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¿Construcción intelectual, eslogan político o expresión de las luchas antisistémicas?


Socialismo del siglo XXI

François Houtart
Tlaxcala

Ponencia presentada en el seminario en memoria de Andrés Aubry sobre los movimientos antisistémicos, en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, del 13 al 16 de diciembre de 2007.

Para mí es un privilegio emocionante el estar asociado a este homenaje a Andrés Aubry, quien logró combinar el respeto por cada persona con la participación en las luchas antisistémicas.

En enero de 1994 tuvieron lugar en México y en Chiapas eventos importantes. El mismo mes del mismo año, en una pequeña ciudad de Bélgica, Lovaina la Nueva, nació la revista Alternatives Sud, del Centro Tricontinental, destinada a difundir el pensamiento crítico y las experiencias alternativas del Sur (Asia, África, América Latina), continentes que para el Norte aparecían como vacíos de ideas e iniciativas. Uno de los primeros pasos que dio fue tomar contacto con Andrés Aubry para saber lo que significaba el movimiento Zapatista. Él cedió la palabra a Pablo González Casanova, quien en varias ocasiones se expresó en la revista.

Hoy, en memoria de Andrés hablaré del Socialismo del Siglo XXI. Sin duda es un tema controvertido. Para unos la idea del socialismo debe abandonarse, junto a la del capitalismo, porque fue solamente su imagen invertida. Para otros, el concepto lleva a la confusión por su ambigüedad: se trata del estalinismo, del maoísmo, de Pol Pot, de la de la socialdemocracia, de la Tercera Vía, de las FARC colombianas o del socialismo francés, en el seno del cual nacieron el director general de la OMC, el Presidente del FMI y el ministro de Relaciones exteriores del presidente Sarkozy. Hay un socialismo que provoca temor y un socialismo que suscita la risa. De ahí la necesidad de hablar de los procesos y del contenido de las alternativas.

1. Las luchas antisistémicas son procesos sociales

Proceso social significa a la vez acción y reflexión, análisis y afecto. Acciones sin aporte reflexivo conducen a revueltas a menudo sin futuro; ideas sin referencias constantes a la realidad se transforman en construcciones abstractas e impotentes; análisis sin emoción desembocan en el cinismo intelectual y afectos sin pensamiento tienden a confundir un proyecto social concreto con el reino de Dios.

Ningún elemento puede ser aislado de los demás. El vínculo entre práctica y teoría debe caracterizar todo movimiento antisistémico. Rosa Luxemburgo observaba que las reformas sin perspectivas teóricas se transforman rápidamente en pragmatismo y son fácilmente recuperables por el sistema capitalista. La teología de la Liberación nos recuerda que la fe religiosa puede ser un elemento poderoso de compromiso revolucionario y la enorme diversidad de las culturas de las luchas fue revelada por los Foros sociales mundiales.

Un proceso social no se decreta. Es el resultado de actores bien concretos que viven en lugares precisos y en un tiempo dado. Sus prácticas construyen un tejido social. La historia de los movimientos sociales nos lo enseña. Cuando se celebró el ochenta aniversario de la revolución de Octubre, se recordó que ésta no habría sido posible sin la existencia de los soviet, aquellos grupos de base que, al multiplicarse, constituyeron una red capaz de ejercer un peso antisistémico. Cuando se formó la Primera Internacional, Marx y Engels insistían en la importancia de los procesos de toma de decisión. Decían que valía más una conclusión adaptada por el conjunto de todos los componentes que diez impuestas desde arriba.

Sin embargo, un proceso social es también una construcción y aquí interviene el hecho de su institucionalización. La experiencia de los movimientos sociales comprueba dicha dialéctica, que oscila entre corrientes anarquistas, que privilegian la creatividad, las iniciativas de base, la efervescencia cultural, y los que insisten en la organización, la claridad de los objetivos y la adaptación de los medios a los fines. La paradoja es que los dos son necesarios, a condición de que la referencia a la utopía no se transforme en un cultivo de ilusiones y la institucionalización en sistemas piramidales que, tomándose como fin, terminan por contradecir los objetivos. Eso se experimenta en todos los campos de la vida social: el político, el social, el cultural, el religioso.

El entusiasmo de las luchas antisistémicas no puede ignorar la condición humana. Me acuerdo de una conversación en Ciudad Ho Chi Minh, poco después de la reunificación del Vietnam. Los interlocutores eran el arzobispo de Saigón, Monseñor Binh, hombre de gran sabiduría que yo había conocido durante el Concilio Vaticano II, y el señor Ba, secretario del Partido Comunista de la ciudad, que había sido representante del Frente Nacional de Liberación en París y Bruselas. El señor Ba explicaba con mucha convicción los planes de transformación de la ciudad en todos sus aspectos, políticos, sociales, culturales, y el arzobispo escuchaba con mucha atención. Cuando el secretario del Partido termino sus explicaciones, el arzobispo contestó con mucho respeto:”Es muy interesante, pero ojalá que los comunistas creyesen un poco más en el pecado original”. Hoy en día diríamos en la dialéctica.

De verdad toda institucionalización conlleva en su propio vientre las semillas de su propia contradicción, pero el problema no consiste en negarlo ni en querer escapar a la realidad, sino en afrontar los hechos y en encontrar los mecanismos de corrección, es decir, la democracia participativa, caracoles [1], otra campaña, cambios de roles, etc

Hoy día entre intelectuales y diversos movimientos sociales, el pensamiento posmoderno tiene un lugar importante. De hecho, la experiencia de un mundo dominado por el pensamiento y las prácticas de Occidente hace pensar en la necesidad de ir más allá de la simple crítica económica y política. Es la propia lógica del Siglo de las Luces lo que se debe cuestionar, pues al mismo tiempo es el fruto, el vehículo y la inspiración de un sistema económico destructor. Sus principios deben ser sometidos a una crítica epistemológica, es decir, debe ponerse en entredicho su propio sentido. Se trata de un cambio de civilización.

Existe, pues, un posmodernismo radical que reduce la historia a lo inmediato, establece el individuo como centro exclusivo de lo real, rechaza la idea de estructuras y de sistema, para concentrarse en los “pequeños relatos”, pues considera que los “grandes relatos”, es decir, las teorías, imponen necesariamente un peso totalitario al pensamiento y a la acción. Nada mejor para el capitalismo contemporáneo, que ha logrado edificar las bases materiales de su reproducción mundial –un sistema-mundo, como dice Immanuel Wallenstein– en una ideología que niega la existencia de sistemas y de estructuras.

Por el contrario, otros críticos de la modernidad no caen en este exceso. No niegan la existencia de paradigmas, incluso en un mundo de incertidumbres. Así, Edgar Morin, el sociólogo y filósofo francés, señala que en los mundos físicos, biológicos y antropológicos el caos y la incertidumbre siempre desembocan en la reorganización de la vida como paradigma fundamental. Por eso este autor hace una dura crítica del capitalismo, porque estima que acaba con la posibilidad de reorganización de la vida.


2. El contenido de las luchas antisistémicas

Hablaré solamente de tres aspectos: la deslegitimación del capitalismo, los pasos de las luchas antisistémicas y los ejes de un poscapitalismo o de un socialismo del siglo XXI.

1) Deslegitimar el capitalismo

No basta con condenar los abusos y los excesos del capitalismo, como hacen la mayoría de las religiones. La distinción entre un capitalismo “salvaje” y un capitalismo “civilizado” no vale, porque el capitalismo es “civilizado” cuando debe y “salvaje” cuando puede. Son los mismos agentes económicos quienes tienen que aceptar ciertos límites impuestos por luchas sociales, pues cuando es posible llegan hasta los extremos de la explotación, en particular en el Sur.

Es la lógica de la acumulación lo que debe ser contestado por las luchas antisistémicas, proceso que sin duda tomará mucho tiempo, pero que es indispensable, Hoy en día eso significa luchar contra la búsqueda de nuevas fronteras de acumulación por parte del capital: contra la transformación de la agricultura campesina en una agricultura productivista capitalista, contra la privatización de los servicios públicos, contra la obtención de beneficios con catástrofes naturales o políticas (Noemi Klein).

El carácter destructor del capitalismo, tato de la naturaleza como del trabajo humano, nunca ha sido tan alto y tan acelerado como durante el período neoliberal. La tierra puede ser destruida y jamás hubo tanta riqueza al lado de tanta pobreza. Nunca la humanidad ha producido un sistema tan ineficaz. La deslegitimación, antes de ser ética debe ser económica.

2) Los pasos de las luchas antisistémicas

Los cambios antisistémicos son el resultado de luchas, hoy en día a escala mundial, frente a actores globales y contra un imperialismo ciertamente congénito a toda forma de capitalismo, pero también representado por Estados Unidos de América. Tal vez este último sea un imperio en declive, pero todavía muy activo, con su hegemonía atómica, sus más de 700 bases militares en el exterior de su territorio y en América Latina, sus embajadas.

El primer paso es la toma de conciencia de esta realidad, que va mucho más allá de la dominación económica y política y que afecta la cultura y penetra en lo más profundo de las mentalidades. Los Foros sociales mundiales han contribuido mucho a este proceso de concienciación a escala mundial. La adopción de estrategias de luchas es una segunda exigencia y la diversidad de ellas, desde el plano local a las prácticas nuevas de cada uno de los actores, son la garantía de un verdadero progreso

La conceptualización de estas situaciones es una tarea importante ya este propósito no parece que la noción de “multitud” propuesta por Hardt y Negri sea adecuada. Demasiado abstracta, corre el riesgo de ser desmovilizadora. Porque se trata de construir un sujeto histórico nuevo, es decir plural, democrático, popular.

Las convergencias de los actores son también una condición de eficacia. Todos tenemos el mismo adversario, porque la globalización significa la subordinación generalizada del trabajo humano por parte del capital, real a través del salario y formal a través de mecanismos financieros o jurídicos, como las tasas de intereses, la deuda externa, los paraísos fiscales, los ajustes estructurales, etc. Ningún grupo humano escapa a la ley del valor. La nueva vía consiste en acciones de conjunto, donde los componentes no piensan en prioridades –cada uno tiene las suyas–, sino en objetivos estratégicos, como la lucha contra el ALCA, que fue un lugar de encuentro de movimientos muy diversos, ONG progresistas, Iglesias y fuerzas políticas.

El gran desafío actual, tanto en América Latina como en los demás continentes, como señaló Gilberto Valdez, es la vinculación de los movimientos antisistémicos con el campo político. ¿Cómo enfocar la colaboración orgánica que proponen nuevas iniciativas políticas, como el ALBA o el Banco del Sur, sin perder la autonomía? ¿Cómo contribuir al cambio, construyéndolo desde abajo y creando una nueva cultura política como “La Otra campaña”, sin caer en callejones sin salida? No se trata de esperar una situación sin ambigüedades, sino de elegir la propias ambigüedades.

Para decirlo con claridad, fue probablemente duro para los miembros de movimientos antisistémicos el apoyar a Lula en las últimas elecciones de Brasil, a pesar de su política interior socialdemócrata, o en Nicaragua el votar al Frente Sandinista a pesar de sus deficiencias institucionales y de las deficiencias de algunos de sus líderes. Se trataba de impedir alternativas de derecha con graves consecuencias, tanto internas como para la nueva integración latinoamericana.

Con todos los respetos uno podría preguntarse si en México un razonamiento similar no habría podido evitar una presidencia, todavía ilegítima, de derecha dura y entreguista. ¿Sería realmente imposible combinar una crítica radical y justa y una nueva práctica política con un juicio político más dialéctico? Es sólo una pregunta. No se trata de realpolitik ni de justificar medios para alcanzar fines, sino de reconocer que el dilema consiste en elegir entre ambigüedades. Tampoco eso significa el abandono de la ética, sino de no transformarla en sustituto de un juicio político. Supone también la continuación de la crítica de las formaciones políticas nacidas de movimientos antisistémicos y emancipadores que, como en el Brasil, en México o, peor todavía, en China, construyen “caracoles al revés”, contradiciendo sus propios principios.

3) Los ejes de un poscapitalismo o de un socialismo del siglo XXI

Para concluir, podemos retomar las lecciones de la historia, la experiencia de los movimientos sociales y de sus convergencias, las aspiraciones de los pueblos y proponer algunas ideas.

No se trata de imponer una doctrina desde arriba ni de hablar de una sola alternativa, sino de recoger lo vivido y reconciliar teoría y práctica en un esfuerzo compartido, de unir revolución y reformas en una búsqueda de la utopía necesaria y movilizadora sin despreciar los pequeños pasos, porque la gente no muere o sufre mañana, sino hoy.

Cuatro ejes parecen constituir el contenido del proyecto emancipador y antisistémico.

1) La utilización sostenible de los recursos naturales, que exige otra filosofía de las relaciones con la naturaleza: de la explotación a la simbiosis. El capitalismo es incapaz de realizar este cambio, que implica una revolución epistemológica, a la cual el enfoque de la “pachamama”, las filosofías orientales, la cultura tradicional africana y los afrodescendientes de América pueden contribuir de manera decisiva.

2) Privilegiar el valor de uso sobre el valor de cambio. El mercado existió antes del capitalismo. Este último hizo del valor de cambio el único factor de desarrollo humano, imponiendo su lógica a toda la sociedad. Regresar al valor de uso tiene enormes consecuencias prácticas, desde el control social de los medios de producción hasta el aumento de la vida de los productos y la reducción de las distancias de transporte. Pero, ante todo, significa un cambio de filosofía económica: de la producción de un valor añadido para intereses privados a la actividad destinada a asegurar la base de la vida física, cultural y espiritual de todos los seres humanos de la tierra. El capitalismo es incapaz de eso.

3) Establecer una democracia generalizada, no solamente política, representativa y participativa, sino en todas las relaciones sociales y económicas entre pueblos, entre hombres y mujeres. Eso exige también otra filosofía del poder, totalmente ajeno a la concepción del capitalismo.

4) Construir la multiculturalidad, es decir, dar la posibilidad a todas las culturas, a todos los saberes, a todas las filosofías, a todas las religiones de participar con sus propios aportes a la construcción de una nueva sociedad. Eso exige otra filosofía de la cultura, el abandono de la arrogancia de una cultura superior, aunque sea religiosa. Una vez más, la cultura del capitalismo, con su “modelo de desarrollo”, no puede responder a esta nueva perspectiva.

De verdad, a pesar de sus logros reales, podemos decir que el socialismo del siglo XX no ha podido alcanzar dichas exigencias. El drama del socialismo, decía Maurice Godelier, es que ha tenido que aprender a caminar con las piernas del capitalismo. Y eso se verificó en varios campos, como la explotación de la naturaleza, la falta de democracia y la dificultad de aceptar la multiculturalidad.

Por eso, la convergencia de las luchas sociales, característica de nuestro siglo, el afán de dignidad con sus bases materiales y de espiritualidad encarnada, nos permite compartir las palabras de un oratorio compuesto por un compositor israelí tras el asesinato de Monseñor Romero: “La esperanza no se mata”.


Nota

[1] Caracoles, estructuras zapatistas de administración municipal en Chiapas. Véase Los caracoles zapatistas, redes de resistencia y autonomía (Ensayo de interpretación), por Pablo González Casanova.


Ponencia original presentada el 15/12/2007 (revisada para su edición en Tlaxcala por Manuel Talens)

Traducción al alemán de Herbert Berger, también en Tlaxcala.

Sobre el autor, François Houtart

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