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El marxismo a examen




Iñaki Gil de San Vicente
Rebelión


Hace poco, una noticia de prensa decía que las ventas del Manifiesto Comunista se han multiplicado un 900% desde el comienzo de la actual crisis del capitalismo. Desde hace meses leemos comentarios sobre la “venganza de Marx”, “vuelta de Marx”, “resurrección del marxismo”, etc., a raíz del desplome económico mundial hacia una crisis de acumulación que será, si se profundiza, cualitativamente superior a las anteriores crisis sistémicas. Dejando de lado el componente sensacionalista de algunas de esas afirmaciones, también el hecho de que otras provienen de quienes hasta hace poco daban fe del “fracaso del marxismo”, lo cierto es que para comprender qué está sucediendo en el mundo hay que recurrir al método marxista. No hay otra alternativa. Pero esto es sólo una parte del problema, y la menos importante porque la otra, la decisiva, es saber cómo impedir que la humanidad trabajadora pague los costos de la hecatombe, cómo lograr que el imperialismo no salga feliz, sonriente e impune, de la catástrofe que únicamente él está generando.
No basta con decir que “Marx tenía razón”, que pese a que no se han cumplido algunas de sus “profecías”, su tesis básica sobre la irracionalidad del capitalismo vuelve a demostrarse cierta. Estas y otras frases tópicas, repetidas mecánicamente, además de carecer de rigor no llegan a la raíz del problema que no es otro que, en estos momentos, el hecho de que el marxismo de nuevo se enfrenta a un examen especial. Por cuanto que es la praxis de la revolución comunista, el marxismo está sometido a examen en todo momento, de forma permanente, sin respiro ni tregua.

No puede ser de otro modo, y es bueno e inevitable que sea así. Se trata del dictado de lo que Lenin definió como “el criterio de la práctica”, que consiste en que, al final, es la materialidad de los hechos históricos la que decide sobre la corrección teórica. Y aunque los hechos históricos son interpretados de formas opuestas dependiendo de las subjetividades e intereses socialmente antagónicos, no es menos cierto que, al final, lo material e inmaterial termina girando alrededor de algo tan inhumano como es la explotación de la fuerza de trabajo en cualquiera de sus formas por una minoría propietaria de las fuerzas productivas.

Esta visión científico-crítica de la historia, es decir, la objetividad de la explotación, opresión y dominación al margen de la capacidad de comprenderlo que tengan de los sujetos que las sufren, es la que otorga al marxismo su originalidad y superioridad cualitativa con respecto a la ideología burguesa. Sin embargo, constatarlo no deja de ser un consuelo vano si no se avanza un paso más, el de saber que al contrario de la ideología burguesa, de la sociología por ejemplo, la teoría marxista está sujeta a varios tipos de exámenes según la gravedad de los problemas que quiere transformar. Por ejemplo, nadie niega la existencia de crisis menores, parciales, de corta duración, meramente industriales, o financieras, o de consumo, aunque se les denomina de otra forma para no concederle a Marx ningún atisbo de razón. Por ejemplo, para escabullirse de la teoría del plusvalor y de la plusvalía, el burgués divaga sobre el “valor añadido”, y para huir de la ley tendencial de la caída de la tasa media de beneficio, habla de “caída de la rentabilidad”, “recesión” y hasta “depresión”; y para no citar la ley de concentración y centralización de capitales, farfulla sobre “deslocalización y fusiones empresariales”, y así en todo.

Exámenes puntuales de este tipo los superó el marxismo desde su origen, y tenemos la demostración en las vergüenzas sonrojadas de los keynesianos sinceros.

La fuerza del marxismo radica en los exámenes prácticos decisivos, en impedir que la burguesía haga de la crisis una autodepuración, una expurgación del capitalismo que abra otra fase expansiva a costa de represiones y crímenes sin par y de enormes destrucciones de fuerzas productivas. La burguesía lo ha logrado otras veces destrozando sin piedad a las clases y pueblos trabajadores con el terrorismo contrarrevolucionario, fascista y militarista. Aun así, aprendiendo de estas derrotas, el marxismo ha demostrado en menos de dos siglos una muy superior capacidad resolutiva comparada con lo poco que ha demostrado la burguesía tras más de cuatro siglos. Lo que ahora está en juego no es tanto una confirmación teórico-abstracta del marxismo, sino la demostración de que las izquierdas podemos orientar el creciente malestar popular hacia el socialismo, avanzar en el debilitamiento estructural de la dictadura del salario y de la mercancía, en el aumento del contrapoder popular hasta llegar a situaciones de poder obrero capaces de detener el avance del caos y reorientar la historia hacia la emancipación humana. El capitalismo actual es un volcán, un polvorín con más fuerzas destructivas que nunca antes, con sus contradicciones estructurales tensionadas hasta grados inimaginables hace un siglo y medio, cuando se escribió ese Manifiesto Comunista que ahora se estudia con avidez casi desesperada. El examen consiste en impedir que este monstruo irracional siga lanzado hacia el caos generalizado. No será nunca el “examen final”, a no ser que estalle un holocausto nuclear, sí puede certificar el paso de la humanidad de una fase a otra de su historia.

Para las naciones oprimidas, esta visión aporta una base teórica y práctica imprescindible ya que recalca el papel del pueblo trabajador y de la independencia nacional organizada en Estado. Una característica del marxismo es la dialéctica entre conciencia revolucionaria e independencia política de las clases explotadas, es decir, la reafirmación del poder colectivo como único garante de la socialización de las fuerzas productivas. Toda la experiencia histórica acumulada hasta ahora, es decir, el “criterio de la práctica”, enseña que la opresión nacional es uno de los métodos más efectivos de enriquecimiento de la burguesía, en primer lugar de la invasora y ocupante, y luego de la autóctona y colaboracionista. Ninguna de las dos está dispuesta, por tanto, a reducir sus beneficios cediendo a las justas demandas populares, y ambas se aferran al Estado ocupante, muy especialmente en los contextos de crisis como el actual. Frente a esta realidad, los pueblos oprimidos no tienen, no tenemos, otra opción que avanzar en nuestra independencia nacional, en la creación de un Estado propio que nos sirva, entre otras cosas, para establecer alianzas internacionalistas con otros pueblos soberanos, para decidir nuestro futuro en base a criterios humanos y sociales, que no mercantiles y egoístas. La actual crisis está confirmando la tendencia a la autoorganización de los pueblos en sí mismos y entre ellos, y en contra del imperialismo pese a su extrema ferocidad criminal.

¿Aprobaremos el examen? De cualquier modo, intentaremos tomar el cielo por asalto, una y otra vez, hasta lograrlo.