán, se ha vuelto hacia Irán, una vez más, en busca de apoyo. El lobby, para asegurarse de que no se produzca ninguna negociación significativa que lleve a concesiones recíprocas, se aseguró el nombramiento del fanático pro Israel Dennis Ross para encabezar el equipo. En el verano de 2007, Ross fue el coautor de un extraordinario informe “político” sobre Irán que abogaba por sanciones más duras, incluyendo un bloqueo naval total, una escalada del embargo aéreo y terrestre y un inevitable ataque militar. Bajo la tutela sionista, Obama amplió las duras sanciones económicas contra Irán en febrero de 2009, logrando que Teherán no tomase en serio su muy publicitada oferta de marzo de 2009 de abrir un nuevo capítulo en las relaciones irano-estadounidenses (Financial Times, 23 de marzo de 2009). Cualquier pro-forma que pudiera producirse (si es que se produce alguna) entre EEUU e Irán será automáticamente transmitida, filtrada, censurada y sometida a la aprobación final de Israel.

7. Israel, sus políticos estadounidenses y sus partidarios en el Congreso han estado a la vanguardia de la feroz propaganda antimusulmana y antiárabe de la agresión “diplomática” y militar. El régimen de Obama refleja su omnipresente influencia. A pesar del fracaso de la guerra de Afganistán y de la creciente oposición masiva en la región, a pesar de la catastrófica crisis interna, Obama ha aumentado el presupuesto militar, ha incrementado el número de tropas estadounidenses (sin ningún apoyo europeo) y ha ampliado la guerra al territorio pakistaní, bombardeando a diario los pueblos pastunes antiestadounidenses en Pakistán. La ZPC y su delegación de compañeros de viaje en el Congreso han cogido por sorpresa a millones de ciudadanos estadounidenses, especialmente demócratas, que votaron por Obama como el “candidato de la paz” y ahora se encuentran con una prolongada presencia a gran escala de tropas estadounidenses en Iraq, una escalada en Afganistán, bombardeos estadounidenses en el interior de Pakistán y buques de guerra, portaviones y submarinos nucleares frente a las costas de Irán. El poder sionista hizo caso omiso de todo el aparato de la Inteligencia Nacional de EEUU y de los votantes estadounidenses en lo relativo a Irán y promete incluso mayores confrontaciones con Dennis Ross al frente.

8. Israel está desahuciando a la fuerza de Jerusalén a miles de palestinos, que residen allí desde hace muchas generaciones, en su empeño por judaizar, limpiar étnicamente y anexionarse toda la ciudad, en oposición a las demandas de la Unión Europea, la opinión mundial, el derecho internacional y cualquier “solución de dos Estados” propuesta por todos los presidentes de EEUU, incluido Obama, en los tres últimos decenios (The Guardian, Londres, 7 de marzo de 2009). Bandas destructoras de judíos se dedican con ahínco a arrasar con bulldozer los hogares de las familias palestinas, mientras la Secretaria de Estado Hillary Clinton prometía apoyo incondicional a Israel y, como de pasada, comentaba que la limpieza étnica y los desalojos no “ayudaban mucho” (ibid). Obama y Clinton ignoran desvergonzadamente las fuertes objeciones presentadas por los dirigentes de congregaciones religiosas cristianas y musulmanas que representan a muchos cientos de millones de fieles. Las organizaciones judías estadounidenses más importantes y todo el liderazgo sionista en el Congreso, incluido el acérrimo partidario de Ante Todo, Israel, el senador Joseph Lieberman, apoyan con el mayor entusiasmo el aval prestado por el régimen de Obama a la limpieza étnica israelí (Boston Globe, 9 de marzo de 2009).

9. En su intento de controlar totalmente todos los posibles o potenciales nombramientos que puedan afianzar las posiciones de Israel, la ZPC lanzó con éxito una masiva campaña difamadora nacional para bloquear el nombramiento del veterano diplomático y funcionario de inteligencia estadounidense Charles Freeman, uno de los pocos no sionistas (o gentiles, si vamos al caso) para el puesto de presidente del Consejo Nacional de Inteligencia. Desde el primer momento en que los “informadores sionistas colocados dentro” filtraron la propuesta para nombrar a Freeman, la ZPC se lanzó a un ataque frontal: escribieron artículos injuriosos atacando a Freeman, un veterano funcionario que sirvió en sucesivas administraciones estadounidenses desde los tiempos de Richard Nixon, que aparecieron publicados en los periódicos y revistas más importantes y que se retransmitieron en los principales programas de radio y televisión.

La AIPAC se dirigió a su establo de congresistas sionistas dirigidos por el representante Eric Cantor para que reunieran a la manada habitual de cómplices electos en deuda con la financiación sionista de sus campañas. Diez representantes estadounidenses pidieron que el director de la Inspección General de la Inteligencia Nacional: “Investigara minuciosamente la pasada relación del Sr. Freeman con el reino de Arabia Saudí y examinara a los donantes del Consejo Político para Oriente Medio (un think tank ubicado en Washington encabezado por Freeman)” (Financial Times, Londres, 7 de marzo de 2009, pág. 3). Todo el liderazgo republicano dirigido por el “azote” de la Cámara Cantor corrió llevando el balón de la ZPC despellejando a Freeman y a sus partidarios, para quienes también se pidió castigo. Obama, enfrentado al violento ataque sionista, capituló sin un quejido. “La Casa Blanca no hace comentarios” (ibid).

El Poder Sionista se trabajó a ambos partidos políticos. “Steve Israel (¡qué nombre tan apropiado!), un demócrata del Panel de Supervisión de las Inteligencias Selectas de la Cámara, escribió a Mr. Maguire (el Inspector General) sobre las, al parecer, perjudiciales declaraciones públicas hechas por el propuesto presidente del Consejo Nacional de Inteligencia (Charles Freeman)” sobre la guerra de Israel contra Líbano durante el verano de 2006 y su inacabable represión de palestinos bajo su ocupación.

Ni un solo sector del gobierno, ni un solo nombramiento, escapa al ojo crítico de la estructura de poder judío pro Israel en EEUU y de su establo de obedientes miembros no judíos del Congreso. El éxito sionista al purgar a Freeman del nombramiento para dirigir el Consejo Nacional de Inteligencia es un esfuerzo para evitar una repetición del revés de inteligencia más importante en su propaganda contra Irán en 2007. Fue entonces cuando dieciséis agencias de inteligencia estadounidenses publicaron su Estimación de Inteligencia Nacional sobre el programa de armas nucleares de Irán, socavando totalmente las proclamas estadounidenses e israelíes de que Irán estaba produciendo material nuclear a nivel de armamento y que era cuestión de “meses” que pudiera fabricar armamento nuclear. La NIE forzó a la ZPC a lanzar un ataque furioso sobre sus hallazgos y sobre las agencias profesionales de inteligencia para sostener la campaña de Israel que trataba de empujar a EEUU a una guerra contra Irán. El objetivo central de la campaña dirigida por los sionistas en el Congreso contra Freeman era utilizar la “investigación” para acosar y socavar su defensa independiente, profesional y experta de un enfoque imparcial. Al etiquetarle de pro árabe y pro Hamás (con implicaciones de vínculos con el terrorismo), forzaron la retirada de su nombramiento a favor de un funcionario dispuesto a manipular la inteligencia para ajustarse a los objetivos israelíes.

La cultura de la calumnia y la degradación de los valores democráticos

La exitosa purga del nombramiento de Charles Freeman como presidente del Consejo Nacional de Inteligencia por parte de la ZPC ilustra el poder que ésta detenta en todos los nombramientos que se producen dentro del gobierno estadounidense. La purga de Freeman revela los métodos y tácticas de la ZPC, su red de poder entre las diferentes ramas del gobierno y sus vínculos con los dirigentes de la organización estadounidense judío-sionista. La purga pone de manifiesto el hecho de que la lealtad al estado de Israel se ha convertido en una condición indispensable para poder acceder a cualquier puesto importante en el gobierno estadounidense y que, a la inversa, cualquier candidato para un cargo importante, no importa las cualificaciones posea, si se le ha ocurrido criticar la política israelí, se le elimina autormáticamente.

La aplicación del juramento de lealtad a Israel, que se produjo en el caso de la purga de Charles Freeman, es un acto claro de intimidación dirigido contra toda la clase política estadounidense: Pónte a criticar a Israel, en cualquier contexto, ¡y ya te puedes despedir de tu carrera para siempre! La purga de Freeman tiene inmensas consecuencias presentes y futuras para los políticos estadounidenses, para el debate público y para las libertades democráticas en EEUU.

Como ocurre casi siempre, cuando en EEUU se plantea alguna cuestión o nombramiento político de interés para el estado de Israel, el AIPAC toma la iniciativa. En el caso de la purga de Freeman, cuando el director de la Inteligencia Nacional, Dennis Blair, anunció la designación de aquél, el AIPAC hizo circular un “dossier” de mentiras, calumnias y difamaciones sobre Freeman y sus posiciones, centrado en sus críticas hacia acciones específicas israelíes, a saber, su brutalidad en Gaza y en Líbano y sus violaciones de los derechos humanos. El ataque judío-sionista fue dirigido (no podía ser otro) por Steve Rosen, el encargado desde hace mucho tiempo de hacer el trabajo sucio para el AIPAC, acusado de graves delitos y actualmente juzgado por espionaje por pasar documentación clasificada estadunidense relacionada con la política iraní a agentes del gobierno israelí.

Promovido por el AIPAC, un tsunami de artículos y comentarios atacando a Freeman aparecieron en los medios más importantes, describiéndole como un “instrumento árabe”, “anti Israel” y cosas aún peores. En paralelo a la campaña en los medios, los principales senadores judíos-sionistas Schumer y Leiberman y el representante Cantor lanzaron una virulenta campaña en el Congreso, aunque su nombramiento no necesitaba la aprobación del Congreso. Schumer se aseguró la complicidad de la Casa Blanca en la purga a través de comunicaciones directas con el Jefe del Gabinete de la Casa Blanca y compañero sionista Rahm Emmanuel, quien probablemente pasó la “línea” al compañero sionista Axelrod, el asesor jefe de Obama.

En ningún momento, ni un solo funcionario en todo el régimen de Obama pronunció una sola palabra en apoyo del nombramiento de Freeman propuesto por Blair ni rechazó las mentiras ni las asesinas arengas de los compadres de Lieberman, Schumer y sus compañeros de viaje. Donde el régimen de Obama no fue abiertamente cómplice, la maquinaria de la purga sionista se dedicó a intimidar logrando un silencio aquiescente.

El profundo, insidioso, autoritario y partidista carácter del liderazgo sionista en el Congreso puesto en evidencia con la purga de Charles Freeman es consistente con el apoyo de Lieberman y Schumer para que se nombre a Michael Hayden director de la CIA de Obama, el agente fundamental en poner en marcha el ilegal programa de espionaje interno de Bush y su apoyo para el ultrasionista Michael Mukasey como Fiscal General de Bush, que perdonó la utilización de torturas con agua a “sospechosos” por agentes estadounidenses.

Lo que más sorprende en la purga de Freeman emprendida por los sionistas del Congreso es el hecho de que sus dirigentes afirmaran abiertamente que se habían “cargado” su nombramiento para sofocar cualquier crítica a la política israelí. El senador por Nueva York Schumer dijo: “Charles Freeman era el chico equivocado para este puesto. Sus declaraciones contra Israel superaban todo lo aceptable e iba contra corriente en la administración. Insté repetidamente a la Casa Blanca para que le rechazaran y me alegra que hicieran (sic) bien las cosas”. (citado por Glen Greenwald en “Charles Freeman Fails the Loyalty Test”, www.salon.com, 10 de marzo de 2009).

El poder y la arrogancia de la ZPC son tales que Schuman no se cortó en alardear abiertamente de cómo obligó al director de la Inteligencia Nacional, Dennis Blair, a capitular y renunciar a su candidato. En su ampliamente publicado comunicado de renuncia, Freeman describió con elocuencia el poder destructivo y las operaciones puestas en marcha por la Configuración del Poder Sionista:

“Los libelos contra mí y su fácilmente rastreable huella de emails demuestran de forma terminante que hay un lobby poderoso determinado a impedir cualquier punto de vista que no sea el suyo propio”.

“Las tácticas del lobby israelí llegan hasta las más profundas simas del deshonor y la indecencia e incluyen la difamación, la intencionada manipulación de los archivos, la fabricación de falsedades y un absoluto desprecio por la verdad”. (Citado en Al Yasira, 10 de marzo de 2009).

Al purgar a Freeman, la ZPC está en posición de influir sobre los futuros directores de la inteligencia estadounidense y asegurarse de que sus informes no contradigan la “inteligencia” israelí, especialmente sus mentiras acerca del programa nuclear de Irán. Schumer, Lieberman, el AIPAC y los presidentes de las Organizaciones Judías Estadounidenses Más Importantes se han apoderado de otro nivel vital de poder al impulsar la política estadounidense hacia una confrontación militar con Irán en línea con los dictados de Israel.

El poder de la ZPC sobre el régimen de Obama tiene consecuencias importantes en la política exterior de EEUU, especialmente en la política bélica en Oriente Medio y en todo el mundo, donde países, regiones, movimientos y pueblos rechazan el Estado militar-colonialista de Israel y la ideología racista sionista. Los mismos políticos que se “mantienen junto a Israel” son también los que apoyan la línea de enfrentamiento militar con Irán a menos que capitule ante los ultimátum israelíes y estadounidenses y renuncie sus políticas de energía nuclear y a sus vínculos con los árabes/musulmanes anticolonialistas y otros movimientos y gobiernos independientes.

Las “negociaciones” con Irán, Siria y Palestina, según las formuló Obama a partir de sus nombramientos sionistas y de las condiciones que éstos exigen, no tienen futuro: Se han convertido automáticamente en unos tinglados que llevan a una confrontación militar, a una escalada de las sanciones y a consentir los robos de tierra de Israel. El resultado es el aumento de la tensión y de los gastos militares masivos continuados del régimen de Obama en una época de catastrófica recesión económica. La aparente irracionalidad de dedicar los escasos recursos económicos a guerras sin fin y confrontaciones militares en las no hay intereses de seguridad estadounidenses en juego, sólo puede explicarse por los intereses militaristas del Estado de Israel y el poder de sus partidarios en EEUU para imponer su definición de “seguridad” sobre el gobierno estadounidense.

Para probar empíricamente nuestra hipótesis sobre el alcance y profundidad de la influencia de la Configuración del Poder Sionista y su capacidad para subordinar las políticas de la Administración Obama a los intereses de Israel, hemos examinado diez áreas de cuestiones importantes. Planteamos las posiciones y acciones israelíes, especialmente en las cuestiones vitales relativas a la paz y la guerra que afectan a los intereses, nombramientos clave y relaciones estratégicas de Estados Unidos. Hemos hallado que en casi todas las áreas temáticas, la posición israelí se había trasladado a la política estadounidense. Este alto nivel de correlación se explicaba sucesivamente en la intensa actividad de la Configuración del Poder Sionista y en el alto nivel de penetración de esos funcionarios partidarios de Israel en todos los puestos importantes de la política y en el poder de veto que son capaces de ejercer ante determinados nombramientos, tanto la ZPC como sus dirigentes en el Congreso.

La Configuración del Poder Sionista

La Configuración del Poder Sionista (ZPC) planeó y organizó la retirada del veterano diplomático Charles Freeman de la dirección del Consejo Nacional de Inteligencia (NIC) del presidente. Es una de las mayores victorias de Israel en sus esfuerzos por controlar la política exterior de EEUU en Oriente Medio. El NIC es un aparato de alcance mundial, compuesto por dieciséis agencias de inteligencia con 100.000 empleados y un presupuesto de de 50.000 millones de dólares. Es el “cerebro” y las “manos” a la hora de reunir la información más importante y confidencial utilizada para analizar y formular la política estadounidense y para dirigir las operaciones clandestinas de todo el imperio global estadounidense.

Mediante su desvergonzada purga de la elección del Almirante Blair como Jefe de Inteligencia de Obama, la ZPC ha anunciado a todo el establishment político de EEUU, a sus aliados y a sus enemigos, que la próxima designación debe ser sometida a su examen y aprobación, lo que significa que el candidato debe ofrecer su lealtad a las políticas israelíes. Además de su abrumadora presencia en la rama del ejecutivo, incluida la Casa Blanca y los asesores más cercanos al presidente, la demostración pública de su total dominio sobre ambas Cámaras y su creciente penetración en el mando cívico-militar en el Pentágono, su eficaz absorción de los altos puestos de inteligencia cierra el círculo del control sionista, o mejor dicho, del dominio absoluto sobre todo el Estado estadounidense. El resultado es la subordinación de las políticas e intereses nacionales de EEUU a los objetivos militaristas de Israel, incluyendo el apoyo a las conquistas y hegemonía israelíes en Oriente Medio y en otros lugares.

Sionistas en el poder

La “coincidencia” o correlación entre las ilegales políticas militaristas de Israel y la aprobación y conformidad del régimen de Obama, aunque esto implique sacrificar promesas electorales, intereses securitarios y económicos a nivel nacional y la opinión pública mundial, puede explicarse en gran medida por el nombramiento de veteranos partidarios de Ante todo, Israel para puestos decisivos de política exterior y asesoría. En el mismo centro del régimen de Obama, en la posición más influyente a la hora de elaborar políticas tenemos a David Axelrod, el principal asesor del presidente, a quien el New York Times describió recientemente como: “Tiene más peso que ningún otro en la nómina del presidente… Muy pocas de las palabras que salgan de la boca del presidente no contarán con la bendición de Axelrod. Revisa todos los discursos, estudia todas y cada una de las posiciones y trabajos políticos de importancia… para preparar las respuestas a la crisis actual”. (New York Times, 9 de marzo de 2009). El amigo y compañero sionista más antiguo de Axelrod, el Jefe del Gabinete de la Casa Blanca, el israelo-estadounidense Rahm Emmanuel, se reúne con él cada mañana para coordinar sus agendas para la Casa Blanca.

El dueto sionista, los Rasputines de Chicago mascadores de pizza y bebedores de té de hierbas, son los sionistas políticos más directos e influyentes que aseguran la primacía de los intereses de Israel a la hora de elaborar la política estadounidense para Oriente Medio, desde matar de hambre a los habitantes de Gaza a atacar a Irán. Sin duda, Axelrod y Emmanuel tuvieron “algo que ver” en el nombramiento efectuado por Obama-Clinton del compañero sionista Jeffery Feltman y de Daniel Shapiro como jefes de las negociaciones con Siria (BBC, 7 de marzo de 2009). Su agenda, las prioridades de Israel, aseguran que no hay ninguna posibilidad de conseguir un acuerdo global. El dueto sionista de la Casa Blanca estuvo sorprendentemente silencioso mientras sus compañeros sionistas criticaban con ganas la designación de Charles Freeman para dirigir el Consejo Nacional de Inteligencia de Obama e ignoraban la humillación que Israel le infligió a la Secretaria de Estado Clinton durante su visita a ese país cuando el estado judío arrasó los hogares de familias palestinas en el Jerusalén Este árabe el mismo día de su llegada, en claro repudio de la solución de “dos Estados” de Obama.

Con el consejo y consentimiento del principal asesor económico sionista, Laurence Summers, el régimen de Obama designó al compañero sionista y ex compinche clintoniano David Cohen para el puesto más importante en la tarea de controlar la “financiación terrorista” (Financial Times, 9 de marzo de 2009, pág. 2). Cohen estará en posición de desempeñar varias tareas fundamentales para el Estado israelí, incluyendo las de perseguir a todas y cada una de las instituciones de beneficencia musulmanas y organizaciones humanitarias palestinas y presionar sobre los fondos de inversión, de exportación y financieros estadounidenses y exteriores para que retiren sus inversiones de los países musulmanes y árabes críticos con Israel. Se puede esperar que presione de forma agresiva a los bancos y exportadores asiáticos y europeos para que pongan fin a su comercio e inversiones en Irán. Aunque sobre el papel es un “nombramiento secundario”, en realidad Cohen jugará un papel clave a la hora de promover las sanciones económicas israelo-sionistas de línea dura contra Irán y de mantener el bloqueo contra Gaza.

El director de la agencia de no proliferación nuclear de Obama es Gary Samore, quien estableció claramente sus credenciales como partidario de Ante Todo, Israel en un discurso ofrecido en Israel el 18 de diciembre de 2008, cuando declaró que estaba a favor de bombardear Irán si no se conseguía cerrar su programa de enriquecimiento de uranio, un programa que es legal bajo el Tratado de No Proliferación Internacional (Financial Times, 24 de febrero de 2009, pág. 9). El 24 de febrero de 2009, el régimen de Obama nombró a Dennis Ross como asesor especial de Hillary Clinton para la región del Golfo. Ross es uno de los altos operativos de Israel en el establishment político de Washington con largo historial de relaciones de trabajo con institutos políticos estadounidenses e israelíes con vínculos con el establishment de la política exterior, la inteligencia y el ejército israelíes. En noviembre de 2008, Ross firmó un documento defendiendo un ataque militar contra Irán. Ross, como enviado del presidente Clinton en las negociaciones entre Israel y Palestina, contribuyó a que éstas se rompieran al asumir las posiciones no negociables de Israel y difamar a Yaser Arafat calificándole de “escollo”.

La Configuración del Poder Sionista domina todos los comités políticos exteriores clave en el Congreso, bien directamente o a través de sionistas judíos o representantes electos que van a remolque vía contribuciones financieras o amenazas de venganzas electorales y campañas calumniosas en los medios de comunicación. En las primeras semanas en el poder, la maquinaria política sionista ha bloqueado con todo éxito las iniciativas de algunos de los asesores de Obama para asistir a la conferencia antirracismo de Durban y ha desviado las críticas del criminal bloqueo de Israel contra Gaza de dos congresistas que visitaron Gaza para contemplar la destrucción con sus propios ojos. La ZPC ha calumniado y forzado la retirada del nombramiento de Charles Freeman como jefe del Comité Asesor de Inteligencia. Ha endosado abiertamente la apropiación masiva de territorio en Cisjordania y Jerusalén Este. El régimen de Obama, alineado con Israel, ha enterrado eficazmente cualquier pretensión de negociaciones de paz con los palestinos cambiando el enfoque a unas “negociaciones/acuerdo regional”, por las que los enviados sionistas se dedican a presionar a Siria, Líbano e Irán para aislar a los dirigentes palestinos que se oponen a la anexión de su tierra por Israel y a la expulsión de su pueblo.

La profunda y extensa penetración de la ZPC en el régimen de Obama representa la mayor amenaza para la seguridad nacional de una potencia exterior desde la fundación de la República estadounidense. El alcance y destructivas consecuencias se detallan más ampliamente en el texto “Israel Asserting Middle East Supremacy: from Gaza to Tehran”. [En castellano, “Israel reafirma su supremacía en Oriente Próximo, de Gaza a Teherán”: http://www.lahaine.org/index.php?p=35974 ].

El poder de la ZPC también se pone de manifiesto en la rama judicial y queda ilustrado en el juicio por espionaje a dos importantes dirigentes del AIPAC -el principal lobby pro Israel- Steven Rosen y Keith Weissman. Ambos fueron arrestados y acusados después de que admitieran haber cogido documentos clasificados estadounidenses relativos a la política de EEUU hacia Irán y habérselos entregado a un espía del Mossad, la inteligencia israelí, asignado a la embajada israelí en Washington DC. El juez federal del caso, R. S. Ellis ha emitido varios fallos a favor de los espías: reforzando el punto de vista de aquéllos de que el acto de entregar documentos clasificados a una potencia extranjera es una “práctica habitual” en Washington y no espionaje. La ZPC ha movilizado con éxito a todo su aparato en los medios de comunicación de masas, a sus seguidores en el Congreso y a un amplio espectro de progresistas judíos y gentiles en defensa de Rosen y Weissman en nombre de la “libertad de expresión”, equiparando perversamente el robo de documentos oficiales clasificados estadounidenses relativos a cuestiones de seguridad, pasándoselos a un agente de un gobierno extranjero con el uso por el periodismo de investigación de fuentes gubernamentales.

Los numerosos arrestos del FBI y discretas deportaciones de decenas de espías israelíes sin acusación ni juicio, y la frecuente queja de antiguos funcionarios estadounidenses de que “órdenes desde arriba” bloqueaban sus testimonios acusatorios ante el poder de sionistas colocados en puestos muy altos o autoridades bajo su control que aseguraban la impunidad a los espías que cometían actos hostiles e ilegales contra la seguridad y los intereses económicos de EEUU. La presencia de tantos sionistas en puestos de poder en el régimen de Obama asegura que las operaciones israelíes de espionaje en EEUU pueden suspenderse porque Israel puede obtener cualquier documento o deliberación directamente de los funcionarios de la Administración Obama. ¡Mejor incluso, los israelíes pueden “coelaborar” ellos mismos algunos documentos de toma de posición!

Con los sionistas en el poder, significa que el imperio de EEUU proseguirá enérgica y agresivamente los enfrentamientos militares y las guerras regionales en Oriente Medio a instancias de Israel. La Casa Blanca o el Congreso dominado por los sionistas no han cuestionado a ningún nivel los costes exorbitantes de servir a los intereses de Israel incluso en medio de una depresión económica grave. Virtualmente, todo el establishment de los medios más importantes y las 51 Organizaciones Judías Estadounidenses Más Importantes, que están presionando a favor de bloqueos, sanciones y guerra preventiva contra Irán, son libres de ignorar las pérdidas inmensas y los sufrimientos que suponen para el pueblo de EEUU estas desviaciones de miles de millones de dólares de los impuestos estadounidenses, de las inversiones en el interior del país a las guerras para Israel. El control sionista sobre la política hacia Oriente Medio de la Casa Blanca asegura que EEUU se enredará en guerras sin fin en el Golfo Pérsico y en el Sur de Asia, porque Israel tiene una agenda militar abierta que abarca a toda la región y un ejército de agentes dispuestos y deseosos de imponer esa agenda al gobierno estadounidense.

Artículo original: http://petras.lahaine.org/articulo.php?p=1775 - Traducido para Rebelión por Sinfo Fernández y S. Seguí. Revisado por Caty R.